EL TIPO DE CAMBIO está por debajo de los $ 500 y puede seguir cayendo. Hay subsectores productivos que con ese precio parecieran no ser competitivos y puede estar en riesgo nuestro exitoso modelo de exportación diversificado. ¿Es muy bajo el actual tipo de cambio? Si fuera así, ¿hay algo que pueda hacerse?
Entre 1810 y 2010, siempre expresado en pesos de poder de compra actuales, el precio de la divisa fue en promedio 476 pesos. Estos 200 años incluyen décadas de proteccionismo en que el tipo de cambio real cayó, y otras durante las cuales, por el impacto del salitre sobre nuestra economía, la divisa sólo promedió los 300 pesos. En cambio, entre 1985 y 1997, el período de oro del modelo exportador, el tipo de cambio fue de 580 pesos.
Para actuar se requiere, al menos, saber si nos encontramos o no -por efecto de un alto precio esperado del cobre- en una situación similar a la del período 1880-1910, la época en que sufrimos una severa enfermedad holandesa, es decir, una baja aguda y prolongada en el nivel del cambio.
Si la actual revaluación del peso fuera sólo una manifestación de un dólar muy volátil, las soluciones adecuadas incluyen el perfeccionamiento de los mercados a futuro y/o de los seguros de cambio, además de acciones orientadas a reducir el elevado gasto agregado.
Pero si el problema es de enfermedad holandesa, consecuencia de 1) las altas tasas del crecimiento económico en China y en la India y 2) los mayores costos de producción adicional de cobre, entonces las medidas anteriores equivalen a recomendar una aspirina a un paciente con neumonía aguda. Tampoco servirá la intervención del Banco Central, que sería similar a pararnos en los rieles para tratar de detener un tren que viene embalado.
En teoría, una solución al problema de la enfermedad holandesa podría consistir en incentivar un aumento de la productividad en los sectores productores de bienes no-cobre que se transan -actual o potencialmente- en los mercados internacionales, de modo de compensar el efecto de la revaluación del peso. Ello permitiría mantener, aproximadamente, el actual carácter de nuestra economía. Otra solución posible sería facilitar el cambio estructural, en que los recursos se trasladen desde la industria y agricultura, entre otros, a la minería cuprífera y a los servicios internos. En ambos casos, que no tienen por qué ser excluyentes, se podrían desincentivar transitoria, decreciente y tributariamente los aumentos aún no comprometidos de las exportaciones de cobre, con la finalidad de mitigar la revaluación cambiaria.
Es altamente probable que el actual precio del dólar y su tendencia sea una manifestación tanto de su volatilidad normal como de la existencia de la enfermedad holandesa. Las soluciones propuestas al último problema, aunque costosas, lo serán menos que repetir la experiencia de fines del siglo XX. Entonces, la ausencia de una decidida política para enfrentar ese mal -producido por la anexión de los territorios salitreros de Perú y Bolivia a Chile- se tradujo en fuertes presiones proteccionistas, las mismas que se sienten ahora en forma incipiente, y que a la larga contribuyeron a producir un siglo perdido en materia de crecimiento económico.