LAS DEMANDAS de los estudiantes sobre la gratuidad, las comisiones investigadoras acerca del lucro en las universidades y la inclusión de la educación en el mercado, parecen ser síntomas de una relación desproporcionada entre economía y educación. Pareciera que la importancia que le dio la economía a la educación durante los años 60 llegó a moldear un tipo, que ahora aparece cuestionada por los frutos que engendró. Suena fuerte, pero en el fondo la economía apropió la educación y la doblegó en su acción original cuando empezó a acuñar la inversión en “capital humano”.
En los años 70 se consideró la educación como una variable importante en las inversiones, entre otras, del crecimiento de la economía. Autores como Schultz y Becker insistieron en ello. Y posteriormente los créditos otorgados a las naciones en vías de desarrollo la consideraron como uno de los ejes fundamentales del crecimiento de los pueblos. Y se entendía que desarrollo era básicamente el aumento material y económico de los países.
Hoy se apela a la inversión en capital humano como una analogía para potenciar y hacer comprensible la relevancia de la educación. Pero la analogía no puede olvidar su origen. Incluso la enseñanza social de la Iglesia advierte que la expresión capital humano “no es totalmente apropiado”, aun cuando se usa “para significar los recursos humanos, es decir, las personas mismas, en cuanto son capaces de esfuerzo laboral, de conocimiento, de creatividad, de intuición de las exigencias de sus semejantes”. La razón es evidente: el capital es fundamentalmente el medio material de producción de una empresa o el recurso financiero invertido en una iniciativa productiva (cf. Compendio Doctrina Social de la Iglesia 276). Según esa definición, haría del hombre (puesto eufemísticamente como adjetivo), un medio. Y con ello se lo instrumentaliza en vistas de un fin que no es el mismo, parafraseando la ética kantiana.
Hay que entender que la educación no es originalmente una actividad instructiva para el desarrollo económico, sino para conducir (educación: ex - ducere) a la persona hacia una plenitud humana que no se agota en el mero desarrollo económico, sino especialmente en su dimensión social, cultural y espiritual. Al monopolizar la educación por el curso estrictamente económico, se transformó sólo en instrucción o capacitación y relegó la acción reflexiva y espiritual, tal como se la concibió en sus orígenes, a un ámbito excluido del desarrollo de los pueblos.
Si bien se puede entender que la educación es invertir en el hombre en un sentido amplio, el lenguaje monopolizador de la economía suscita siempre una ambigüedad que se inclina por el desarrollo como una acción material y económica. Y la educación termina instruyendo para producir y los centros de educación se ven como una fábrica creativa de capacitaciones. Ese riesgo parece estar en el trasfondo de las demandas de los estudiantes. Sin perjuicio de que la educación pueda entrar como una variable de la economía, sería un paso en falso en vistas del desarrollo de los pueblos hacer que ella sea el alma de la educación.
Aunque algunas de ellas están casadas y tienen hijos, éstas celebridades han anunciado que no se cierran exclusivamente a la heterosexualidad. Conoce la lista de siete mujeres famosas que han manifestado su apertura sexual.