EL MAS negativo de los efectos del sistema binominal es que consagra, por secretaría, un empate artificioso y estéril. Y lo hace porque para efectos de poder ganar en un distrito no basta con ganar en votos, sino que hay que doblar a la segunda fuerza.
¿Cómo cree usted que sería un campeonato de fútbol si para quedarse con los tres puntos fuera necesario ganar por más de cinco goles de diferencia? O dicho de otro modo, ¿qué tipo de juego estaríamos incentivando y premiando, si luego de un partido que termina 2 a 0 ó 3 a 0, procediéramos a repartir un punto para cada equipo? La respuesta es evidente: estaríamos subsidiando a los equipos más débiles, a los más defensivos y a los menos ambiciosos. El efecto: un juego predecible y latero. Eso es el binominal.
Ahora bien, para cambiar el sistema binominal y reemplazarlo por uno que, simultáneamente, permita dar expresión a más fuerzas y corrija las groseras distorsiones de representatividad poblacional del actual distritaje, es indispensable aumentar en 25 ó 30 el actual número de diputados. Esa es una exigencia ineludible de las matemáticas y del realismo político (no parece sensato esperar que algunas zonas sobrerrepresentadas renuncien a escaños o que parlamentarios débiles se hagan un harakiri).
La posibilidad de tener más de 120 diputados se va votar en la Cámara en dos semanas más. Algo desesperada, la UDI ha dejado de lado sus argumentos clásicos para defender el binominal (supuesto efecto estabilizador y moderador) y ha optado por indignarse ante la posibilidad de que los contribuyentes tengan que pagar 30 sueldos millonarios más. Con eso, supongo, cree congraciarse con el sentimiento antipolítico que dominaría en la opinión pública.
El argumento es lamentable. Los parlamentarios UDI que lo levantan asumen como legítimo el estigma de gasto exagerado y superfluo que algunos lanzan contra sus sueldos. Se enlodan ellos mismos. Han logrado, sin embargo, que un grupo de diputados de la Concertación lo adopte como argumento para oponerse al cambio.
Si lo que realmente preocupa es el mayor gasto que irrogarían los nuevos 30 diputados (que nos dejaría, en todo caso, con un número total igual al que tenía el Chile de 10 millones de habitantes de 1970), la solución es muy sencilla: modificar la norma constitucional que equipara la dieta del parlamentario con el sueldo de un ministro de Estado. Si la relación pasa a ser del 75%, el aumento en el número sale “gratis”.
No creo, en todo caso, que sea necesario llegar a una solución de ese tipo. Lo que se requiere, más bien, es tener la valentía de explicar que la función parlamentaria es una tarea noble, que debe ser bien remunerada y que un mayor gasto en institucionalidad democrática es, en realidad, una inversión en progreso.
En lo que a mí respecta, me declaro en estado de alerta permanente. En mi columna de 15 días más le contaré, con nombre y apellido, si es que algún diputado de la Concertación se asila en excusas mediocres para mantener el binominal.