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Actualizado el 07/04/2017
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El ojo escéptico de Michael Shermer

Autor: Cristóbal Fredes / Foto: Jeremy Danger

Este historiador de la ciencia es especialista en preguntarse qué hay detrás de lo que creemos, sean fenómenos paranormales, teorías conspirativas, religiones, noticias falsas o credos políticos. Autor de numerosos libros, fundador de la Skeptic Society, columnista de Scientific American y figura del movimiento ateo, Shermer, además, defiende la ciencia y el libre intercambio de ideas como motores del progreso moral de la sociedad.

El ojo escéptico de Michael Shermer

Fundó hace 25 años la Skeptic Society, organización internacional que promueve la ciencia y el pensamiento crítico y que edita la Skeptic Magazine, acaso la revista que más esfuerzos dedica a combatir la pseudociencia, lo sobrenatural y cualquier creencia irracional. Michael Shermer (California, 1954) es algo así como un escéptico profesional, aunque aclara siempre que el escepticismo no es ser cínico, sino tener una mente abierta, pero considerando constantemente la evidencia. De hecho, afirma que no sólo los crédulos tienen problemas con la realidad. También los demasiado escépticos.

Su mirada crítica la ha plasmado en libros como Why People Believe Weird Things (1997), The Moral Arc (2015), donde sostiene que la ciencia nos ha hecho mejores personas, y también en las columnas que desde hace 15 años publica en la prestigiosa revista de divulgación Scientific American, reunidas en su libro Skeptic (2016). Allí, su ojo racional se dirige al lector común, planteando temas como la mentira que los celulares causan cáncer, qué hay detrás de la gente que equivocadamente piensa que el mundo va de mal en peor, cómo funcionan los sesgos políticos en la academia o la histeria alrededor de la inteligencia artificial.

En un texto reciente, entre las razones de por qué la gente cree en noticias falsas, hablabas de “unidad tribal”, la pertenencia a grupos. ¿Qué tan importante es ese factor?
Es probablemente el punto más profundo. Cuando alguien niega el calentamiento global o la evolución, si cavas lo suficientemente hondo descubres que para esa persona aceptar los hechos tiene implicancias políticas o ideológicas. Pertenecen a una tribu: una religión, un partido, un grupo. ¿Qué hacen si los datos van en contra de las creencias de su tribu? Bueno, la disonancia cognitiva nos dice que la mayoría no cambia su mente, cambia los hechos. Quieren mantener la consistencia en sus creencias, porque con ellas se definen a sí mismos.

Nuestros cerebros se comportan como abogados, no como científicos, has dicho.
Sí. El punto de la ley, desde la perspectiva del abogado, es ganar tus casos. Te está pagando un cliente para que lo defiendas lo mejor posible, sin importar lo que realmente pasó. Bueno, en esta metáfora tu sistema de creencias es tu cliente. Y la manera en que tu cerebro funciona es que una vez que crees en una idea, algo que pasa de manera bastante natural, tienes luego una propensión a encontrar datos que encajan con ella y a ignorar los que no. Es lo que se conoce como sesgo de confirmación. Cuando este mecanismo está en marcha, es realmente difícil encontrar evidencia discordante. Y por eso la ciencia está diseñada de la manera en que está: tus datos los revisan pares expertos, los debes presentar en publicaciones para convencer. Convencerte a ti mismo todo el día es fácil. Convencer a otro que no está de acuerdo contigo es mucho más difícil.

Te interesan también los sesgos en la política. ¿Puedes hablarme de los sesgos de conservadores y demócratas en Estados Unidos?
Los conservadores quieren gobierno pequeño en algunas áreas, pero grande en otras. Acabamos de ver esto con la propuesta de presupuesto de Trump, que corta programas sociales, pero incrementa el gasto militar o propone usar millones en un muro. Quiere gastar lo mismo que Obama, solo que en áreas diferentes. Los conservadores también dicen estar por la libertad individual, pero no tienen reparos en decirte qué hacer con tu pene o tu vagina. Eso no suena a libertad ni autonomía para mí. El problema de ambos sectores es su inconsistencia. Son hipócritas acerca de lo que realmente quieren.

¿En qué sentido la izquierda allá es hipócrita?
Por dónde empezar… Clásicos ejemplos son los políticos demócratas que promueven escuelas públicas denunciando a las privadas como elitistas, y promoviendo leyes para evitar que los padres elijan dónde mandar a sus hijos, pero luego mandan a los suyos a las escuelas privadas más caras. Los demócratas afirman que las minorías y las mujeres son igual de capaces e inteligentes, pero luego los tratan como niños indefensos que no pueden surgir sin la ayuda de un gobierno excesivo. Y la lista sigue.

Con Trump, los conflictos de la derecha con la ciencia son más evidentes. ¿Cuándo la izquierda entra en conflicto con la ciencia?
Ningún partido tiene el monopolio de la distorsión de la ciencia e incluso de las noticias falsas o los “alternative facts”. En cuanto a la ciencia en la izquierda, escribí de eso en Scientific American, lo que generó una tormenta de alegatos de ese sector, pero mantengo cada palabra. Primero, y de acuerdo a la encuesta Gallup del 2012, 41 por ciento de los demócratas rechaza la teoría de la evolución, mientras que un 19 por ciento duda de que la Tierra se esté calentando. Luego recopilé ejemplos de cómo la izquierda distorsiona la ciencia a su manera. Están los “creacionistas cognitivos”, que aceptan la teoría de la evolución para el cuerpo humano, pero no para el cerebro. En temas energéticos, están los que creen que todo lo natural es bueno y lo no natural malo. Y en la izquierda hay un fervor casi religioso con la pureza del aire, el agua y especialmente la comida.

El valor de la libertad de expresión

Que cualquiera pueda estar equivocado es el mejor argumento para defender la libertad de expresión, dice Shermer, quien aboga por “una sociedad abierta, en donde toda idea pueda ser intercambiada y considerada”. “Especialmente si esas ideas no te gustan”, añade. “Desafiar tus creencias puede ser muy importante. Puedes estar equivocado o puede ser necesario reforzar que están correctas poniéndolas a prueba”.

Su compromiso con esa causa se nota en varias cosas. Por ejemplo, en los esfuerzos que destina a escuchar a defensores de teorías conspirativas, como los llamados “truthers”, aquellos que creen que el 9/11 fue un autoatentado. En Skeptic, la revista que fundó y dirige, dedicaron una edición completa a analizar rigurosamente cada uno de sus postulados. (Ninguno resistió el análisis, por si acaso).

Se nota también en su crítica a que haya países que castiguen a quienes niegan el Holocausto. Shermer tiene un libro sobre estas personas (Denying History, 2009), donde explica qué hay tras ellas y por qué el Holocausto es una verdad histórica. Pero la libertad no la transa: “Es una mala idea que te lleven preso por decir tengo dudas de cuántos murieron. ¿Qué pasa si hay algunos aspectos que necesitan ser corregidos? ¿Cómo vamos a saberlo si no le permitimos a la gente desafiarlos?”.

Abrirse a otras ideas le ha permitido también desafiar las propias. Como buen libertario, solía defender mínimas regulaciones a la hora de tener armas, pero la evidencia lo ha convencido de que se necesitan más. En los 80 y 90 era escéptico del calentamiento global, pero la literatura científica a partir del 2000 lo hizo cambiar de parecer. Y solía estar a favor de la pena de muerte, pero por factores como la cantidad de inocentes condenados hoy está en contra.

¿Cómo ves lo que está pasando en las universidades norteamericanas, donde todas las semanas estudiantes boicotean charlas de algunos expositores?
Perjudica el libre intercambio de ideas. Eso es tratar ideas como “discurso de odio” y censurarlas simplemente porque no te gustan. Y el problema de los regímenes totalitarios es que siempre alguien tiene que decidir qué discursos son considerados peligrosos. Aunque uno se ríe por las cosas tontas por las que protestan los estudiantes, las consecuencias de esto son, de hecho, bastante serias. No podemos tolerar esto de que “me ofendo, por lo tanto no deberías estar autorizado a hablar”. Pero también pienso, con optimismo, que la mayoría de los estudiantes no están embarcados en esto. Son una minoría, pero ruidosa, matona y que atrae toda la atención de los medios.

Otro de tus temas es el ateísmo. ¿Cómo ves el estado del llamado Nuevo Ateísmo? ¿Hay nuevas voces?
Hay un montón. Toda una generación de ateos millennials. Hay muchos podcast y canales de YouTube que he estado descubriendo el último par de años, porque tenemos que apoyar a la próxima generación de secularistas. Me anima el hecho de que el grupo religioso de mayor crecimiento en EE.UU. sea los “ninguno”. No son necesariamente ateos, pero no creen en una religión. Son el 20 por ciento. Una de cada cinco personas y una de cada tres en el caso de los millennials. Y pasa también en países de Europa.

Participas en muchos debates con creyentes. ¿Qué has aprendido de estas experiencias?
Me gustan, porque, primero, agudizan mi mente. Saber que va a haber alguien que está en desacuerdo me ayuda a articular mis propias posiciones. Pero también representan una oportunidad para saber qué realmente quiere y cree la otra parte: cristianos conservadores, jóvenes creacionistas, “truthers”. La única manera de saberlo es conociéndolos, hablando con ellos, presionándolos.

También has debatido con Deepak Chopra [médico, escritor y gurú espiritual], quien dijo que eras uno de sus peores críticos. Entiendo que después se hicieron amigos, ¿es cierto?
Sí, es un buen tipo. Tiene un montón de creencias que están muy lejos de mi perspectiva occidental científica, como que la conciencia es el fundamento de todo. ¿Cree realmente lo que dice? Absolutamente. No es un charlatán. Lo sé por experiencia: siempre está tratando de convencerme en privado. Yo creo que la conciencia deriva de la actividad neuronal, él piensa a lo contrario. Pero tengo a casi la mayoría de la ciencia occidental de mi lado.

En The Moral Arc (2015) presentas mucha evidencia respecto del progreso moral de la humanidad. Considerando lo que ha pasado en estos últimos años, ¿sigues tan optimista?
Sí, siempre es bueno seguir las líneas de tendencias, no los titulares. Si sólo miras noticias vas a deprimirte y pensar que el mundo se pone peor. La guerra civil Siria es una catástrofe, no hay duda, pero el número de guerras civiles en el mundo ha disminuido. Lo mismo con las guerras internacionales. Hay ciudades, como Chicago, donde la tasa de homicidios ha subido, pero la tendencia general es que bajan los homicidios en las grandes ciudades. O Putin anexando Crimea no es nada si lo comparas con cómo las cosas solían ser antes.

¿Cuál es el foco de tu próximo libro?
Se llama Heavens on Earth: The Scientific Search for the Afterlife, Immortality and Utopia y es sobre la psicología detrás de que somos conscientes de que vamos a morir. Tras el registro antropológico del ser humano percibiendo su mortalidad, paso a los intentos por alcanzar el más allá y la inmortalidad: teorías religiosas y también intentos científicos, como crionización, mind-uploading… Soy escéptico de todas esas cosas. Y finalmente hablo de la búsqueda de utopías, de diseñar la sociedad hasta la perfección, lo que es imposible. Debido a la naturaleza humana, siempre existirán conflictos. Lo que podemos hacer es trabajar hacia la protopía: progresivas y pequeñas mejoras cada día.

¿Qué pasa después de morir, según Michael Shermer?
¿Dónde estabas antes de nacer? No estabas en ninguna parte, y no estarás en ninguna parte después de morir. Esto es todo lo que podemos conseguir.

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