ES TIPICO nuestro, no tanto sentirnos nosotros mismos tal cual somos, sino preguntarnos incansablemente acerca de qué es “ser” chileno, qué es lo propio, cómo se nos ve desde afuera; últimamente, en qué lugar figuramos en las tablas comparativas respecto al mundo, si subimos, si bajamos, si nos cotizan.
Según Joaquín Edwards Bello, “carecemos de toda noción de nosotros mismos, por ello preguntamos afanosamente: ¿qué impresión habremos causado?”. Por eso recurrimos, además, a ese cuento publicitario de la “marca país” y a la fe incontrovertible en encuestas y rankings, a lo nuestro de siempre, a la constatación y rito obligado por estas fechas, el del sí, ay sí, si ya van 202 y a mucho orgullo somos y seguimos siendo lo que siempre hemos sido: “chilenos todos”. Nuestra “cueca larga”. En palabras de Pedro Balmaceda a fines del siglo XIX, algo agotado de tanto estribillo machacado: “Conozco gentes cuya vida no es más que una perpetua canción nacional”. Hoy diríamos “un eterno partido de fútbol” y aunque a menudo goleados, seguimos entonando “el canto de todos es mi propio canto”, el “si es con la camiseta puesta, qué más da, si somos chilenos todos”.
Me van a perdonar, pero ésta, la nacionalista, es como de curados y una pésima manera de pensar. No hay que ser entendido en fútbol para saber que no es aconsejable seguir comprometiendo tan humillantemente nuestro orgullo patrio en esa cancha; si ha de ser en deportes como nos definimos, sería mejor que simplemente retomáramos el “palín” o chueca. De igual manera que no tiene mucho sentido seguir insistiendo en el huaso y en los caballos corraleros como íconos nacionales, no después de la reforma agraria, en un país 80% urbanizado, y que, de hecho, conoce (no digamos que las vacas) sólo la carne de asado comprada en un supermercado. Es tan así, gústenos o no, que no hay huaso hoy que no parezca disfrazado de huaso, o pelotero de pichanga de futbolista en serio.
Lo mismo ocurre con las encuestas. Los “encuestólogos” pretenden generalizar sobre el país a partir de muestras subjetivas (la vulgar y engañosa “doxa” que objetaba Platón), basados en universos escuálidos, y en preguntas las más de las veces tendenciosas, y eso que nadie los desmiente. Circula un “estudio” sobre la percepción de los chilenos sobre sí mismos. En una de sus entradas un 76% de los consultados afirma que es propio de los chilenos “no decir las cosas de frente”. La lógica me dice que de ser efectivo todas las respuestas consignadas en dicha muestra son discutibles (incluida esa respuesta) e invalida de paso todas las encuestas.
Criticamos a políticos, militares y curas, pero nadie pone en cuestión la prédica constante e irresponsable de sociólogos y encuestadores que, en nombre de cuantificaciones pseudocientíficas, osan hablar del estado de opinión del país sobre los más variados temas, empezando por los políticos (inflan a candidatos de por sí inflados) reduciendo posibilidades y afectando nuestro futuro.
Lo que de verdad importa -no es la “identidad”, tampoco una supuesta “opinión” media empadronada- es la historia y pensarla ilustrada e inteligentemente. Y esto de estar permanentemente mirándonos el ombligo (“Te pito o te henua”), ubiquémonos, es más polinésico que chileno.
Hoy se cumplen 30 años de la muerte de la "rubia favorita" de Alfred Hitchcock, quien gracias a su sofisticado estilo y belleza cautivó a sus seguidores y también al príncipe de Mónaco.