Delincuencia: talón de Aquiles

El hecho es que la señal de debilidad se sintió y los delincuentes están de vuelta, en gloria y majestad. 

por Axel Buchheister - 05/02/2012 - 09:00

LA ULTIMA encuesta Adimark ratifica que la adhesión ciudadana a la gestión de gobierno se encuentra estacionaria -quizás con leve tendencia a mejorar-, pero en cualquier caso dejando atrás los peores momentos del año pasado. No obstante, hay un dato que debiera preocupar en extremo al gobierno: el 80% de los encuestados desaprueba su gestión respecto de la delincuencia (el ítem peor evaluado) y sólo un 18% la suscribe, lo que significa que incluso hay molestia entre los más fervientes partidarios. Y en un tema en que se supone están las ventajas comparativas de la centroderecha, que simboliza la idea de "orden", y que pocos dudarían en señalar como una de las razones -sino la principal- del resultado de la última elección presidencial que mandó a la banca a la Concertación. Sorprendente, cuando los primeros meses del mandato entregaron cifras auspiciosas de una tendencia a la baja en los delitos, que ahora parecen incontenibles. Así, en julio de 2010 la valoración de la gestión antidelincuencia tenía un 49% de aprobación y sólo un rechazo de un 46%. ¿Qué sucedió después? Sucede que en torno al delito hay una industria y que los delincuentes son agentes económicos racionales, que evalúan riesgos y beneficios. Electa la derecha, supusieron que la mano venía dura y se guardaron, esto es, que en el margen se retiraron algunos -al menos temporalmente- de la actividad y que los que permanecieron se volvieron más cautelosos -pero siempre todos observando-, con lo que las cifras cayeron. Luego de casi dos años, se ha visto que la determinación del gobierno no es tanta, cuando, por ejemplo, no hizo nada por controlar el orden público en Magallanes, en que toda la región fue literalmente bloqueada por agitadores, o algo efectivo por controlar los desmanes causados por el lumpen en las protestas estudiantiles. Se unieron las vacilaciones y condescendencias para lidiar con las exigencias fuera de la realidad de jóvenes intransigentes. Habrá las explicaciones políticas que se quieran para todo ello, pero el hecho es que la señal de debilidad se sintió y los delincuentes están de vuelta, en gloria y majestad. Además, se cometió el error de crear expectativas exageradas, cuando revertir los niveles de delincuencia es una tarea de largo aliento. La sensación de mano dura sirve para disuadir en lo inmediato, pero no se hace cargo de todas las causas del problema. Incluso, un castigo más severo requiere de mejoras sustanciales en la infraestructura carcelaria, que difícilmente contiene a la sobrepoblación que sufre hoy. Hace falta una labor policial sistemática, focalizada en disminuir los incentivos que constituyen las rentas de esa industria, como también una política de rehabilitación eficaz para los que no encuentran otro norte que reincidir, entre otras tantas cosas. Las medidas efectistas, como concurrir a cada decomiso de drogas, no sirvieron. Se impone una política coherente y de largo plazo, para que al cabo de los dos años que quedan se pueda empezar a avizorar un cambio. Si no sucede así, la Alianza pagará muy cara la imagen de ineficacia en un ámbito que entronca con su esencia. Quién hubiera imaginado que el orden se iba a transformar en su talón de Aquiles.

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