¿Promesas que se lleva el viento?

El desafío es tener un sistema que incentive a los actores políticos a ser responsables (prometiendo lo posible), pero, a la vez, autoexigentes.

por Jorge Fábrega - 07/09/2010 - 04:00
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INCUMPLIR LAS  promesas es un rasgo estructural de la política, pues siempre las demandas ciudadanas exceden las capacidades de respuesta de quienes gobiernan. No obstante, saber lo anterior no desincentiva a unos a dejar de pedir, ni tampoco a los otros a dejar de ofrecer. Por eso, como regla general, los ciudadanos seguirán pidiendo a los políticos cosas que no pueden hacer; y aquellos seguirán prometiendo lo que no pueden cumplir. Esa sobreoferta estructural de promesas incumplidas que se lleva el viento es, sin duda, un ingrediente central en la profunda desconfianza que los ciudadanos manifiestan ante las instituciones políticas y los políticos. Tal desconfianza es un mal público que salpica a todos por igual.

Sin embargo, el hecho que el incumplimiento de promesas políticas sea un problema estructural no significa que sea imposible introducir incentivos para que los costos, que actualmente los asumen todos los políticos (es decir, nadie) mediante el desprestigio de su actividad, sean atribuidos a los actores específicos que no cumplieron lo que prometieron. 

Por lo anterior, la pregunta es cómo hacemos para tener un sistema político donde los que aspiran a dirigir los destinos del país sólo prometan lo que realmente están en condiciones de cumplir y, simultáneamente, no sólo prometan lo que les resulta trivial cumplir. Es decir, el desafío es tener un sistema que genere incentivos para que los actores políticos sean responsables (prometiendo lo posible), pero, a su vez, autoexigentes. Lo segundo lo entrega la competencia, pero ¿cómo garantizamos lo primero?  

Un sano escepticismo nos debería llevar a concluir que dejarlo en manos de los propios afectados sería garantía de que nada cambie. Ello porque, así como a los profesores (que viven de evaluar a otros) no les gusta que los evalúen, a los actores políticos (que viven de sembrar esperanzas y soluciones para otros) no les gusta que les cobren la palabra. 

En esta era digitalizada, el camino eficaz es otro. Las promesas -que antiguamente quedaban guardadas en archivadores de acceso restringido o en vericuetos ignotos de bibliotecas- fluyen ahora convertidas en bits de computador en computador.  En este nuevo contexto ya no funcionan las viejas argucias para salir del paso con un "no fue eso lo que dije" o "fui sacado de contexto", porque allí está lista para viajar por la web tu voz grabada, tu imagen saliendo de aquel lugar, el registro de tu voto, etcétera. 

Me atrevo a sugerir que no fue una inédita ola de conciencia ecológica generalizada la que salvó a Punta de Choros de un trágico destino, sino la versión digital de la promesa de campaña del entonces candidato Piñera. El link con el audio de su promesa de oponerse a dicho proyecto viajaba como un virus por las redes sociales y la ciudadanía exigió su pronunciamiento ante la decisión de la Corema de Coquimbo. El resto de esa historia aún se está escribiendo llena de bemoles, pero en lo relativo al cumplimiento de promesas la lección es clara. Hoy por hoy, la huella de lo que dijimos, hicimos y prometimos ya no se la lleva el viento, sino que queda indeleblemente registrada en formato digital. Y como un ave Fénix, nuestro pasado renace en el presente como un stock de reputación que nos acompaña. Fallar reduce ese stock; cumplir, lo acrecienta. Y en política, esa es la clave para recuperar las confianzas.

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