Enterrar al padre

Para este nuevo aniversario de la victoria del "No", la Concertación tiene algo que recordar, poco que celebrar y mucho que trabajar.

por Jorge Navarrete - 03/10/2010 - 09:00
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EL MARTES se conmemora un año más del triunfo del plebiscito que en 1998 puso fin a la dictadura militar. Sin duda que se trata de una fecha emblemática para la historia de Chile, la que, sin embargo, algunos recordamos con más orgullo que otros. A casi 22 años de aquella noche que nos permitió recobrar la libertad política, generar mayores grados de justicia social y, en definitiva, que nos posibilitó recuperar nuestra dignidad como país, se hace indispensable que quienes fueron protagonistas de aquella gesta levanten la mirada y dejen, de una vez por todas, el pasado atrás.

Contrario a lo que a ratos se sostiene, la reciente derrota electoral que sufrió la Concertación no necesariamente importa un juicio negativo hacia lo obrado en las dos décadas que estuvo en el gobierno. Por supuesto que, como todo balance, exhibe luces y sombras. Sin embargo, las razones por las cuales los ciudadanos nos retiraron su confianza están más ancladas en la convicción colectiva de que el país iniciaba una nueva etapa; para la cual, dicho sea de paso, el otrora oficialismo no estaba preparado.

 Se nos percibía cansados, sin ideas y con poco entusiasmo; echando mano en forma reiterada a un legado que, quizás por su propia grandeza, evidenciaba todavía más nuestras actuales carencias. Qué duda cabe, en el trayecto se habían diluido la mística, la creatividad y, también debemos reconocerlo, el sentido más profundo de la vocación pública: el deber de servir con rigor y diligencia. Acostumbrados al ejercicio del poder, a ratos parecemos olvidar la continua interpelación que debíamos hacernos por su justificación y sentido, abrazando la peregrina idea de que los ciudadanos nos estarían eternamente agradecidos por los logros de ayer.

 Aunque el veredicto ciudadano fue categórico, sospecho que no hemos podido (querido) procesar las lecciones. Incluso frente a la flagrante evidencia, nuestra instintiva reacción es volver la vista atrás, prolongando ya en demasía un duelo que nos confunde y paraliza. Para iniciar una nueva etapa es indispensable cerrar la anterior, tanto en lo que se refiere a las ideas como a los liderazgos y las prácticas. Si de verdad nos enorgullece el pasado, no lo sigamos manoseando, démosle el sitial que se merece y honrémoslo con el futuro testimonio de sus herederos.

 El Bicentenario nos sorprende frente a un país más contradictorio, inquieto, crítico y diverso. Poco y nada de las recetas del ayer sirve para dar respuestas a las dinámicas de hoy. Quizás eso explica el accidentado debut de algunos representantes de las nuevas generaciones, ya que más parecen una versión remozada de lo que queremos dejar atrás que la materialización de la promesa que hace demasiado tiempo se viene anunciando.

 Es por lo mismo que para este 5 de octubre hay algo que recordar, poco que celebrar y mucho que trabajar. El éxito de la versión 2.0 de la Concertación depende de una generación que quiera transformar más que administrar, a través de acciones y decisiones más iluminadas por el riesgo que por el cálculo, y con una vocación de sorpresa más que de receta. En definitiva, dar una buena razón de por qué queremos volver al gobierno.

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