El cojo y el empedrado

La historia demuestra que las reformas legales no tienen mucho sentido si no van acompañadas por un cambio de actitud de parte de los que deben impulsarlas.

por Juan Ignacio Brito - 02/02/2012 - 04:00

LA SABIDURÍA popular dice que el cojo siempre le echa la culpa al empedrado, una verdad cotidiana que también encuentra expresión en la política, cuyos protagonistas han desarrollado una especial habilidad para responsabilizar al sistema de sus propias falencias.

El ejemplo más reciente es el documento suscrito por los presidentes de Renovación Nacional y la Democracia Cristiana. Luego de pintar un cuadro desolador de la situación actual en Chile, el texto propone una vía de salvación ante tanta miseria: cambiar todo. Hay que pasar desde el "presidencialismo excesivo" hacia un semipresidencialismo a la francesa, y desde el binominal a un "proporcional corregido".

La Concertación también ha hecho llegar a La Moneda su propuesta de cambio electoral y el Presidente de la República ha dicho que la reforma electoral estará arriba de la mesa este año. Todos parecen de acuerdo en que hay que arreglar el sistema.

Detrás de esto hay voluntarismo, porque la historia demuestra que las reformas legales no tienen mucho sentido si no van acompañadas por un cambio de actitud verdadero de parte de los que deben impulsarlas y aplicarlas.

Desde hace años, las encuestas muestran que la opinión pública es muy crítica con los políticos, los partidos y el Congreso, y nadie puede prometer que eso va a ser distinto si se produce un cambio de sistema. Lo cierto es que el descontento no va dirigido contra el binominal o el régimen institucional (que prácticamente no figuran como preocupaciones ciudadanas), sino contra los políticos mismos.

También hay cinismo, porque las reformas que se vocean en nombre del pueblo, la representatividad y la eficacia producirían el resultado de darles más poder justamente a quienes las promueven. Eso es lo que ocurriría en un régimen semipresidencial, donde los partidos y el Legislativo ganarían una influencia enorme, y también lo que sucedería si se consolidara la reforma electoral para dar espacio a que todos los partidos tengan senadores y diputados. La historia de Chile muestra con claridad que cada vez que los partidos políticos ganaron poder excesivo, el país se metió en problemas.

Es obvio que la actividad política debe sufrir cambios. Pero, por desgracia, las reformas que se están promoviendo sólo agravarán el problema. Lo que debe hacerse es ponerles exigencias más altas a aquellos que consistentemente se sacan las peores notas en las evaluaciones públicas, y no darles más poder.

Es difícil que eso ocurra, pues cualquier cambio significativo pasa porque los propios legisladores voten en contra de sus privilegios y su posición dominante. Sólo el enorme descontento ciudadano con su labor ha hecho que en el último tiempo se adopten algunas medidas de transparencia y se aprueben leyes -como la de inscripción automática y voto voluntario- que ponen presión sobre los partidos y los incumbentes. Sin embargo, aún queda mucho por hacer.

Mientras tanto, a uno le gustaría ver menos diagnóstico social autoflagelante y más autocrítica real en los partidos políticos y los parlamentarios. Ellos cumplen una labor esencial en nuestra democracia y es necesario que desempeñen su tarea con vocación de servicio y a la altura de lo que el electorado espera de ellos.

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