Ascanio Cavallo: La noche del laberinto Pudieron ser muchos más los muertos si la gente no hubiese obedecido a sus instintos en vez de esperar a los nervios de zombie del Shoa, al silencio oscuro de la Armada, a la agitación de gallina sin cabeza de la Onemi y al colapso de un Estado que en tres minutos ya no sabía quién era.

Ascanio Cavallo: La noche del laberinto

Pudieron ser muchos más los muertos si la gente no hubiese obedecido a sus instintos en vez de esperar a los nervios de zombie del Shoa, al silencio oscuro de la Armada, a la agitación de gallina sin cabeza de la Onemi y al colapso de un Estado que en tres minutos ya no sabía quién era.

por Ascanio Cavallo, para Reportajes de La Tercera - 09/02/2013 - 05:24

HABRÍA que tener un exceso de ingenuidad -una ingenuidad, digamos, pecaminosa- para creer que la ex Presidenta Michelle Bachelet no calcularía el efecto que tendría su segunda declaración (técnicamente, “una ampliación”) ante la fiscal Solange Huerta en la investigación del 27/F. La modificación esencial respecto de su versión anterior es una respuesta a la declaración del ex ministro del Interior Edmundo Pérez Yoma, quien dijo que ella presidió esa madrugada el Comité de Operaciones de Emergencia (COE). Bachelet respondió que sí, en su condición de máxima autoridad política, pero que cada autoridad mantenía sus responsabilidades, con lo que devolvió el presente griego al Ministerio del Interior.

El oficialismo, que desde unas pocas semanas después del terremoto (pero no de inmediato: recordar que el nuevo gobierno pidió a la directora de la Onemi, Carmen Fernández, que permaneciera en su cargo) ha creído olisquear un flanco por donde morder la popularidad de Bachelet, salió por cuarta vez tras la presa. Los resultados políticos están por verse. En marzo comenzará una carrera presidencial de alta velocidad, en la que cada cosa será un instrumento arrojadizo contra los adversarios, aunque sólo sirva para que se tropiecen.

La Alianza ya presidió dos comisiones investigadoras en la Cámara, que produjeron dos de los informes más deficientes de la historia de esa institución, y de los cuales sólo quedó el recuerdo del comandante en jefe de la Armada, Edmundo González (aún en funciones), con su inolvidable declaración de que después de las primeras noticias “me relajé”. Frente a ellos, el informe de la PDI parece una obra maestra de precisión, y si no fuera por el lenguaje burocrático del derecho, se acercaría con facilidad al género del terror.

Para seguirlo, hay que tener en cuenta algunas cosas:

1) El informe entregado esta semana, de 1.983 páginas (cinco tomos), es una ampliación del que la misma Fuerza de Tarea Reservada Occidente de la PDI entregó en febrero de 2012 a la fiscal Solange Huerta, que tenía 8.514 páginas (20 tomos). El total, por tanto, llega a las casi 10 mil páginas. Este último es más macizo, porque afina y concluye episodios incompletos en el anterior.

2) Tras el primer informe fueron formalizados por cuasidelito de homicidio el subsecretario del Interior, Patricio Rosende; la directora de la Onemi, Carmen Fernández; Johaziel Jamett, jefe del Centro de Alerta Temprana (CAT) de la Onemi; Osvaldo Malfanti, jefe de turno del CAT; capitán de navío Mariano Rojas, director del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (Shoa); capitán de corbeta Andrés Enríquez, jefe de Oceanografía del Shoa; teniente Mario Andina, oficial de turno del Shoa; y Carlos Aranda, jefe del Servicio Sismológico de la Universidad de Chile. En todos los casos, segundas, terceras y hasta cuartas líneas de mando. Ellos no tienen gran protagonismo en esta ampliación, pues ahora se trata de establecer la cadena previa de sus decisiones.

3) Los dos informes se concentran en la alerta de tsunami y en las víctimas de ese fenómeno: 125 muertos y 25 desaparecidos, menos de un tercio del total. Esto excluye omisiones o delitos que pudieron ocurrir en tierra, como la denegación de auxilio o la falta de apoyo en materias como las comunicaciones y el control del orden público.

4) Los policías se concentraron en establecer hasta el detalle las secuencias de hechos en las cadenas de mandos dentro de cinco de las nueve regiones donde se percibió el terremoto: V, VI, VII, VIII y Metropolitana.

V Región

Un tsunami no es una gran ola que cae sobre el litoral, como parecían creer muchos chilenos, e incluso altos oficiales de la Armada, hasta la madrugada del 27/F. Es un fenómeno que se precipita de maneras diferentes, en diferentes puntos y con velocidades variables conforme a la topografía del fondo marino. Un tsunami puede ser una ola, pero también muchas, escalonadas en forma de tren.

Concluido el terremoto que se inicia a las 3.34 del 27/F, el punto más al norte donde se registra un tsunami es Caleta Mostazal, en la comuna de Santo Domingo, a las 3.55, menos de 20 minutos después. Por propia decisión, los pobladores, en su mayoría recolectores de algas, huyen de inmediato a las alturas, excepto una persona, que se resiste a salir y muere en el lugar. Caleta Mostazal es un lugar aislado. Nadie sabe de su desgracia hasta horas después. El alcalde de Santo Domingo, Fernando Rodríguez (UDI, reelegido sin competencia el 2012), sólo logra llegar en la mañana. Rodríguez admite a la PDI que nunca desarrolló planes de prevención, señalética ni simulacros.

Los instrumentos del Shoa no dicen nada. El Servicio Sismológico de la Universidad de Chile sitúa el epicentro en tierra, lo que hace improbable la detonación de un tsunami. El Shoa vacila, hasta que a las 4.05 despacha una alerta de tsunami a través del sistema Genmercalli, al que están suscritos los buques mercantes. A las 4.30, la Gobernación Marítima de Valparaíso repite la alerta.

Nadie parece recibirla, si se juzga por el comportamiento de la Capitanía de Puerto de San Antonio, a sólo 60 kilómetros. Hacia ese lugar ha estado llamando, desde pocos minutos después del terremoto, la operadora del Cuerpo de Bomberos de Cartagena, asediada por vecinos que le preguntan si hay que evacuar. Pasadas las 4.30, esa Capitanía de Puerto sigue insistiendo en que no hay alerta. Oficiales de la PDI deciden, por su cuenta, llamar a la evacuación de los vecinos.

La situación más grave de la V Región es, por lejos, la que ocurre a 670 kilómetros de la costa continental, en el archipiélago Juan Fernández. Allí, sólo los noctámbulos sienten un levísimo movimiento sísmico a las 3.34. Pero menos de una hora después, a las 4.25, una ola entra en la bahía Cumberland, de la isla Robinson Crusoe, y arrasa la mitad baja del pueblo de San Juan Bautista. Diez muertos, seis desaparecidos.

El caso es que hasta tres minutos antes ha habido comunicaciones telefónicas entre la isla y el continente. Los marinos de la Capitanía de Puerto de Juan Fernández han sabido del terremoto en el continente por llamadas telefónicas de familiares. Pero no se ha comunicado con la isla nadie de la Armada en Valparaíso, nadie de la Onemi en Santiago, y nadie de la Oremi V Región. En esta última ni siquiera existe un protocolo para avisar a Juan Fernández. La Capitanía de Puerto tampoco hace nada más que huir. Sólo una niña, que alcanza a divisar la ola en la penumbra, toca la campana de alarma y precipita la fuga de moradores a las alturas.

A las 4.30 se inicia una desesperada búsqueda de contacto desde Robinson Crusoe. El observador meteorológico José González intenta infructuosamente comunicarse con la Onemi y sólo logra hablar con el Servicio de Meteorología, al que le pide que transmita a la Onemi que la mitad del pueblo ha sido arrasada.

En paralelo, el cabo de Carabineros Raúl Díaz logra contactarse desde la isla con la Central de Comunicaciones (Cenco) de Valparaíso. El general Walter Villa, jefe de la V Zona, recibe la descripción (que incluye la desaparición de un cabo, que se presentaría pasadas las 6.00) y parte hacia la base de la Primera Zonal Naval, donde llega cerca de las 5.45. Aquí las versiones se bifurcan: el general Villa dice que informó a los mandos de la Armada; el vicealmirante Antonio Idiaquez, jefe de Inteligencia, y el capitán de fragata Roberto Boré afirman que sólo les habló de generalidades.

Con aparente insatisfacción ante la respuesta, el general Villa enrumba a la intendencia, donde alrededor de las 6.00 informa al intendente Iván de la Maza; al jefe de la Oremi V Región, Guillermo de la Maza, y al capitán de navío Carlos Cerda, enlace de la Armada con la Oremi. Este último descarta que se trate de un tsunami, porque el Shoa así lo dice.

¿Y qué ocurre en la Onemi? A las 4.51, tras la llamada del observador José González, esa oficina, hecha un caos, intenta confirmar y reconfirmar que la llamada es confiable. El Shoa responde que sólo hay variaciones del mar de entre 18 y 20 centímetros. No dice que esa información es la que entregaron sus instrumentos minutos antes de las 4.25, y que desde entonces no hay ninguna otra. No dice -ni siquiera sabe- que ya no tiene instrumentos funcionando.

A las 5.41, la presidenta inicia una conferencia de prensa que dura pocos minutos. Descarta, “hasta el momento”, la ocurrencia de tsunamis, basada en las certezas que ofrece el Shoa. Detrás suyo se escucha una ruidosa conversación por radio. A un lado están Paolo Marín, del turno del CAT, Carmen Fernández y otros funcionarios; al otro lado de la línea, el teniente Mario Andina, que en nombre del Shoa insiste en las pequeñas variaciones de la marea.

Como quien lee el manual de primeros auxilios cuando el incendio lo rodea, el Shoa mantiene esta versión hasta las 6.50, cuando despacha una “rectificación”, reconociendo oleajes de gran importancia en Robinson Crusoe.

Para entonces, el Ejecutivo ya tiene claro, probablemente con escalofrío, que hay un desastre en la isla. Fernández ha informado a Bachelet a las 6, justo antes de presidir la primera reunión del COE. La presidenta pregunta si alguien sabe más de esto. Y aquí empieza un segundo misterio: el general director de Carabineros, Eduardo Gordon, responde que no. Pero en ese momento, desde el cabo Díaz y el general Villa hasta el Cenco de Santiago, la cadena informativa, incluso con su excesiva parsimonia para el caso, ya ha debido alcanzar al general Gordon. A pesar de ello, recién a las 6.50 pide comunicarse con el cabo Díaz y le pasa el auricular a la presidenta. Han transcurrido dos horas y 25 minutos desde el tsunami.

Ya no hay mucho que hacer. No hay nuevas marejadas en Robinson Crusoe, la población está en las alturas, sólo el silencio acompaña a las ruinas.

Recién entonces se moviliza la Armada. A las 8.00 parte a su puesto el vicealmirante Francisco Javier Guzmán, comandante de Operaciones Navales, y comienza los preparativos para que zarpe el buque de turno en emergencias, la fragata Condell. A las 9.00 despega un avión P-3, que en sobrevuelo confirma la magnitud del desastre. Entonces la Condell retrasa el zarpe, porque ya no se trata de llegar pronto, sino de llevar ayuda. Esperan hasta las 15.00 para cargar los camiones enviados por la Onemi. Los sacos para cadáveres ya están a bordo.

VII Región

No se comprende lo que pasó en esta región sin calibrar la quebradiza belleza de sus costas. Esos roqueríos y playas convocan sólo a los que saben, desde los amantes del viento en las playas abiertas hasta los surfistas. No son pueblos prósperos, porque dependen en exceso de la estacionalidad. Pero en un verano como el de 2010 se llenan de agitación y colorido.

A las 3.40 de la madrugada del 27/F, cuando apenas ha pasado el terremoto, el dueño de Entre Olas FM, Jorge Nasser, sube al segundo piso de su casa y enciende los equipos de la radio. Su larga y apaciguadora locución se resume en dos puntos: tranquilidad y evacuación. Este hombre solitario marca la pauta en la salvación de muchas vidas.

Poco antes de las 4.00, unos 20 minutos después del terremoto y cinco minutos después del tsunami de Caleta Mostazal, el jefe por defecto de la Capitanía de Puerto de Pichilemu, el cabo primero Rodrigo Calderón, sale en la camioneta del servicio a verificar el estado de la playa principal junto al salvavidas Miguel Ñancufil. Este último ve replegarse el mar unos 40 metros y no tiene dudas: es un tsunami. Ambos regresan a la camioneta gritando para que la gente huya.

A las 4.00, el teniente de Carabineros de la Tercera Comisaría de Pichilemu Tomás Molina sale a revisar el estado del balneario. Cuando cruza frente a la Capitanía de Puerto, lo deslumbran dos luces frontales: son las de la camioneta de la capitanía, desde donde Calderón y Ñancufil le gritan que corra hacia el cerro, porque viene una ola. Molina arranca con su patrullera, detrás de la camioneta, y desde el alto divisan la ola que se interna hasta la plaza. Molina regresa por unos minutos a mirar la destrucción y luego, desde su comisaría, informa al coronel Gerardo Valenzuela, prefecto de Colchagua, a las 4.50.

A las 5.00, Calderón y Ñancufil regresan a la Capitanía de Puerto para verificar el estado de las instalaciones. Ñancufil resume su observación en pocas palabras:

-Está la cagá... Se cayeron los muros y se nos metió el agua...

El cabo Calderón ordena el cierre de la unidad, retira las armas para dejarlas en custodia en la comisaría, deja constancia en la bitácora y se marcha de aquella pesadilla. El titular de la Capitanía de Puerto, suboficial Humberto Aceitón, que está en Quilpué, ha mantenido comunicación con sus subalternos, pero no informa a sus superiores en la Armada.

La primera alerta del Shoa, la de las 4.05, habría sido inútil, si es que alguna vez hubiese llegado; la de la Gobernación de Valparaíso, a las 4.30, todavía más. Pero ni siquiera llegaron.

Los testimonios muestran una discrepancia clave en la hora en que se traspasa el aviso a las autoridades superiores. El director de Emergencia de la Provincia de Cardenal Caro, Fabricio Cáceres, dice que informa de la situación de Pichilemu a la directora de Oremi VI Región, María Alejandra Riquelme, a las 4.13, con lo cual ella debió transmitir el caso en un llamado que hace al CAT nacional a las 4.30. Ella, en cambio, recuerda que esto ocurre a las 5.28, una hora crítica de diferencia para el conocimiento de la autoridad central. Sí hay concordancia en que a las 5.40 Cenco San Fernando reporta a Cenco Rancagua, desde donde debe llegar al jefe de la VI Zona, general Alejandro Contreras. El mensaje es el mismo: un derrumbe en Chépica y tsunami en Pichilemu. A idéntica hora, el Shoa reconfirma que no ha habido tsunami.

La cadena iniciada por Molina llega casi una hora después a la unidad de Operaciones del Departamento de Orden y Seguridad, OS1, en Santiago. El mayor José León, jefe de la Zona Metropolitana en tercer turno, deja una enigmática constancia: “Pichilemu: tsunami 200 m. El mar se adentró hasta Costanera hasta Plaza. Informó cabo 1º Rojas 3ª Comisaría Pichilemu. Armada no se pronunció. No obstante, de forma preventiva, las personas fueron evacuadas del borde costero (6.25 h)”.

Gordon no menciona esto en la reunión del COE, pese a que la información ya había recorrido todo el sistema nervioso de Carabineros. Cuando la PDI le pregunta, no recuerda.

Sólo a las 6.58, la Onemi confirma que en Pichilemu hubo tres trenes de olas, el más destructivo de los cuales, con una ola de cinco metros, fue el último. La orilla de Pichilemu ha dejado de existir casi tres horas antes.

Se sabe, por otros testimonios, que el mar fue especialmente cruel en estas playas. Entró y salió tres veces, llevando en sus retrocesos una enormidad de desperdicios asesinos: de los nueve muertos, seis están desaparecidos.

Pero pudieron ser muchos más si la gente no hubiese obedecido a sus instintos en vez de esperar a los nervios de zombie del Shoa, al silencio oscuro de la Armada, a la agitación de gallina sin cabeza de la Onemi y al colapso de un Estado que en tres minutos ya no sabía quién era.

 

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