Líos entre católicos

A propósito del caso Precht, la Iglesia chilena no se destaca históricamente por su transparencia ni buenas ganas para con los procesos seculares. Recordemos su celo corporativo en la ?Cuestión del Sacristán? y las intrigas en contra de Taforó.

por Alfredo Jocelyn-Holt - 07/07/2012 - 04:00

SON MUCHAS las aristas -las más, incomprensibles- en el caso Precht. Desde luego, el que se haya armado un tremendo escándalo por algo que apenas se entiende, salvo los meros trascendidos por la prensa y el típico vamos dándole como caja al chisme y conventilleo, deporte nacional de cuanto ocioso opinante amateur hay en plaza. Ahora último, cientos, miles de funas en redes sociales a “tiempo real”, es decir, a toda hora y cuando les da la gana, inmediato su efecto venenoso. Cuestión que otros medios, supuestamente más serios, le llevan el amén.

Se les pasa la mano. No habiendo un juicio público con todas las de la ley, esto es, que respete las salvaguardas del debido proceso, entre otras garantías la muy fundamental presunción de inocencia del acusado, y no siendo válida  jurídicamente una imputación a no ser que se entable ante tribunales competentes de la República, ¿por qué, entonces, se le trata como a un condenado, es más, de qué y por quién? ¿Desde cuándo que el morbo da licencia para imputar a alguien de un suicidio no impugnado, de faltas a la moral no constitutivas de delito o, de haberlo habido, estando éste prescrito? Sin prescripción y cosa juzgada no hay derecho. La Constitución, además, es clara: la facultad de conocer de las causas criminales, de resolverlas y de hacer ejecutar lo juzgado pertenece exclusivamente a los tribunales establecidos por ley. Chile es una república laica, no confesional ni inquisitorial, habiéndose consagrado hace casi 90 años la plena separación de Iglesia y Estado.

La Iglesia chilena (ahora último intervenida, por eso tanto jerarca extranjero) no se destaca históricamente por su transparencia, acatamiento ni buenas ganas para con los procedimientos seculares. Recordemos su celo corporativo en la “Cuestión del Sacristán” de 1856 (el arzobispo de Santiago se resistía a obedecer un dictamen de la Corte Suprema), y la férrea oposición (más bien intrigas) en contra de la candidatura de Taforó justamente para suceder al recalcitrante arzobispo antedicho en 1878.

¡Qué no se dijo en contra de Taforó! Se dijo que era hijo ilegitimo, masón, frívolo, cortesano, y, por si pudieran caber todavía dudas después de tamaño listado, se le acusó de degenerado, afeminado y sodomita. Los archivos vaticanos destilan acusaciones e insidias maleteras,  secretas -homofobia impúdica a raudales- sin posibilidad alguna de defensa ni descargo por el aludido; material que historiadores, todavía hoy, se solazan en difundir gota a gota (historiadores antiliberales con cuitas ridículamente pendientes hasta ahora). Hizo bien el país en lograr zafarse de la unión Iglesia y Estado. Invalidó entre nosotros esos autos de fe con capucha picuda que retrataba el Goya negro.

Llama también la atención el que salgan a rasgar vestiduras cuantos descreídos hay por ahí; incluso opinan como si fuesen unos feligreses más, de comunión diaria, contra su cura párroco. Gente que se supone liberal, ilustrada, agnóstica y progresista. ¿Desde cuándo disponemos de tanta reserva moral atea en este país? Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra. Y que conste que las medidas disciplinarias de un club de rayuela para con un socio supuestamente tramposo, en Chile, y a Dios gracias, no hacen derecho.

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