Crisis del capitalismo y desigualdad

Se requiere coherencia para vincular las aspiraciones de justicia social con la gestión de una economía global sostenible. 

por Juan Somavia - 06/02/2012 - 04:00

EL CAPITALISMO ha atravesado otras crisis de legitimidad, pero está no tiene precedentes: la desigualdad es enorme. Hoy, 61 millones de personas poseen una riqueza equivalente a lo que logran reunir 3.500 millones de personas. Las perspectivas macroeconómicas siguen deteriorándose. De acuerdo con el informe Tendencias Mundiales del Empleo 2012 de la OIT, uno de cada tres trabajadores (unos 1.100 millones de personas) está desempleado o vive en la pobreza. Al ritmo actual, serán necesarios 88 años para erradicar la pobreza extrema. A lo largo de la próxima década, necesitamos crear 600 millones de empleos: 200 millones para los desempleados de hoy, y otros 400 para aquellos que entrarán en el mercado laboral. Dada esta situación, no sorprende que el informe Riesgos Globales 2012, del Foro Económico Mundial (FEM), señalara la grave disparidad de ingresos y el alto desempleo como los riesgos más probables de los próximos años. La recuperación después de la crisis 2008/9 fue efímera, porque prevaleció la "solución de urgencia". Sólo un nuevo paradigma logrará cambiar el rumbo.

Primero, debemos reconsiderar cómo medimos el crecimiento, más allá de los cambios porcentuales en el PIB o del promedio del ingreso per cápita. El indicador del progreso debe medir las mejoras tangibles en las vidas de las personas. 

Segundo, el pleno empleo, junto a la reducción de la inflación y la estabilidad financiera, debe ser un objetivo macroeconómico prioritario y un objetivo de la política de los bancos centrales. Los países que invirtieron en creación de empleo (y en protección social) como una salida a la crisis de 2008 tuvieron mejores resultados que aquellos que dieron prioridad al salvamento de sus bancos.

Tercero, el sistema financiero debe estar al servicio de la economía productiva, no al revés. La distorsión de este concepto está en el corazón de la crisis actual. Sin embargo, los mercados están llevando la batuta de nuevo. Las operaciones arriesgadas e improductivas deben ser menos rentables para las instituciones financieras, y los contribuyentes no deberían absorber las pérdidas.

Cuarto, necesitamos fortalecer el marco para las inversiones productivas, incluso a través de una estrategia de crecimiento basada en los ingresos. Esto permitiría estimular la demanda mediante el consumo y acumular ahorro para incentivar un crecimiento futuro, en vez de recurrir al endeudamiento.

Quinto, necesitamos protección social para los más vulnerables. En Brasil, la desigualdad de  ingreso medida según el coeficiente de Gini está disminuyendo gracias al mecanismo de transferencias monetarias condicionadas que proporciona apoyo a las familias pobres. 

Sexto, tenemos que crear instituciones sólidas para facilitar la creación de nuevas empresas, incluso a través de asociaciones a largo plazo entre los bancos y las empresas. Necesitamos mayor coherencia entre políticas económicas y sociales para vincular las aspiraciones de justicia social de las personas con la gestión de una economía global sostenible. 

Las empresas tienen un papel vital para que este cambio sea posible. La mayor prioridad debe ser conferida a las pequeñas y medianas empresas, que son el motor del crecimiento. Necesitamos ideas creativas para abordar la dimensión social de la globalización.

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