Infantilismos varios

Que los jóvenes son la fuerza regenerativa en un mundo corrupto es una actitud vitalista, temo que fascista, cuyo peligro conocemos.

por Alfredo Jocelyn-Holt - 03/09/2011 - 04:00

NO ES RARO que en contextos como en el que estamos, de cuestionamiento y deterioro de la autoridad, nos topemos con diversos infantilismos. Nada todavía que supere el día del golpe militar, cuando los canales de televisión no dejaron de transmitir sino monos animados. "El Pato Donald y sus amigos ocupaban las pantallas", explica Diamela Eltit, "así, las imágenes oficiales de las primeras horas, bajo el pretexto de distraer a la población infantil, daban cuenta, a la vez, de una didáctica, de la voluntad irónica por infantilizar a la población".

Otro ejemplo más reciente: el Presidente en La Moneda actuando de anfitrión de unos niños disfrazados de "presidentes", banda incluida, "Augustito" con gorra, "Salvadorito" con lentes. Atendidas nuestras actuales circunstancias, muy bizarro el asunto. Lo que más me llamó la atención en el video era lo en serio que se toma Piñera estas ocasiones, al parecer no infrecuentes. Para el Bicentenario fue él quien se disfrazó de mandatario decimonónico con chaqué y top hat. Hace cinco días le tocó el turno al curso de colegio de su nieto mayor. El riesgo que corre una autoridad tan simbólica como la Presidencia (parecida en eso a las monarquías) ha sido siempre de que se quede en eso, en convertirse en meramente simbólica, y el de nuestra generación -la mía y de Piñera- que se nos vuelva prescindible.

No exagero. Nunca antes, salvo en las mentes gerontofóbicas-sectarias de seguidores de Silo que condenaban a cualquiera mayor de 30 años, se ha vivido una época de más dialéctica generacional. La primera vez que vislumbré algo fue una noche, hace ocho años, en el Campo de' Fiori, en Roma. Nunca había visto a tanto joven, miles de ellos, nadie mayor, haciendo nada (ni tomando), salvo conversar y estar ahí, sintiéndose parte -supongo- de un todo gregario, una manada, eso era lo único que parecía congregarlos. Los padrones de consumo, las redes sociales, sus formas virtuales de asociación avalan esta total prescindencia del mundo adulto, muy de hoy día. Si, justo, acaba de aparecer una novela apocalíptica de Andrew Butcher, Tiempo de cosecha, en que una extraña enfermedad se encarga de liquidar a cualquiera mayor de 18 años. Me recuerda esa otra distopía, la de El señor de las moscas (1954), en que un mundo de adolescentes se torna un infierno. Otro tanto ocurre en la película If (1968), con Malcolm McDowell, el mismo de La Naranja Mecánica, con la que también guarda semejanzas temáticas.

Me vino a la mente esta serie de obras apocalípticas tras el ataque de la turba al despacho del ministro en el Mineduc, malón que culminó con  declaraciones chaladas de una de las voceras: "Entendemos que la única forma de que haya educación de calidad y gratuita es cuando esté en manos del pueblo".

Estas obras no es que satanicen a los jóvenes, critican su autosuficiencia. La sensación de que "ellos" pueden convocar, copar los espacios, que el mundo en tanto futuro les pertenece, que "ellos" son una fuerza regenerativa en un mundo corrupto, y que para cambiar las cosas hay que marchar, no es novedosa. Es una actitud vitalista, útil, me temo que fascista, cuyo peligro conocemos. Vale criticarla, pues, por lo que es, sin miramientos.

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