El archipiélago de la izquierda

De no introducirse alguna iniciativa centrípeta, este sector verá limitada su capacidad de influir en los escenarios que se avecinan.

por Ernesto Aguila - 01/02/2012 - 04:00

CUESTA encontrar un período de nuestra historia contemporánea en el que la izquierda en Chile se haya visto tan fragmentada como hoy. Estas tendencias centrífugas no afectan a todo el espectro político. No hay diáspora en la derecha ni en el centro político, sino sólo en la izquierda.

Con islotes mayores y menores, unos más a la deriva que otros, la izquierda chilena es hoy un gran archipiélago. Se puede constatar una respetable sopa de siglas: PS, PC, PPD, PRSD, MAS, MAIZ, PAIZ, PRO y Revolución Democrática (RD), a la que se debe adicionar un conjunto de colectivos que por ahora tienen presencia sólo universitaria: Izquierda Autónoma, NAU, NIU, FEL, LAC, entre otros. A todo ello se podrían agregar diversos agrupamientos liberales oscilantes aún en su domicilio político, pero algunos más inclinados hacia la izquierda.

Este sector en Chile ha sido desde su origen, plural. En sus inicios se vio bifurcada entre "racionalistas laicos", comunistas y anarquistas. Más tarde, entre comunistas, socialistas y radicales. Los años 60 vieron nacer nuevos movimientos, algunos escindidos del tronco democratacristiano y otros provenientes del impacto de la revolución cubana en la izquierda latinoamericana. A la dictadura sobrevivieron el PS, el PC, el PR, más tarde el PPD (otros se disolvieron, se incluyeron en éstos o permanecieron como "subculturas políticas" sin un referente partidario).

Más allá de las diferencias propias de sus vertientes ideológicas de origen -socialdemócratas, socialistas, comunistas, liberales, anarquistas, cristianos de izquierda-, dos tensiones cruzan hoy a esta "izquierda  plural": la relación con lo institucional y las alianzas políticas. El viejo debate sobre "reforma o revolución" parece haberse desplazado a las distintas valoraciones de la "vía institucional". Para una parte de la izquierda, las instituciones políticas, no sólo las actuales, constituyen el exacto lugar donde las aspiraciones sociales acaban siendo cooptadas o traicionadas. Subyace aquí la idea de "lo social" como el momento "honesto" de la política, y la política institucional como el lugar de la "caída", de esa inevitable transacción que diluye la pureza y radicalidad de los objetivos.

La segunda tensión nace de una diferente valoración de la alianza entre la izquierda y el centro. Mientras para unos esta es condición necesaria de un proyecto de mayoría, para otros sólo es aceptable sobre la base de la unidad y hegemonía previa de la izquierda (debate que recuerda los años 40 y 50 del siglo pasado con la tesis del "Frente de trabajadores" que puso fin a la colaboración entre la izquierda y el centro de la época).

En la cultura de izquierda, las diferencias con los más próximos se transforman muchas veces en fuentes de la propia identidad. Por ello, sus divisiones pueden llegar a ser infinitesimales, como en la novela de Vargas Llosa, La historia de Mayta. El sistema binominal, en gran medida, ha mantenido en la invisibilidad la actual fragmentación de la izquierda, pero esta es real y tendrá crecientes consecuencias políticas. De no introducirse alguna iniciativa centrípeta, la izquierda, en sus distintas vertientes y estrategias, verá limitada su gravitación y capacidad de influir en los escenarios que se avecinan.

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