EL FIN DEL PROYECTO termoeléctrico Barrancones, a pocos kilómetros de Punta de Choros, ha constituido probablemente el principal triunfo de los movimientos ambientalistas en Chile en los últimos años, y ha abierto de manera inédita un postergado debate sobre nuestra matriz energética y la institucionalidad y normativa ambiental que nos rige. Tal vez a futuro, éste sea el resultado más relevante de este episodio.
Sin embargo, el camino elegido para solucionar el conflicto ha sido, por decir lo menos, poco ortodoxo: una intervención y una negociación directa del Presidente de la República con una empresa privada en términos que se desconocen y con el obvio propósito de concentrar y capturar la popularidad de la medida.
El episodio recuerda esos célebres "balconazos" de la historia del populismo latinoamericano, en los cuales el caudillo resolvía de manera directa, en un cara a cara con la multitud, los problemas más acuciantes y definía el curso de los acontecimientos, por lo general, desde los balcones de la casa de gobierno o desde alguna tarima construida especialmente para la ocasión. Esos "baños de masas" o "balconazos" constituían momentos mágicos, en los cuales el pueblo, convertido en multitud, podía ver satisfechos sus deseos de manera inmediata en una relación directa, sin intermediaciones de ningún tipo, con el líder.
Los tiempos han cambiado, pero las lógicas profundas de la política no tanto, ni las necesidades de popularidad de los políticos menos. Eso sí, el romántico balcón político de antaño ha devenido en un impersonal aunque efectivo "punto de prensa"; la multitud o pueblo ha mutado en audiencias mediáticas; y la encendida oratoria de otrora ha sido reemplazada por una efectiva cuña televisiva de no más de 20 segundos.
¿Tenía otras opciones el Presidente en esta coyuntura? No demasiadas. Con su rápida intervención puso abrupto fin a un problema que amenazaba con escalar, tanto por la inédita movilización ciudadana que se había generado, como por el incumplimiento flagrante de una promesa de campaña, cuestión esta última que iba como un misil directo a la línea de flotación de su liderazgo y de su principal problema político hoy: la credibilidad.
El problema de los "balconazos", es decir, de un modo de hacer política centrado obsesivamente en cuidar la popularidad del Presidente, aun a costa de prescindir de los procedimientos institucionales, es que uno se alegra cuando algo se resuelve en la dirección que uno quiere, pero cuando por esa misma vía se zanja algo que no comparte, ya no queda instancia, procedimiento ni institucionalidad a la cual apelar o acogerse.
Se dice que Barrancones constituirá la excepción a la regla. Pero los argumentos de los vecinos del Cajón del Maipo contra la hidroeléctrica Alto Maipo, o las razones para frenar las termoeléctricas Castilla o El Roble, o el mismísimo Hidroaysén, suenan tanto o más convincentes que los que se conocieron sobre Punta de Choros. La ciudadanía sabiamente ya observó y tomó nota: frente a instituciones que funcionan mal o que funcionan bien pero deciden mal, queda hoy más que nunca el recurso a la figura salvífica del Presidente. De aquí en adelante, todo sector en conflicto exigirá con todo derecho y legitimidad su propio "balconazo" presidencial.