RESULTA DIFICIL establecer cuál será el efecto de largo plazo de la enorme cantidad de cables filtrados por el sitio web Wikileaks a cinco medios escritos. Se trata de una cuestión compleja con implicancias en varios planos y que, al menos, ha tenido la virtud de despertar animados debates que obligan, en lo inmediato, a una reflexión.
En el ámbito diplomático, las revelaciones conocidas hasta ahora -que se suman a las realizadas hace unos meses sobre las guerras en Irak y Afganistán- han puesto en una incómoda coyuntura al Departamento de Estado. Mientras éste ha sostenido que las filtraciones amenazan la seguridad nacional de EEUU, no son pocos los que señalan que lo que se ha conocido hasta ahora no pasa de ser impresiones poco relevantes, que sólo ratifican -sin eufemismos, en todo caso- las posiciones sostenidas públicamente por la diplomacia norteamericana. Sí está claro que ésta tendrá que entregar muchas explicaciones -ya lo está haciendo- a distintos gobiernos y personalidades que se han sentido agraviados por el contenido de los cables.
Otra discusión relevante es la que tiene que ver con el rol que juegan Wikileaks y su enigmático fundador, Julian Assange. En 2006, este combinó una actitud mesiánica con una visión cuasi anárquica, que ve una conspiración en toda forma de jerarquía para crear Wikileaks. La aspiración de Assange pareciera ser la transparencia total, lo cual lo ha llevado, por ejemplo, a poner en riesgo, en el pasado, las vidas de quienes colaboran con EEUU en Afganistán al publicar sus nombres. Naturalmente, la transparencia total es una utopía que, llevada a su extremo, provoca daño al diluir la línea que divide lo público de lo privado.
Tal como en ocasiones anteriores, Wikileaks escogió algunos medios para que éstos definieran qué material difundir de los contenidos filtrados. La decisión de estos de aceptar la propuesta de Wikileaks y realizar las publicaciones también despertó polémica. Hay quienes señalan que, al haber sido este material conseguido contra la voluntad de su dueño -el Departamento de Estado-, publicarlo no resulta éticamente válido. Sin embargo, es obvio que la prensa publica todo el tiempo material obtenido de esa manera y que, si no lo hiciera, el público se vería expuesto a recibir únicamente información oficial, la cual no siempre es plenamente confiable.
El principal aporte que los medios pueden hacer a la sociedad es entregar en forma responsable información verdadera. Para cumplir ese rol, a menudo deben alejarse de las versiones oficiales y buscar información fidedigna utilizando canales informales. Esto debe hacerse, por supuesto, dentro de límites legales y de estándares editoriales: evitar el sensacionalismo, no poner en riesgo la integridad moral o física de las personas ni comprometer la seguridad nacional, por ejemplo. En el caso Wikileaks, en los cuatro diarios y la revista escogidos parecen haberse respetado estas condiciones. Han operado en forma transparente, de manera que si hay personas o gobiernos que estiman que se han transgredido normas, deben esgrimir con la misma transparencia sus argumentos. La situación, sin duda, resulta incómoda para el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, el ejercicio de la libertad de expresión a menudo supone poner en situaciones molestas a las autoridades, con el objetivo de proveer de información a la ciudadanía.