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Actualizado el 06/10/2016
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Paulo Lins, escritor brasilero: “La supremacía blanca en Brasil es terrible, por eso es un país violento”

Autor: Andrés Gómez Bravo

El autor que lanzó al mundo a Zé Pequeño y Mané Gallina, protagonistas de Ciudad de Dios, lanza su segunda novela hoy en la Primavera del Libro.

Paulo Lins, escritor brasilero: “La supremacía blanca en Brasil es terrible, por eso es un país violento”

Antes, mucho antes del éxito de su novela Ciudad de Dios. Antes de las traducciones a 20 idiomas, de la formidable película de Fernando Meirelles y de la nominación al Oscar, el escritor brasilero Paulo Lins (1958) quería contar una historia que conoció en su infancia. Entonces vivía en el barrio de Estacio en Río de Janeiro. Un barrio popular donde se formó la primera escuela de samba de la ciudad. “Allí había un bar”, recuerda. De niño le decían que no se acercara, que era un lugar peligroso. Un lugar de bandidos. “Yo lo miraba de lejos. Después supe quiénes eran los bandidos que frecuentaban el bar: Nelson Cavaquinho, Cartola, los grandes sambistas brasileros”.

Paulo Lins quedó encantado con la historia y pensó escribir un libro sobre la samba. Pero Ciudad de Dios se cruzó en su camino y el destino fue otro: Lins, el poeta que debutaba en la novela, se convirtió en la nueva sensación literaria y sus personajes -Zé Pequeño, Mané Gallina, Busca-Pé-se volvieron nuevos iconos de Brasil.

“Mi vida cambió completamente”, cuenta a La Tercera. “El libro vendió mucho en todo el mundo y eso me dejó un poco… Yo quería hacer otro libro igual. Pero la presión era muy grande, todos me preguntaban: ¿Y el próximo?, ¿y el próximo? Yo no sabía si conseguiría escribir otro”.

Entre tanto la vida avanzaba: “Me casé, me separé, tuve hijos. Gané mucho dinero, fui gastando el dinero. Vivía en Leme, iba a la playa todos los días. Viajé por todo el mundo, fui a Alemania, me quedé viviendo allá un tiempo. A los cariocas no nos gusta trabajar; con dinero, para qué trabajar. Cuando me quedé sin dinero, comencé a escribir de nuevo”, dice entre risas.

Así, 15 años después de Ciudad de Dios, Paulo Lins volvió a esa historia de infancia y publicó su segunda novela, Desde que la samba es samba. Editada en Chile por el sello Tajamar, será presentada por el autor esta tarde, a las 18.30, en la Primavera del Libro, en el Parque Bustamante.

Desde que la samba es samba viaja a los orígenes del género. Narra una historia de amor, música, violencia y religiosidad en los inicios del siglo XX. El trío amoroso que forman Valdirene, la prostituta más guapa del barrio de Estacio; el portugués Sodré y el negro Blancura, mueven los hilos de una trama cruzada de pasiones, sexo, traiciones y candomblé.

¿Por qué le interesó hablar de la samba?

Los negros son discriminados en todo el mundo. En Brasil se matan muchos negros, los pobres son negros; en EEUU es la misma cosa, en todo el mundo. El negro consigue insertarse socialmente a través del arte, a través de la cultura, no del trabajo. Un negro trabajador no consigue nada. Los trabajadores negros no tienen propiedades; las propiedades son de los blancos. Pero Brasil consiguió, de cierta forma, porque fueron muchos años de esclavitud, mantener la cultura de origen africana: la samba, el candomblé, que son las cosas más importantes para el ser humano. No existe nada más importante en la vida que el arte y la religión: es lo que une a un pueblo.

¿Qué cercanía tiene con la samba?

Mucha cercanía. Comencé escribiendo samba. Todo empezó para mí a través de la música, fue mi primer arte. Este es uno de mis grandes amigos (muestra una foto de su celular): Baixinho, uno de los mejores sambistas de Brasil… Yo toqué, desfilé en escuelas de samba, y mi primera obra fue sobre la samba. La samba forma parte de mi cultura, de mi formación.

En Ciudad de Dios quiso hablar de la violencia en las favelas, ¿qué buscaba acá?

En el comienzo la samba era marginal; la policía la perseguía. Aún hoy los grupos de candomblé son discriminados en Río. Escribí esta novela contra la discriminación de la religión africana en mi país, porque samba y religiosidad van de la mano.

El tono y el lenguaje de esta novela, más poético, es muy distinto a Ciudad de Dios. ¿Cómo fue la escritura?

Cuando escribía Ciudad de Dios, yo sufría mucho porque estaba en un mundo muy triste, violento, y después tenía que escribir sobre crímenes, muerte, asesinatos. Yo soñaba con eso, hasta hoy a veces, porque Ciudad de Dios no sale de mi vida. Con Samba, no. Samba es alegría, es fiesta. Yo quería volver a la poesía y el tema lo permitía.

Paulo Lins sonríe a menudo. Transmite esa afabilidad natural de los nacidos en Brasil. Eso aún cuando en su conversación giran y vuelven una y otra vez las palabra discriminación y racismo.

“En la novela, Valdirene queda embarazada, y tiene gemelos: uno negro y uno blanco, como Sodré y Blancura. Yo quise hablar también de la discriminación del mestizo. Mi abuelo paterno era blanco y mi abuelo por parte de madre era negro como Pelé. Yo quería hablar de esa mezcla que Brasil consiguió como una cosa positiva. En Estados Unidos no sucede mucho. En Brasil siempre hubo mucha violencia, pero las personas comenzaron a tirar y les gustó”, dice entre risas.

¿Cómo ha cambiado la situación de las personas negras en Brasil?

La inserción se da en el mundo cultural, pero en el trabajo es muy difícil. Con Lula y Dilma, los negros tuvieron más acceso a la universidad, más igualdades sociales. Ahora no sé qué va a ocurrir, pero continúa en una situación muy difícil. La supremacía blanca en Brasil es terrible, hay mucha discriminación, por eso es un país violento. No existe el negro de clase media. Yo conseguí ver más la discriminación cuando tuve más dinero: los lugares que frecuentaba eran de blancos.

Desde que la samba es samba es muy cinematográfica, ¿habrá película también?

Sí. Ya está en producción, la dirige Gustavo de Moura. También escribo el musical, una telenovela y dos miniseries. Estoy con 600 personajes en la cabeza.

¿El éxito es peligroso para un escritor?

El éxito es bueno. Pierdes un poco de privacidad, pero es legal. La presión ya pasó. Ahora escribo por placer.

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