LOS DICHOS del vocero de gobierno, Andrés Chadwick sobre la brutal violación a los derechos humanos durante el régimen de Pinochet, causaron gran irritación en los sectores más duros de la derecha chilena. La mayor parte de los cuestionamientos no fueron públicos, pero se sabe que, en privado, no fueron pocos. Y las críticas no se quedan en la figura del ministro, sino que se hacen extensivas al gobierno, en el entendido de que ésta sería una traición más hacia el ideario más puro del sector.
En otro ámbito, pero en tono parecido, aparecieron esta semana también los empresarios, quienes se sienten incómodos con la administración Piñera, al punto que algunos manifiestan abiertamente que en los gobiernos de la Concertación había reglas más claras. No les gusta la reforma tributaria, las acciones del Sernac ni la falta de una política energética, por mencionar algunos casos recientes.
En conclusión, algunos grupos de la derecha se sienten perseguidos y traicionados. Claro, las críticas son más duras, porque estamos frente a un gobierno que aparece débil en el apoyo ciudadano. Porque si Piñera estuviera encumbrado en las encuestas, nadie diría nada, como lo hicieron con Bachelet, donde muchos guardaron prudente silencio.
Todo esto es un error político. Porque más allá de que este gobierno lo haya hecho mal en algunas cosas, hay que reconocer que a su favor tiene un activo muy importante: validar la derecha como opción democrática. En efecto, Piñera tenía que limpiar dos cosas fundamentales. La primera era su vocación democrática, la que pasa necesariamente por romper con el vínculo de su sector con Pinochet. La segunda es que éste no podía plantearse como un gobierno para los empresarios, porque eso sería inaceptable, por mucho que se valore la labor que realizan.
Interesante que esto ha sucedido de la mano de dos personas muy identificadas con la UDI. Chadwick en el lado político y Longueira en el económico. Y eso es lo que más molesta. Porque si bien para la derecha Piñera siempre ha sido un personaje particular -por su origen cercano a la Democracia Cristiana y porque votó que No en el plebiscito-, nadie esperaba que dos emblemas de la derecha tradicional rompieran con algunos de los paradigmas clásicos del sector. Y entonces ahora tienen que criticar a quienes siempre fueron sus referentes en la vida política. Y eso es incómodo.
Lo que le sucede a este gobierno no es raro. A la Concertación le pasó lo mismo, cuando sus sectores más de izquierda la criticaban casi por ser de derecha. Por venderse al sistema de mercado o a los poderes fácticos. Pero, pese a las críticas, los distintos presidentes se mantuvieron firmes en su ideario de hacer lo que pensaban que era correcto, sin dejarse intimidar. Y eso, finalmente, validó a la Concertación. Por eso duraron tanto tiempo en el poder. Y por eso la gente tiene un buen recuerdo de aquellos gobiernos. Pues bien, el mismo camino debe seguir Piñera. No ceder a las presiones ideológicas de los sectores más duros. Es cierto, su principal misión es hacer un buen gobierno, pero también tiene otra tarea que es igualmente importante: validar a la derecha. Y si para ello tiene que enfrentar a los grupos más duros, es algo que no podrá esquivar.