De peloteros El fútbol debe ser de las pocas materias sobre las cuales cualquiera (me incluyo) puede opinar lo que se le ocurre y pasa piola, más que en política.

De peloteros

El fútbol debe ser de las pocas materias sobre las cuales cualquiera (me incluyo) puede opinar lo que se le ocurre y pasa piola, más que en política.

por Alfredo Jocelyn-Holt - 14/06/2014 - 04:00

ES UN misterio: nadie ha dado una explicación satisfactoria de por qué el fútbol produce pasiones y se ha convertido en deporte mundial. No lo era hace cien años, aunque su universalidad no es novedosa. Hay viejos e incluso prehistóricos juegos con los que guarda resonancias: el “calcio” toscano, el “mob football” en la Inglaterra medieval en que aldeas vecinas enteras se sacaban la mugre unas a otras tras una pelota en disputa, en fin, las distintas variantes de balón-mano y balón-pie practicadas en las antiguas Grecia y Roma, en China, entre esquimales, aborígenes australianos, maoríes...

En Mesoamérica, antes de la llegada de los españoles, se jugaba a la pelota; en Chichén Itzá hasta sacrificaban al capitán del equipo vencedor. Hoy día, se gane o pierda, los hinchas reaccionan también primitivamente (para qué decir en redes sociales y manifestaciones callejeras después del partido). Cómo olvidar el macabro caso del fanático que mató a balazos a un jugador colombiano por haberse anotado un autogol en un Mundial (1994). Cómo no mencionar la llamada “guerra del fútbol” entre El Salvador y Honduras tras las eliminatorias para el mundial del 70.

Hay quienes, a la luz de estos y otros excesos, dudan de que se trate de un juego. Johan Huizinga alude a los juegos de pelotas, pero a regañadientes, molesto quizá, hacia el final de su clásico Homo Ludens (1938), situando el fenómeno en el mundo contemporáneo en calidad sub specie ludi, es decir, de competencias que aparentan ser juegos. Y esto por lo profanos, técnicos y profesionales que han devenido, por tomarse demasiado en serio a sí mismos y olvidar el antiguo sentido de fair play y amateurismo que caracterizarían a lo auténticamente lúdico original.

Borges es brutal en su juicio: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular… Veintidós hombres de pantalón corto corriendo detrás de un balón… La idea que haya (un equipo) que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”. Comprensible posición la suya. Borges no era un snob, no le hacía el asco a los arrabales (al “Palermo de la cuchilla y de la guitarra”), pero era suficientemente argentino como para estar harto de populismos “cancheros”.

Son muchas las desconfianzas que suscita el fútbol. A un gimnasta que conozco le pregunto qué le parece el fútbol y me responde que no le impresiona. Las cuotas de mafia, nacionalismos y negocios que rondan el deporte despiertan dudas. Lo que dice del fútbol el personaje “El Mono”, en Papeles en el viento (2011), la novela de Eduardo Sacheri, también argentino, es como para dudar. El fútbol debe ser de las pocas materias sobre las cuales cualquiera (me incluyo) puede opinar lo que se le ocurre y pasa piola, más que en política. El fútbol chileno también es un misterio. He escuchado tres tesis de por qué no nos va muy bien: falta de físico, falta de disciplina y atávica predisposición al empate (300 o más años de Guerra de Arauco).

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