El Lamborghini rojo de Arturo Vidal

Si nuestros ídolos nacionales consumen en forma ostentosa, no debiera extrañarnos el sobreendeudamiento en el retail.

por Sergio Micco - 26/07/2011 - 04:00

EL MISMO día que la prensa escrita informaba que el salario mínimo para un millón de chilenos sería de poco más de $ 180.000 al mes y que decenas de miles de jóvenes salían a protestar contra el lucro en la educación superior, un matinal de televisión entrevistaba a seis ídolos nacionales del momento -Jorge Valdivia, Alexis Sánchez, Mark González, Luis Jiménez, Mauricio Isla y Arturo Vidal- que, entre otras cosas, hablaban de sus altísimos sueldos y de cuán ostentosamente los gastaban.
Uno habló de su Audi de $ 77 millones e informó que su mujer tenía 500 pares de zapatos. Otro contó que le había regalado a su esposa un anillo de compromiso de $ 7 millones. Un tercero mostraba su Hummer de $ 50 millones y se reía, con cariño, de que su mujer gastaba $ 6 millones en cirugías plásticas. Terminado el reportaje, un tímido economista dijo que no le parecían muy buenas esas inversiones. Pero sus dueños, se podría remachar, se lo han ganado legítimamente y son motivo de alegría nacional. ¿Quién es uno para emitir juicios sobre cómo usan su dinero?
El tema no es ni trivial ni únicamente local. Estados Unidos ha vivido un proceso de enorme divergencia entre ricos y pobres, que ha provocado diversas patologías sociales y pugnas políticas. El Nobel de Economía Paul Krugman señala que esta polarización social ha sido comandada por dos grupos: los ejecutivos de empresas, cuyas remuneraciones se han disparado gracias a las primas y a las stocks options, y las celebridades del mundo del espectáculo y los deportes. Ambos grupos, 0,02% de la población, pueden llegar a ganar 100 millones de dólares anuales en un país que es el más desigual del mundo desarrollado. La diferencia central entre ellos es que la llamada "economía de las superestrellas" goza de una enorme simpatía por parte de la ciudadanía, no así los ejecutivos de grandes empresas.

Imagine lo que ocurriría en Chile si honrados empresarios mostraran por televisión sus autos y vacaciones de lujo. La indignación en las calles aumentaría, ¿no? En cambio, los deportistas y estrellas del espectáculo no sólo cuentan con la simpatía del público, sino que con su admiración, por su origen humilde y esforzado éxito. Ellos son modelos de vida para millones. En una cultura en la que se nos valora por lo que tenemos, perder en la competencia del consumo es estar condenado a ver a los demás con envidia y a uno mismo con vergüenza. Si nuestros ídolos nacionales consumen en forma ostentosa, no nos debiera extrañar el sobreendeudamiento en el retail o que nuestros jóvenes en las cárceles exhiban costosas zapatillas deportivas. 

Me gusta Gary Medel cuando habla de sus orígenes pobres en Conchalí, su lucha contra la droga y de su actual apoyo a los jóvenes populares. Me alegra ver a Arturo Vidal apoyando una fundación de beneficencia y diciendo que le gusta "compartir con los niños, y ver cómo ellos se esfuerzan día a día me motiva a seguir creciendo como jugador y persona". Por el contrario, me indigna cuando lo veo por televisión llegar en un Lamborghini rojo a recibir el título de hijo ilustre de la muy popular comuna de San Joaquín. Lo escribo aunque sea políticamente incorrecto.

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