Ser sacerdote hoy
Es vital la mirada que tengamos sobre nuestra vida afectiva y sexual. Parte importante de la actual crisis responde a que desconocemos sus complejidades.

Ser sacerdote hoy

Es vital la mirada que tengamos sobre nuestra vida afectiva y sexual. Parte importante de la actual crisis responde a que desconocemos sus complejidades.

por Cristián del Campo SJ - 26/08/2012 - 09:00

SER SACERDOTE hoy no es nada fácil. A las complicaciones de la modernidad sumamos la pérdida de confianza. No es un misterio que hemos abusado de la confianza que nos ha sido depositada y que hemos ocupado a Dios para realizar actos que van contra su querer. Para muchos, “volver a confiar en un cura” es algo que les costará hacer o que no harán nunca más. Por eso, hay que decirlo: hemos abusado, y ese abuso ha tenido consecuencias terribles en las personas que nos han confiado sus vidas, preguntas, dificultades y búsquedas. Quienes debíamos ser signo del amor de Dios hemos sido motivo de escándalo y profundo daño.

 

Hay que aceptar la crítica aun cuando ésta sea injusta, generalice o sea exagerada. Debemos aceptar que, junto con la verdad que se nos reprocha, hay mucha rabia acumulada. No hay que adjudicar todo a un aparente “revanchismo” de la sociedad secular frente al cura sancionador que imponía normas desde el púlpito o las clases de religión. Hoy, muchas personas serían más comprensivas con los sacerdotes si en años anteriores no hubiesen encontrado en ellos condena en vez de compasión, imposiciones en vez de diálogo, humillación en vez de acogida.

 

La crisis de confianza en la persona del sacerdote es tan profunda que no podemos errar en el modo de enfrentarla. No son pocos quienes por querer defender a toda costa al cura comienzan a ver teorías de conspiración por todas partes. Nuestra respuesta debe comenzar por una mirada sencilla y seria sobre nuestra vocación y si hemos estado a la altura de aquello que se nos ha confiado. Revisar, reflexionar y cambiar lo que haya que modificar no es signo de entreguismo ni de debilidad; es signo de profunda humildad, de no creernos nunca más infalibles ni “distintos”, sino pecadores como todos, pero precisamente por eso llamados a seguir a Jesús. Habrá que poner la mirada en nuestra teología y espiritualidad sacerdotal, revisar mucho de nuestra práctica pastoral, atender a las áreas donde los futuros sacerdotes se están formando y, sobre todo, a aquellos ámbitos de la vida humana donde no estamos creciendo y donde seguimos siendo analfabetos.

 

En particular, es vital la mirada que tengamos sobre nuestra vida afectiva y sexual. Parte importante de la actual crisis responde a que desconocemos sus complejidades, a que nos pesa la herencia de una castidad casi castrante y de un celibato que ha desconocido que seguimos teniendo sexualidad, con sus pulsiones y tensiones. Si no tenemos una afectividad madura, no es sorprendente que nuestras opiniones sean intransigentes, que cualquier discrepancia ponga en peligro nuestro “poder”, o que veamos motivo de condena en todo. Sólo conociendo y acogiendo la hondura y riqueza de nuestros afectos, seremos capaces de amar más y no replegarnos asustados “en la sacristía” porque el mundo “no nos entiende”. No podemos caer en la tentación de aislarnos aún más. Todo lo contrario, nuestra respuesta tiene que ser más humanidad y no menos; más cariño y no menos; estar más con la gente y no menos. Necesitamos ser hombres sin miedo a lo humano, a imagen y semejanza del que nos indicó que el camino hacia la divinidad está pavimentado de humanidad.

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