NO HAY en el Santiago histórico una intervención más radical que la propuesta, en los años 30 del siglo anterior, realizada por Karl Brunner para el Barrio Cívico. En ese entonces La Moneda estaba rodeada por manzanas compactas y allí Brunner propuso dos vacíos públicos, al norte y al sur del Palacio, los que hoy conocemos como "Caja Cívica". Además, como extensión hacia el sur, se propuso el Paseo Bulnes que consideraba el Congreso Nacional como remate del eje, reforzando el carácter republicano del nuevo barrio.
La polémica no se hizo esperar. Destacados arquitectos chilenos veían en los ideales del Movimiento Moderno la respuesta física a las demandas de modernización del país. Pero la defensa de la tradición urbana neoclásica, heredada del siglo diecinueve con su modelo de ciudad compacta, pudo más que el ideario modernista que rompía con la ciudad tradicional para hacer del edificio un objeto autónomo en medio del espacio abierto.
En esta disputa, las ideas de Brunner se impusieron y el arquitecto Carlos Vera, en 1937, diseñó el conjunto de edificios racionalistas que hoy conocemos, los que asumen una responsabilidad pública, más allá de sí mismos, al dar forma al espacio urbano diseñado por el urbanista vienés.
Si bien las ideas del Movimiento Moderno no fueron acogidas en el centro histórico, éstas lograron imponerse décadas más tarde en la periferia. Allí, el modelo de "ciudad jardín" se extendió con fuerza hasta nuestros días, hegemonizando la forma de construir ciudad, y de paso, incidiendo negativamente en la sustentabilidad del territorio.
Una de las diferencias de fondo entre la "ciudad histórica" y la "ciudad jardín" es que esta última no reconoce la plaza como el corazón de la ciudad, la ignora, y con ello se pierde inexorablemente el fundamento de la ciudad como lugar de encuentro y de vida compartida. Dentro de este territorio periférico, la pugna entre las arquitecturas por la notoriedad individual, al margen del espíritu coral que se advierte en la arquitectura de la ciudad histórica, refleja fielmente el tránsito de una sociedad orientada por un conjunto de valores compartidos, hacia una sociedad moralmente pluralista, donde cada individuo, en el ejercicio de su libertad, asume su propio esquema de valores.
No obstante lo anterior, los hombres pertenecemos a un linaje de seres colectivos, y como tales, necesitamos de un espacio que nos reúna para desplegar nuestra condición de ser social. Para muchos, la red ha emergido hoy como el lugar de encuentro perfecto. Allí se han potenciado las identidades sociales y los intereses colectivos de los ciudadanos, convirtiéndose en una fuerza poderosa. Pero la experiencia del encuentro virtual no satisface la inalienable experiencia del encuentro real, tal como se da en el espacio público. Al final, la red es sólo "el foyer" de plaza pública.
Volver la mirada a la ciudad histórica parece un imperativo. La renovación del espacio público tradicional y una ciudad más humana nos ayudarán a ser mejores ciudadanos, y de seguro, mejores ciudadanos haremos una mejor ciudad.