Y FINALMENTE se aprobó la inscripción automática y el voto voluntario. Me congratulo por lo primero y me entristece lo segundo. Soy de los que cree que hemos dado un paso de nefastas consecuencias para el futuro, contribuyendo a debilitar todavía más nuestra democracia, desdibujando el rol de los ciudadanos, y en lo que ha sido la deriva de la última década, acrecentando el proceso de privatización del espacio público. Lo escribimos y dijimos de tantas maneras, que a estas alturas sólo cabe repetir, consignar o quizás testimoniar muy sintéticamente aquellas razones por las cuales defendí la inscripción automática y el voto obligatorio.
Mi convicción filosófica. El hecho de vivir en comunidad otorga a los ciudadanos derechos y deberes, a resultas de que todos nos beneficiamos de los frutos del esfuerzo colectivo. El sufragio no es sólo un derecho, en cuanto nadie está facultado para impedirlo o limitar su ejercicio, sino también un deber, similar en su naturaleza a la carga de pagar impuestos, por lo que promuevo la obligación de participar periódicamente en las decisiones que nos afectan a todos y donde se sella el destino de la sociedad de la cual somos parte.
Mi convicción social. La experiencia comparada muestra que la voluntariedad del sufragio tiende también a favorecer a las elites, en cuanto las clases sociales menos pudientes e ilustradas carecen de incentivos para concurrir a las urnas, otorgando una razón preferente para participar a aquellos que monopolizan el conocimiento, en la medida que estos pueden mejor sopesar la importancia que tiene el voto en la defensa de sus propios intereses.
Mi convicción democrática. En un sistema de sufragio voluntario, donde la participación electoral oscila de acuerdo con los incentivos coyunturales, la relevancia que adquieren factores externos y ajenos al ideario de la soberanía popular, como el dinero, el pago de favores o derechamente la compra de votos, es infinitamente mayor a la incidencia que estos mismos incentivos desempeñan en un sistema donde todos están obligados a concurrir a la urnas, cualquiera sea su motivación o estado de ánimo.
Mi convicción electoral. Pese a la incertidumbre inicial que provocará esta modificación y a las expectativas que ha generado, en el largo plazo irá bajando todavía más aceleradamente la participación ciudadana, siendo más las personas que se retiren de la masa electoral activa, de las que eventualmente ingresen.
Mi convicción política. Las peores tragedias políticas y sociales han sido antecedidas de un período en el cual los ciudadanos se retiraron del espacio público institucional, dejando en manos de unos pocos la administración de los asuntos que nos conciernen a todos. La triste paradoja es que la aparente libertad para participar o no en las decisiones públicas que inspira la ideología del voto voluntario, acarreará un costo demasiado alto para todos, incluso para aquellos cuya preocupación fundamental es que nadie vulnere sus propios derechos y preservar su inviolable espacio privado.