MAS DE 350 muertos en una cárcel en Honduras; un nuevo escándalo que por algunos días nos hará reflexionar sobre la problemática penitenciaria.
El aumento de la inseguridad en la mayoría de países latinoamericanos nos ha llevado a pedir mano dura. El aumento de la población carcelaria ha sido exponencial en la última década, la inversión pública mínima y la implementación de programas de reinserción nula. Hemos construido, entonces, una bomba de tiempo.
Incendios carcelarios, matanzas, fugas masivas, ajustes de cuentas, control territorial, corrupción, y violación de derechos humanos, son los elementos que constituyen hoy la experiencia penitenciaria. Sin contar con el hacinamiento, falta de comida apropiada, problemas sanitarios, entre otros.
¿Alguien cree que esta experiencia tiende a la disuasión o la reinserción? Imposible. Las cárceles son industrias del crimen, generadoras de contagio criminal e incluso de planificación delictual. El diagnóstico es oscuro, pero no imposible de enfrentar.
La experiencia de los países más desarrollados nos alertan sobre al menos cinco aprendizajes. En primer lugar, la cárcel debe ser el último recurso para enfrentar a un delincuente, ya que por sus condiciones, la posibilidad de reinserción pospenitenciaria es muy baja. Por ende, consolidar sistemas alternativos serios, es urgente.
En segundo lugar, la cárcel es generalmente la consecuencia de un sistema de menores infractores mal gestionado y definido. Así, la mejor inversión es en programas focalizados con jóvenes y niños infractores iniciales para enfrentar problemas de aprendizaje, adicción o violencia al interior de sus hogares.
En tercer lugar, la inversión pública para disminuir la inseguridad es alta y de largo plazo. Pensar que con programas paliativos o piloto se logrará disminuir la inseguridad, es inocente e irresponsable. Políticas de largo aliento requieren de inversión importante, con altos niveles de frustración y constante debate público. En cuarto lugar, la experiencia carcelaria violenta origina nuevas generaciones de delincuentes frustrados, más preparados, y sobre todo más violentos. Especialmente cuando la problemática de las adicciones no ha sido enfrentada.
Finalmente, preocuparnos porque no se fuguen, y dejar el control interno de las cárceles a las bandas criminales, es una pésima receta. Sólo genera más violencia y espacios de impunidad.
La tragedia de Honduras muestra una situación delictual, institucional y carcelaria muy diferente a la chilena. Acá, si bien la crisis es relevante, no alcanza a lo que se puede observar en diversos países centroamericanos, entre ellos Honduras. Sin embargo, los desafíos se vinculan con los aprendizajes ya explicitados.
Aumentar los castigos, meter más gente presa, cerrar la puerta giratoria, son todos enunciados electoralmente inteligentes, pero políticamente irresponsables. Esperamos que Chile aprenda de Honduras, que nos preocupemos en serio por la situación carcelaria, y reconozcamos que poder enfrentar la inseguridad es una tarea mucho más compleja que salir a comprar un candado.