Más dudas que certezas

Quizá deba ampliarse el jurado de los premios nacionales, pero en ningún caso convertirlos en botín de los especialistas.

por Alvaro Matus - 09/09/2010 - 04:00
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SE ENTREGARON los premios nacionales de Historia, Música y Literatura y, después de las felicitaciones de rigor y del festival de declaraciones de los picados, quedó flotando una sensación incómoda. Para muchos es urgente reformular las bases del galardón. Partiendo por la periodicidad: si muchos escritores piensan que la distinción debiera ser anual, los historiadores Rafael Sagredo y Gabriel Salazar creen que en su campo podría darse cada tres o cuatro años. No es la única divergencia. ¿Hay que entender el reconocimiento como una jubilación, en cuyo caso es cosa de tener paciencia, porque a casi todos les llegará, o deben mandar la autoridad y el peso? También está en tela de juicio la necesidad, un poco indigna, de armar postulaciones.

Los dardos más afilados apuntan a la composición del jurado: ¿Qué sabe el ministro de Educación de música docta? ¿No son las academias un resabio del pasado? ¿Por qué en pleno siglo XXI tiene que figurar el rector de la U. de Chile, siendo que esa institución ya no ejerce el rol hegemónico que tuvo antes?

Tras estas preguntas subyace la idea de que los galardones deben ser entregados por los que saben. En principio, es imposible estar en desacuerdo con este argumento. Pero nada garantiza que los sabios de la tribu decidan en forma transparente, imparcial, justa. Menos probable es, desde luego, que la tribu esté dispuesta a acatar el dictamen de los sabios. La única certeza de todo este asunto es que siempre habrá descontentos, salvo que se premie a un Mario Góngora, un José Donoso, un Claudio Arrau. Lo vimos cuando se supo que había ganado Bernardino Bravo en Historia. Se lo criticó por ser de derecha, tradicionalista, por seguir una línea historiográfica de la primera mitad del siglo XX. ¿Ser de derecha o de izquierda constituyen categorías de valor en sí mismas? ¿Ese es el debate intelectual que merecemos? 

Por lo demás, en todos los campos se ha visto que cuando el ganador pertenece a una corriente en auge, el coro reprueba al jurado por acatar las modas. Cuando vence alguien de regiones, se dice que es sólo porque "le tocaba a la provincia". Cuando triunfa alguien de la academia, el premio debe "abrirse"...  En fin, nunca quedan todos conformes. A nivel internacional, el criterio de que sólo votan los que saben también es discutido. Cada vez que el Nobel de Literatura recae en alguien desconocido, llueven las columnas sobre lo perdidos que andan los suecos. Nadie repara en que, en una de ésas, los desinformados y prejuiciosos son los escritores, lectores y críticos que cada año se enteran de que en Rumania o en Austria también hay autores que dan cuenta de nuestra convulsionada época.

Terminado el festejo de los ganadores, las heridas de varios postulantes siguen abiertas. Las dimensiones de ese rencor (aflicción en varios casos) dan una medida de la importancia que todavía tienen estos galardones: se arman máquinas, se pierde el pudor para solicitar entrevistas y se debate como nunca a través de la prensa. Sin embargo, una y otra vez los caídos se vuelven a parar para quedar otra vez en carrera. Sí, quizá deba ampliarse el jurado, darles cabida a más voces, pero en ningún caso convertirlos en botín de los especialistas. Perderían su carácter nacional. Y sí, claro que sí: estos premios están más vivos que nunca.

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