LAS RAZONES que explican la desaparición de un escritor brillante son misteriosas, pero más misteriosas son las que permiten aclarar por qué, 40 ó 50 años después de su muerte, se produce una reivindicación unánime de su obra.
Esto ha sucedido con Richard Yates, creador de Vía Revolucionaria, la aterradora historia de un matrimonio que no se ama lo suficiente como para sobrellevar las desilusiones cotidianas. La adaptación cinematográfica de Sam Mendes contribuyó al renacer de Yates y al de toda una generación de novelistas que supo capturar el malestar existencial de la clase media estadounidense de fines de los 50 y principios de los 60.Otro tanto ha hecho la serie Mad Men. Don Draper y los publicistas de Sterling Cooper encarnan las contradicciones de una sociedad que luchaba por espantar los fantasmas de la II Guerra Mundial y abandonarse, sin remordimientos, al placer del consumo.
La industria editorial se ha dado cuenta de que estas ficciones arrojan luz sobre los tiempos actuales. El sello Libros del Asteroide ha sacado dos textos que caminan por esta cuerda: El hombre del traje gris y Diario de un ama de casa desquiciada. El primero, de Sloan Wilson, fue llevado al cine con Gregory Peck en el rol protagónico. El paisaje es el de siempre: casas sin rejas y de césped impoluto, hombres con el diario bajo el brazo a la espera del tren que los lleva al trabajo, martinis al mediodía, tranquilizantes y alcohol para superar la brecha entre fantasía y realidad. Diario de un ama..., de Sue Kaufman, muestra ese mundo desde la perspectiva femenina, con una combinación magistral de levedad, arrebato y disociación. La protagonista está casada con el abogado de un gran estudio jurídico que empieza a invertir su herencia en la Bolsa, a financiar teatro "off Broadway", a especializarse en vinos franceses, a desear con desesperación su ingreso a la elite neoyorquina. Ella, como una Emma Bovary moderna, lee novelas y escribe un diario para contrarrestar los temblores, el sudor y el miedo. Sobre todo el miedo. Fue lo que se llamó la Era de la Ansiedad. Y ya se sabe que la ansiedad no es otra cosa que miedo, eso que Tina Balser, Tom Rath y Don Draper combaten con tabaco, infidelidades y cocteles. A todos les ha costado mucho llegar donde están y es evidente el temor a perderlo todo, como también lo es la observación de Jonathan Franzen sobre El hombre del traje gris: "Esta novela consigue capturar el espíritu de los 50: el conformismo incómodo, la evasión del conflicto, el quietismo político, el culto a la familia nuclear y la aceptación de los privilegios de clase".
El diagnóstico calza bastante con nuestra propia época, marcada por el desinterés en la política, la noción de la familia como refugio y el consumo como engañosa necesidad. Pero intuyo que hay otro aspecto que permite entender la vigencia de estas ficciones: se trata de un mundo cargado de deseo y con poca culpa. De allí que todos fumen sin parar y que el aperitivo del mediodía sea sagrado. No había tanta conciencia de la salud. Tampoco irrumpía el ecologismo y los niños estaban lejos de ser el centro del universo. En un mundo donde la corrección política se ha vuelto asfixiante, eso parece una suerte de utopía. Después vino la rebeldía, con el rocanrol, las drogas y todo lo demás. ¿No estaremos ahora, sin darnos cuenta, en la antesala de una década más movida, inconformista y rabiosa?