LA POLEMICA respecto de la central termoeléctrica Barrancones ha vuelto a poner con fuerza sobre la mesa la discusión sobre la matriz energética chilena. Lamentablemente, al igual que otras veces en que episodios críticos han dejado en evidencia la relativa fragilidad de nuestro país en materia de suministro de energía -sequías, crisis del gas argentino, bruscas alzas en el precio del petróleo y otros-, debe concluirse que Chile no ha avanzado en un debate sobre energía que le permita enfrentar los desafíos del desarrollo en las próximas dos o tres décadas. Esto amenaza con hipotecar las posibilidades de progreso de las generaciones futuras, porque la demanda de electricidad crece mientras en el país se instala un clima que hace que se posterguen decisiones de inversión en el rubro de la energía.
Hoy, la recuperación posterremoto está impulsando un alza en la demanda al Sistema Interconectado Central (7,7% en agosto) y algunas proyecciones estiman que el ritmo se estabilizará en torno al 5% anual hacia fines de esta década. Si la economía chilena crece al 6% promedio en los próximos años, como es la meta de este gobierno, mayor aun será la exigencia de energía eléctrica. Sin embargo, pese al consenso sobre las virtudes de una matriz diversificada -por la mayor presencia de energías limpias y la menor dependencia de otros países-, en los hechos Chile se ha ido cerrando a ciertos tipos de generación.
La hidroelectricidad, por ejemplo, tiene un gran potencial desaprovechado, pues desde las organizaciones defensoras del medioambiente se objeta que intervenga el entorno, mientras que experiencias como las de Ralco, en los 90, o HidroAysén, en la actualidad, han demostrado a los inversionistas cuán costoso y lleno de obstáculos puede ser el desarrollo de una central de este tipo. Paradójicamente, esto ha derivado en una mayor dependencia de los combustibles fósiles, precisamente los que más contaminan la atmósfera.
En contrapartida, las fuentes que se ofrecen como alternativas no parecen adecuadas a la realidad económica chilena ni carecen, tampoco, de inconvenientes. Así, tanto la generación eólica como la solar son varias veces más caras que la termoelectricidad (a partir de carbón, petróleo o gas natural), lo que las vuelve poco prácticas. Además, rara vez se menciona que esas fuentes suponen aceptar que miles de hectáreas sean cubiertas de paneles solares o de aspas de viento -otro tipo de contaminación-, ni se menciona que también ellas requieren extensos tendidos eléctricos (una de las principales críticas que se le hace a HidroAysén). Tampoco la energía geotérmica está libre de problemas -como lo demostró el accidente en el géiser del Tatio-, mientras que la energía nuclear, aunque no ensucia el aire, aún genera rechazo por el temor a accidentes y por el almacenamiento de los desechos radiactivos.
Eso restringe las opciones precisamente a aquellas fuentes de energía que más contaminan y que hoy representan la mayor parte de la matriz energética de nuestro país. Sin embargo, reducir su peso en la matriz resulta inviable si se ponen trabas a alternativas como la hidroelectricidad o la energía nuclear (ambas más limpias que la termoelectricidad), y si, al mismo tiempo, las fuentes que se presentan como solución son imposibles de costear. Este debate circular arriesga transformarse en un cuello de botella para el crecimiento de Chile. Es preciso abordarlo, de una vez, con realismo y sin prejuicios.