La Tercera

Olvidos fatales: los mecanismos cerebrales que traicionan la memoria

Las relaciones entre Rusia y EE.UU. no pasaban por su mejor momento a mediados de 2008. Mientras el Ministerio de Relaciones Exteriores en Moscú pedía de forma firme y agresiva la intervención de los diplomáticos estadounidenses para solucionar el impasse, el Departamento de Estado en Washington exigía a sus pares rusos la firma de varios convenios para zanjar el tema. Una disputa que, a diferencia de otras ocasiones, no había sido provocada por armas nucleares ni por algún caso de espionaje sino que por un niño de apenas 21 meses que había muerto luego que su padre adoptivo lo olvidara al interior de su auto en Purcelville, EE.UU.

El verdadero nombre de Chase Harrison era Dmitry Yakovlev y hasta abril de 2008 vivía en un orfanato ruso en Pskov. Fue entonces cuando Miles y Carol Harrison lo adoptaron a través de la organización sin fines de lucro European Adoption Consults. Ambos rondaban los 50 años y estaban desesperados por tener hijos, por lo que visitaron Rusia tres veces, hasta que adoptaron al niño que querían. De regreso en EE.UU, sus vecinos los calificaban como padres ideales que cuidaban a su hijo con suma atención.

Hasta un día en que Miles Harrison –descrito por los testigos en su juicio como un hombre de negocios amigable y diligente- olvidó al menor al interior de su auto por nueve horas, bajo el intenso sol de julio. En el proceso, que terminó absolviéndolo, se argumentó que en aquella fatal jornada se había visto abrumado por innumerables problemas de trabajo e incesantes llamadas por celular. Pero el hecho es que sólo tres meses después de haber sido adoptado, Chase había muerto, las autoridades en Moscú estaban enfurecidas por la negligencia de los padres que lo llevaron a EE.UU. y varias agencias de adopción vieron cancelados sus permisos en Rusia.

El accidente recuerda lo ocurrido con la parvularia Eugenia Riffo, quien olvidó a uno de los niños a su cargo dentro de un auto por cuatro horas, causándole la muerte. Aunque episodios de este tipo son inusuales en Chile, en países como EE.UU. son cada vez más comunes y han motivado a varios expertos en memoria a intentar explicar los mecanismos que operan tras estos olvidos fatales. Sobre todo si se considera que, según un estudio de la U. Estatal de San Francisco, entre 1998 y 2009 un total de 443 menores ha muerto en ese país por hipertermia, el término usado en este tipo de casos.

La preocupación de los científicos surge especialmente porque los registros policiales muestran que los padres y cuidadores que incurren en estos actos provienen de todo tipo de clases sociales y edades. Tampoco hay diferencias mayores entre hombres y mujeres o entre mayor y menor educación. Así lo reporta una revisión realizada por Associated Press, que indica que en la última década estas tragedias han involucrado a personas que podrían ser consideradas como pilares de la comunidad, como sería un dentista, un trabajador social, un oficial de policía, un contador, un concertista en violín, un profesor universitario, un pediatra o hasta un ingeniero de la Nasa. Además, en sólo 7% de los casos hubo antecedentes de drogas o alcohol.

Frágil memoria

David Diamond, profesor del Departamento de Sicología de la U. del Sur de Florida (EE.UU.), es uno de los mayores expertos en memoria y ha sido consultado en varios juicios contra padres acusados de negligencia. Además de acuñar el término “síndrome del niño olvidado”, estuvo a punto de vivir uno de estos: mientras viajaba al mall olvidó que su nieta dormía en el asiento trasero del auto. Sólo cuando su esposa le mencionó al bebé, se dio cuenta de su presencia.

“En mi investigación no he visto ningún tipo de personalidad más o menos propensa a esta tragedia. La gente que olvida a los menores es bastante diversa y representativa de toda clase de personas. Sufren de la misma falencia, son humanos”, dice Diamond a La Tercera. ¿En qué se basa esa deficiencia? El problema, indica el experto, radica en que bajo ciertas circunstancias el cerebro humano se comporta de forma traicionera y con consecuencias fatales.

Cada individuo tiene sistemas de memoria que compiten entre sí y que operan en zonas distintas del cerebro. Una de ellas recibe el nombre de ganglios basales, un conjunto de células nerviosas ubicadas en la base del cerebro y de rasgos primitivos, por lo que es muy similar al cerebro de los lagartos. Opera de forma casi subconsciente como una especie de piloto automático, por lo que se encarga de realizar labores motoras rutinarias como conducir al trabajo (por esto a veces es difícil recordar la ruta que se siguió). Según Diamond, esta zona es tan eficiente que se necesita de una decisión consciente en otra zona del cerebro para anularla.

Se trata de la corteza prefrontal, ubicada en la parte delantera del cerebro. Es la zona que analiza y piensa al mismo tiempo en el trabajo, el día que se tiene por delante y en el hijo que se lleva en la parte trasera del auto. Pero como el mismo experto agrega, la memoria es frágil y bajo circunstancias de estrés esta corteza se desestabiliza y abre las puertas para que los ganglios asuman el control total.

En experimentos con ratas expuestas a la presencia de gatos, Diamond ha detectado cambios electroquímicos en el cerebro de los animales, revelando que el estrés repentino o crónico debilita los centros cerebrales más complejos y los vuelve susceptibles al dominio de los ganglios. Un fenómeno que ha visto replicado una y otra vez en personas que olvidan a niños en sus autos, quienes suelen reportar episodios de tensión o carencia de sueño.

“Cuando el cerebro detecta estrés, reacciona como si nuestras vidas estuvieran bajo amenaza. Tal vez sólo estemos estresados por un problema de trabajo, pero el cerebro actúa como si un león nos persiguiera y estuviéramos a punto de morir. Si enfrentas un peligro así, no hay tiempo para el pensamiento racional, lento y profundo. Esto explica también por qué decimos y hacemos cosas de las que luego nos arrepentimos cuando nos volvemos emocionales”, indica Diamond. Por eso, añade, basta imaginar que se maneja un auto con un niño en la parte trasera y que hay un taco repentino, se llega tarde a la oficina o se recibe un llamado que tensiona toda la jornada. En ese caso, el niño puede pasar a un segundo plano cerebral y sólo el instinto de sobrevivir asume el control.

Además, el ganglio basal es un sistema muy primitivo que no está diseñado para la sociedad tecnológica: “El sistema de procesamiento automático de memoria y el más avanzado funcionaban muy bien mientras nuestros antecesores cazaban. Sólo con nuestras ajetreadas vidas modernas es que los centros cerebrales más básicos no han logrado adaptarse del todo”. Estos factores habrían operado en el caso de la estadounidense Lyn Balfour, quien en 2007 olvidó a su hijo de nueve meses en el estacionamiento de su trabajo, luego de una acelerada mañana intentando llegar a una clínica de fertilidad para completar una inseminación artificial: acababa de recibir tests de laboratorio positivos y estaba ovulando, por lo que era el día ideal ser inseminada con la esperma de su marido.

No hallaba una niñera de emergencia para que cuidara a su hijo Bryce, ya que la habitual no podía recogerlo, así que tomó una bolsa de pañales, lo puso en el auto y salió apresuradamente. En el camino se sumaron otras circunstancias: el auto familiar había sido prestado a un pariente, por lo que debió usar el de su marido y pasarlo a dejar de camino al trabajo, algo que según ella misma admitió en un artículo de Washington Post generó un aviso subconsciente en su cerebro: “Entrega realizada”. En el camino, su celular no dejaba de sonar con llamadas de una pariente en apuros, una crisis en el trabajo e infructuosos intentos por contactar a su niñera.

A medida tarde, la niñera habitual logró contactarse con Balfour y le preguntó donde estaba Bryce. La madre respondió: “¿Qué quiere decir? Está con usted?”. Sólo entonces se dio cuenta de lo ocurrido, pero ya era muy tarde . Algo similar le ocurrió a Mikey Terry, un contratista que olvidó a su hija de seis meses en su auto en un día en que había quedado cesante y en que recibió otra oferta de trabajo permanente.

Olvidos fatales, ya que según cálculos de Safe Kids USA, debido a que el cuerpo de los menores aún está en desarrollo sus cuerpos se calientan entre tres y cinco veces más rápido que un adulto. Además, un reporte de la U. Estatal de San Francisco indica que ante una temperatura externa de 26° C el interior de un auto puede llegar a 50° C en sólo una hora.

Diamond dice haber leído sobre el caso de la parvularia y precisa que parece ser  diferente: “Esta cuidadora sacó cuatro de cinco niños de su auto y luego se distrajo y olvidó al último. Esto es distinto a cuando un padre recorre una ruta bien establecida y luego olvida detenerse camino al trabajo para dejarlo en el jardín. El caso es más complejo de entender ya que debió haber sacado a todos los menores de una vez. Habría que considerar todos los factores involucrados, como tensión o falta de sueño, para explicar este caso”.

La tormenta perfecta

En los 90, el sicólogo británico James Reason planteó una teoría que apodó “modelo de queso suizo” y que se aplica a lo ocurrido a Balfour. La idea es que cada “agujero” representa una pequeña y potencial debilidad, que al alinearse producen un colapso total. Diamond indica que se trata de una metáfora adecuada para estos casos, ya que se necesita, por ejemplo, una persona que no transporta normalmente al niño, un factor que se da en varias de estas muertes. “Luego, se puede dar que sea una persona que sigue el mismo rumbo hacia su trabajo y el jardín infantil. Tercero, el proceso se facilita por falta de sueño o tensión. Cuarto, puede faltar una pista visual de la presencia del menor en el auto, porque duerme atrás del conductor y no hay nada que revele su presencia y reactive la memoria consciente. Finalmente, el calor es el agujero final en este ‘queso suizo’. Todos pueden alinearse para la ‘tormenta perfecta’ que causa la tragedia”.

David Schacter, siquiatra de la U. de Harvard y autor del libro Los siete pecados de la memoria, destaca que una de las falencias de la memoria es el despiste, el cual no se relaciona con factores como la edad avanzada sino con el fracaso en prestar atención  al momento de realizar un acto, lo que resulta en olvidar los lentes o las llaves de la casa hasta desatenciones fatales como dejar a un niño dentro de un auto. Diamond ahonda señalando que el valor del item que se olvida no es relevante para los sistemas que controlan la memoria: “La parte del cerebro que procesa nueva información se ve anulada por la falta de sueño o la tensión. Es en este momento que la importancia del niño y la conciencia que tiene la persona de su presencia en el auto se ven suprimidas”.

Schacter explica a La Tercera que aunque se desconoce si existen factores genéticos que predispongan a este tipo de olvidos, sí se sabe que la memoria es altamente dependiente de pistas, ya sean  visuales como la presencia de un bolso con pañales o auditivas bajo la forma de un llanto infantil. “El proceso es totalmente involuntario. Las mejores pistas para evitar este tipo de olvido son aquellas presentes al momento de realizar un acto y que nos recuerdan específicamente lo que debemos hacer”.

Así colocar el celular, la cartera, el maletín o cualquier objeto que se deba sacar del auto en el suelo del auto frente al niño obliga a los adultos a ver al menor cuando abren la puerta para sacar sus pertenencias. “Los padres deberían usar una pista que les recuerde específicamente que el niño está ahí. Tal vez suene tonto, ya que la mayoría piensa que no podrían olvidar a sus hijos en un auto, pero cada vez ocurren más de estos casos, los que podrían ser evitados usando estas pistas”, concluye Schacter.