Fuego y muerte en la cárcel de San Miguel

Una agresiva juerga -marcada por el alcohol, el odio y un lanzallamas hechizo- desató una violenta confrontación territorial que terminó con el ala sur de la Torre 5 del penal santiaguino en llamas y 81 reos muertos, 66 de ellos carbonizados y 15 por asfixia. Este es el relato de aquellas interminables seis horas de infierno.

por C. Vergara, N. Ramos, L. Concha, J. Moraga y C. Mascareño - 12/12/2010 - 09:12
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© eduardo beyer

0.00 horas. Centro penitenciario San Miguel, ala sur del piso 4, Torre 5. Es la medianoche del martes, en víspera del feriado de la Virgen de la Asunción. Como todos los días, los gendarmes han cortado el suministro eléctrico. La oscuridad es completa, salvo por algunos cigarrillos y un par de cocinillas que calientan agua para el mate. Gran parte de los 71 reclusos del ala saca varias botellas de chicha artesanal -fabricada hace semanas a partir de fruta fermentada y azúcar- y empiezan a beber. Comparten amigos y enemigos. Es la ley de la cárcel. Unos pocos comienzan a subir la voz, que en menos de 30 minutos se transforma en un griterío que puede escucharse desde las cuatro esquinas del recinto, cercado por las calles San Francisco, Pedro Mira, Frankfurt y Ureta Cox.

Desde su "casita" (espacio entre camarotes) y mientras se empina la botella de chicha, el "Rucio" mira de reojo al grupo de revoltosos, entre los cuales destacan Pato Contreras, el "Monito", su hermano; el "Palito"; Diego Portugués; Alex Vásquez -el María los perros-; José Aravena Linofín; el "Indio"; Mario Silva; el "Nono", "Abuelo" o "Guatón Mario", y Víctor Cereceda, el "Pirigua", llegado de Colina 2. Tipos "jugosos y odiosos", según la declaración que recibió la fiscalía por parte de los sobrevivientes.

Al lado del "Rucio" está Juan Pablo Escanilla, el "Aguja", ex amigote de Pato Contreras, separados desde hace dos meses por un confuso incidente en el cual desapareció el celular y el cargador del primero tras una revisión de Gendarmería. Según el "Pato", fueron los "pacos" quienes se hicieron de él. Pero el "Aguja" siempre quedó con la duda.

Pato Contreras y 10 de sus amigos eran sindicados como los "acabronados", y se tomaron a punta de chasquidos de dedos y amenazas la pieza chica, una pequeña habitación de siete ventanas ubicadas en el extremo poniente, también llamada "salón VIP", y cinco "casitas" (espacio entre camarotes) del espacio común. Gran parte de ellos llegó separadamente, a lo largo de todo el año, desde la ex Penitenciaría. No eran gente tranquila y no debían estar  en ese módulo sobrepoblado por primerizos y criminales de poca monta, bastante apacibles en el contexto del colapsado sistema penitenciario chileno. Más encima, de acuerdo con lo señalado a La Tercera por los propios internos vía telefónica -allá todos tienen celulares-, los de la Peni tenían la mala costumbre de robarse las lacas del taller de mueblería para aspirarlas, tras lo cual era usual que iniciaran peleas.

El "Aguja", de 20 años y condenado a una década de cárcel por el robo con violencia de un pendrive al pasajero de una micro, se juntó entonces con el "Rucio" y el "Fra Fra".

Esa noche, y pese a que nadie se refería a ello, la tensión era manifiesta por el eterno e insoluble problema de los espacios, algo parecido al oro en una sala de más de 20 metros cuadrados, en la cual convivían 71 presos. La distribución también es compleja, con zonas más apreciadas que otras. Las primeras, las cercanas a las seis ventanas que miran hacia calle Ureta Cox, donde si se hace el esfuerzo, incluso puede verse algo de verde de la plaza Madeco, ubicada en la esquina suroriente. Las segundas, las del desprecio, son los pisos y pasillos donde duermen los menos respetados. Mientras más cerca estás de la puerta, menos valor tiene tu vida y tu nombre dentro del recinto.

Según uno de los internos, el "Pato" y sus amigos hace rato que estaban provocando. Pese a que ya habían conseguido cinco "casitas" y 11 ventanas en menos de un año, sus ambiciones territoriales eran notorias.

La fiesta siguió su curso. También comenzaron a fumar algo que no olía a tabaco. Poco antes de las cuatro de la mañana, los ánimos ya hervían. De acuerdo con  uno de los sobrevivientes del piso cuarto que conversó con La Tercera, el Pato Contreras -marcadamente ebrio- echó de la pieza VIP al "Pirigua", le sacó la madre al "Rucio" y amenazó con quitarle su "casa".

-¿Qué tanto? Si sabemos que vos le pelaste el teléfono al "Aguja" -gritó un tercero. El "Rucio" se paró y le dio un feroz puñetazo en la boca al Pato. Craso error. Entonces comenzó una batalla homérica. Aparecieron numerosos estoques y lanzas, mientras los garabatos, gritos y amenazas despertaban a los reclusos de los pisos inferiores -a los mocitos de la primera planta y a los evangélicos de la segunda-, también a los vecinos aledaños. El "Aguja" fue por los estoques y los cuchillos, mientras el "Pato" y los suyos se defendían en el VIP.

Si algo de bueno tiene la cárcel, admiten quienes han estado ahí, son sus certezas: con una pendencia de estas magnitudes, a todos les llegaría un castigo por igual. Es solo cosa de sumar y restar: si existen cuentas pendientes, sean cuales sean, era el minuto para cobrarlas.

De esta forma, agregan fuentes de la Fiscalía Sur y varios de los familiares, el grupo completo se fue encima de los de la Peni. Es exactamente a esa hora, pasadas las 5 y media de la mañana, que las versiones se entrecruzan. Habrían sido acuchillados dos reclusos, Mario Silva y Germán Edison Peña. Según Gendarmería y los sobrevivientes, fue el "Aguja" quien sacó el lanzallamas (un tubo de escobillón conectado a un balón de gas por una manguera ) y descargó toda su furia contra la pieza chica. Fiscalía, en tanto, ha establecido que se trataría del "Abuelo", quien desde la pieza chica disparó la llama hacia afuera.

Como sea, el resultado terminó siendo el mismo. Para protegerse, los presos pusieron un colchón entre ambos bandos, el que ardió en cosa de segundos. Este fue empujado hacia dentro del VIP y luego devuelto hacia afuera, junto a retazos de frazadas en llamas, lo que propagó el fuego por toda el ala sur. Los 10 reclusos de la habitación pequeña se replegaron contra el muro poniente, siendo los primeros en morir, algunos asfixiados, y otros, lisa y llanamente, quemados.

Otra de las versiones -manejadas por Gendarmería- rearticula la historia en torno a un ataque con premeditación por parte del grupo del "Aguja" contra los 11 internos de la pieza chica, uno de los sectores más apreciados por su privacidad. Ante las amenazas, protegieron su territorio interponiendo literas en el acceso, mientras las estocadas y los lanzazos se sucedían. Entre medio existió una tregua, para que saliera el Pastor, un evangélico que no quería verse envuelto en la pelea.

Un humo caliente, grueso y penetrante lo inundó todo, volviendo a sembrar oscuridad en un océano de fuego mezclado con pavor.

Fuego, patadas, gritos, cuchillazos, estocadas, lanzazos, insultos, miedo -mucho miedo-, un calor insoportable, humo, falta de oxígeno, más chasquidos de dedos, y un triste olor a carne quemada, terminaron por despertar a los vecinos de varias manzanas a la redonda, abarcando un perímetro que -según testigos- llegó a alcanzar las calles Chiloé, por el poniente, y Santa Rosa, por el oriente.

5.15 horas.
Ala norte del piso 4, Torre 5. A través del pasillo que conecta ambas alas, los 75 reclusos del sector opuesto miraban abismados el infierno desatado a escasos metros suyo. El calor comenzó a encresparles las pestañas y a quemar sus rostros. El humo, cual silencioso manto de muerte, se deslizó pasito a pasito hasta su jaula.

-¡Incendio, huevón!, ¡Abran la reja! -fue el primer grito que escuchó el cabo de Gendarmería armado apostado en la marquesina -el perímetro externo- del penal. Con los oídos y la conciencia entrenados para dejar pasar sólo lo estrictamente necesario, el guardia -que estaba hablando por teléfono según los reos- sólo les devolvió un improperio.

Cinco minutos después, el mismo guardia escuchó nuevos y confusos gritos, reportando heridos. La versión de Gendarmería dice que el centinela en cuestión llamó por radio a los guardias, algunos de los cuales descansaban para el turno que comenzaría pasadas las ocho de la mañana.

-¡Atención, turno! ¡Hay una gresca en el piso 4, cruceta 5! ¡Repito: hay una riña en el piso 4, cruceta 5! -gritó el centinela.

A las 5.40 horas, tres gendarmes subieron entonces hasta el piso 4 con el fin de controlar el motín que se estaba gestando. Sólo una vez que llegaron arriba, según Gendarmería, los guardias se dieron cuenta de que el ala sur estaba en llamas.

-¡Nos estamos quemando! ¡Sácanos! -gritaban los reos, mientras los uniformados veían con espanto -entre lo que dejaba ver el humo- una fogata incontrolable en el lado sur. El calor era asfixiante. Los gendarmes también escuchaban gritos desde el ala norte. Nadie entendía qué estaba pasando.

-¡Mamita, perdóname! -aullaba otro preso, resignándose al peor de los adioses.

A las 5.48, y con el infierno de fuego y humo completamente desatado y decenas de muertos, uno de los internos -presumiblemente del ala norte- llamó al 132 de Bomberos.

Según relata José Sánchez, comandante del cuerpo de Bomberos Metropolitano Sur, respondió una operadora.

-¡Hay un incendio en la torre cinco de la cárcel de San Miguel! -gritó una desesperada voz de hombre.

La operadora le pidió identificarse.

-No, no puedo -respondió antes de cortar. 

La telefonista intentó llamar de vuelta, pero el número aparecía como privado.

A las 5.49, atendiendo al protocolo, Bomberos se contactó por el teléfono interno con el penal. La guardia le confirmó el siniestro, por lo cual se despachó inmediatamente desde la Tercera Compañía -ubicada en Salesianos con Gran Avenida, a exactas siete cuadras del presidio- dos carros bombas, una escala telescópica y una unidad de rescate. Llegarían a las 5.57 horas, según lo informado por Sánchez. Posteriormente se sumarían otros cuatro carros bomba, un carro cisterna, un carro portaescalas, dos unidades de aire, dos unidades de rescate y la ambulancia de Bomberos.

Los gendarmes volvieron a bajar hasta la primera planta en busca de extintores, mientras el cabo Juan Muñoz -apodado el "Chimbombo"- mojaba sus ropas y se cubría con una frazada totalmente empapada, para intentar forzar los barrotes que guardaban a los reos. En este piso, la reja tenía doble candado, a diferencia de los inferiores, en los cuales los mocitos y cristianos sólo tenían uno.

En su desesperado afán por escapar del incendio, los reclusos lanzaban trapos y colchones encendidos hacia la reja, mientras Muñoz manipulaba un napoleón para tratar de cortarlos, a estas alturas, rojos, casi derretidos e inexpugnables candados. Sentado en el suelo, haciendo una especie de palanca con sus piernas, logró levantar la parte inferior de la reja que "se dobló como un chicle" a causa del calor, según recordaría el gendarme al día siguiente. Por ese espacio consiguieron escapar Juan Carlos Ramírez, Nicolás Cáceres, Jaime Hernández -quien debía salir en libertad esa misma mañana-, Patricio Bastías y Fernando Parraguirre. Tras el último de ellos, la reja cedió. Las llamas y el humo ya no permitían ver nada. La jaula volvía a ser infranqueable para los 66 reos que quedaron atrás.

Muñoz, con el pelo chamuscado y sus extremidades completamente quemadas -además de lesiones respiratorias que se constatarían más tarde- volvió a bajar para mojar su frazada, con la cual se cubrió para una nueva y porfiada embestida. Esta vez atendió los gritos desesperados del ala norte, donde ya había 10 muertos por asfixia.

Con los ojos casi cerrados y completamente herido por el fuego, Muñoz llevó a cabo un nuevo y arrojado acto de heroísmo.

-¡Tírenme agua! ¡Tírenme agua! -gritó a los reclusos, que inmediatamente descargaron sobre él inútiles y pequeños chorros con las botellas desechables que aún no se habían derretido. También le pasó su linterna a uno de los presos para que alumbrara algo entre ese maldito torbellino de humo ardiente.

Los gendarmes José Hormazábal y Gerardo Beroíza también resultaron con quemaduras al tratar de abrir los candados.
¡Todos al piso!

Conocedores del edificio tras su última visita para el sismo del 27 de febrero, Bomberos ingresó inmediatamente por el portón de estacionamientos de Ureta Cox.

- ¿Qué tenís? -preguntó el jefe de la guardia nocturna de Bomberos, Diego Canelo, al gendarme que custodiaba la puerta.

- Tengo fuego en la cruceta cinco, piso 4, al sur -respondió desesperado.

Los bomberos Nelson Castillo, Walter Jaraquemada, Rodrigo Aparicio y Felipe Yáñez subieron hasta el cuarto piso, donde tasaron la situación. En vistas del infierno desatado en el ala sur, supusieron que allí no había nadie, por lo que optaron por atacar el ala norte, donde aún existían sobrevivientes. Allí intentaron inundar el piso.

- ¡Todos al piso, todos al piso! -gritó uno de los bomberos, mientras lanzaba agua sobre ellos.

Presas del pánico y temerosos del piso que ya alcanzaba temperaturas insoportables, algunos reos se pararon violentamente, volviendo a caer fulminados por el inmediato colapso de su sistema respiratorio.

Pocos minutos después llegó el capitán de Bomberos, Mario Guerrero, quien ordenó a Canelo ocuparse de la extinción. El bombero Castillo recibió un napoleón más que caliente de manos de los gendarmes. Intentó cortar uno de los candados, pero la incomodidad del ángulo y el excesivo calor se lo impidieron. Luego bajaría por una pequeña hacha, con la cual logró levantar el primero de ellos. Tras romper los dos candados, sólo pensó en que su cabeza, tan caliente como nunca la había tenido, iba a estallar. Luego abrió la reja.

- ¡Se salvaron, se salvaron, salgan, salgan! ¡Apúrense, corran! ¡Todavía queda gente adentro! -gritó Castillo, mientras, uno a uno, los 60 sobrevivientes del ala norte comenzaban a bajar entre toses, humo y el peor calor de sus cortas vidas.

Castillo luego apuntó con su linterna hacia las zonas oscuras. También gritó. Sólo en ese minuto, dos o tres rezagados, consiguieron orientarse y apuntar a la salida. Sería el teniente Pedro Flores quien abriría el candado restante del ala sur, aún en llamas. Bomberos se abstuvo de mojar ese lado para no generar vapor que matara a los sobrevivientes del ala contraria, donde el humo había matado a 15.

La muerte, ardiente y candenciosa, subía y bajaba las escalas, paseándose -una vez más, como tantas antes- por la Cárcel de San Miguel, ese presidio viejo y retorcido, que -a esas alturas- sólo hacía honor a su promesa de no dejarlos salir contra viento y marea.

Uno de los presos trasladados hace dos meses del piso 4 al 3, Jonathan Agüero, contó a su madre en la visita del jueves que esa mañana se las arregló para subir y ver qué había sido de sus amigos. Vio rostros sin ojos, torsos sin brazos y cuerpos aplastados. También sintió un espantoso olor a azufre y muerte.

La evacuación llevó a los casi 400 presos de la cruceta cinco hasta la cancha de fútbol, en la cual fueron puestos de rodillas y -según varios familiares- castigados por la "cagada" que habían dejado. Los heridos y con visibles problemas de asfixia fueron atendidos en la enfermería del penal.

Con ambas manos en su nuca, uno de los presos sobrevivientes vio venir al "Chimbombo", gordito y rengueante -con la ropa aún humeando. Fue el único "paco" que no los retó. El Chimbombo solo podía llorar.

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