LA SECUENCIA de eventos en Japón y el desencadenamiento de una emergencia nuclear han generado consternación. Curiosamente, gran parte de la expectación se ha centrado en la emergencia nuclear, dejando en un segundo plano muchos otros hitos noticiosos.
Basta con recordar lo que ocurrió en Chernobyl hace poco más de 20 años, donde un accidente nuclear fue mantenido oculto hasta que fue imposible esconderlo por más tiempo. Gran parte de los daños fueron consecuencia de una tardía respuesta y un diseño de reactor con subestándares de seguridad por cuestiones de presupuesto. Entonces, es natural estar atentos a la información que se nos está entregando. Afortunadamente, es lo que está ocurriendo hoy en Japón. Este acceso a la información contribuirá a que los efectos del accidente de Fukushima sean menores a los de Chernobyl.
Sorprende la vulnerabilidad de los equipos de enfriamiento del reactor una vez que fue apagado. Cuando se "apaga" un reactor siguen habiendo reacciones nucleares, pero con liberación de energía a una tasa considerablemente menor, aunque no nula. Es entonces cuando entran en operación dispositivos de enfriamiento, los cuales pueden ser activos o pasivos. Lamentablemente, para las plantas de Fukushima, diseñadas en la década del 60, éstas eran activas y fueron severamente dañadas con el tsunami.
Para complicar las cosas, con los reactores sobrecalentados es muy posible que zirconio haya reaccionado químicamente con agua a muy alta temperatura, conllevando a la producción de hidrógeno. Aparentemente, fue la liberación de este gas la causa de esas espectaculares explosiones (químicas). A pesar de esto, no hay indicación de daño en el contenedor del reactor: éste respondió al terremoto, al tsunami y a la explosión.
Afortunadamente, cuando veo noticias de agencias internacionales competentes, se ven cada vez menos novedades de Fukushima. Ya han pasado siete días desde el accidente y se espera una pronta reposición de la electricidad. Con ello, uno sigue expectante a que el enfriamiento de los reactores ocurra sin nuevas sorpresas.
Volviendo a nuestro meridiano, el accidente de Japón renueva la discusión sobre la opción nuclear como una fuente de energía de Chile. Ello para responder a proyecciones de crecimiento que extrapolamos para 10 a 20 años.
Aquí me detengo en dos consideraciones. Por una parte, teniendo en cuenta lo que conocemos del país con su loca geografía, ¿hasta qué punto somos capaces de predecir el comportamiento de las estructuras en megaproyectos y su impacto en el entorno? o ¿en qué medida asumiremos gastos a corto plazo para no tener que pagarlos multiplicados ante catástrofes? La ingeniería ha sido capaz de responder con creces a los desafíos puestos por la naturaleza. Sin embargo, es la economía mal entendida la que nos acarrea problemas.
El otro elemento, ya más de fondo, es esta supuesta correlación entre crecimiento y energía. Así, surge la pregunta de si podremos conciliar bienestar sin autodestrucción.