El cura de La Legua

Gerard Ouisse, párroco de La Legua, no quiere que las cosas se confundan. El no es líder, no es dirigente, es sólo la voz de los vecinos que tienen miedo de dar la cara. Este sacerdote francés de 72 años llegó a Chile en dictadura, supo de la CNI, de la policía, de la represión, pero cree que la tiranía de los narcos es aún peor. Esto es lo que cree Ouisse.

por Oscar Contardo - 29/05/2011 - 09:18
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El 7 de mayo, a la 1 de la madrugada, una llamada telefónica despertó  a Gerard Ouisse. Era su sobrina, la hija de Pierre, su hermano mayor. La mujer llamaba desde Francia para darle una mala noticia. Pierre -el hermano que se ganó la vida como obrero de Airbus,  el mismo con quien de jóvenes pescaban anguilas, el hombre sencillo al que tanto admiraba- había muerto. Tenía ya más de 80 años. Gerard Ouisse pasó la tristeza inicial leyendo la Biblia en la casa que ocupa en uno de los pasajes de La Legua. "Eramos nueve hermanos, ya se han muerto cuatro". Un día después la población celebraba Cuasimodo, la fecha en que los sacerdotes católicos van a darles la comunión a los postrados. El cura debía encabezar la celebración. Así lo hizo.

Gerard Ouisse  tiene 72 años. Es párroco de La Legua desde hace nueve y prefirió no contarle ese día  a la comunidad la noticia sobre su hermano. La caminata fue larga, sobre todo para él, que camina con esfuerzo. La gente lo acompañó como si se tratara de una fiesta. La población parecía contenta. La comitiva visitó 170 enfermos, y aunque Ouisse fue auxiliado en la tarea de repartir la comunión por otros sacerdotes,  él fue el cura encargado de entrar en las zonas más bravas. Pero no hubo incidentes. El día no estaba para infortunios y el sacerdote llegó incluso hasta el pasaje Zárate, uno de los más agitados de las tres poblaciones que conforman el más célebre barrio de la comuna de San Joaquín.

Aquel 8 de mayo, además de Cuasimodo, era el Día de la Madre, y en La Legua -en sus pasajes estrechos enmarcados por pequeñas casas de techos bajos y fachada continua; en sus calles más amplias adornadas con guirnaldas plateadas; en su plaza principal con un memorial a los caídos en dictadura- un persistente olor a carne asada alegraba el ambiente. Parecía un vecindario en paz. Se cumplían más de 20 días sin balaceras. Una tregua que comenzó en marzo, luego que Gerard Ouisse llevó una carta a La Moneda reclamándole al gobierno por la "violencia intolerable" que se vivía en la zona. Hubo revuelo en los medios, reflexiones en la televisión, la inevitable comparación entre una Iglesia consumida por los escándalos y otra acompañando a los más pobres. Luego de la carta que el sacerdote entregó -"elaborada por la comunidad, no por mí"-, el resguardo policial se hizo más intenso y se terminaron los disparos. Pero Ouisse y los vecinos saben que eso no significa demasiado. Por eso cuentan los días como si se tratara de una tregua; para ellos la calma tiene una fecha de vencimiento que nadie conoce. El cura y los vecinos saben que la violencia también puede ser silenciosa y apenas visible, como el miedo.

Al final de ese día  8 de mayo, parte de la comunidad  cerró la jornada asistiendo a la misa en la parroquia San Cayetano. El sacerdote, alto, sonriente, vestido con esos colores que no parecen ser más que variedades del gris y el azul marino, los recibió en la puerta de la parroquia, un edificio simple, de ladrillo a la vista, ventanas pequeñas y piso de baldosa. En lugar de imágenes de santos, arpilleras con la figura de Clotario Blest, Juan Alsina, Oscar Romero y estampas con diseños alusivos a los derechos humanos. En la fachada, sobre la puerta de entrada,  una frase escrita en grandes letras da la bienvenida: "La gloria de Dios es que el pobre viva". A las 7 y media de la tarde, la gente ya se había enterado de la muerte del hermano del párroco. El agradeció cada pésame con una sonrisa y un abrazo. En un momento alguien le preguntó si estaba muy triste, él contestó:  "No tuve tiempo de pensar".

Durante la misa recordó que la última vez que estuvo con su hermano Pierre en Francia él ya estaba enfermo. Gerard le pidió que no muriera antes que él volviera a verlo: "Le pedí que me esperara, pero él era un hombre sabio y me contestó que eso ya no dependía de él". Algo de eso debe resonarles a los hombres y mujeres que lo escuchan: a las tres parejas de novios que fueron a pedir su bendición antes de casarse, a las dueñas de casa que llegan del brazo, al anciano moreno y pequeño que se refugia al final de la banca, a César, el joven Down que lo estruja con un abrazo que le saca al cura una carcajada, a los hombres ya mayores que escuchan con un semblante melancólico, al empresario que viene de un barrio lejano a escuchar la prédica. Lo que quiso decirle Pierre Ouisse a su hermano es algo que todos en La Legua saben, y es que  hay cosas que sencillamente no dependen sólo de la voluntad de uno. La misa terminó después de las 9. Un par de hombres jóvenes, de esos que llaman "angustiados" porque sólo viven para juntar dinero para comprar drogas, pide limosna fuera de la capilla. Los feligreses, hombres y mujeres de todas las edades, se pierden rumbo a sus casas. Otra jornada sin balaceras termina.

Gerard Ouisse nació en el campo, en un pueblo de tres mil habitantes llamado Campbon, cerca de Nantes, en la costa atlántica francesa. Se ordenó sacerdote en la segunda mitad de los 60, justo a tiempo para abrazar los cambios del Concilio Vaticano II.  Apenas salió del seminario, su obispo lo envió a una parroquia de un barrio obrero de la ciudad. Tenía 27 años.  Tiempo después, le ordenó mudarse  a una vivienda parecida a una mediagua chilena -un vestigio de la reconstrucción de posguerra- ubicada en la mitad del vecindario. Tres años estuvo allí, hasta que en 1969 el obispo tuvo una nueva idea: enviar a dos sacerdotes de la diócesis a trabajar en una fábrica. Serían obreros.

El método para designarlos fue una votación general de los religiosos. Ouisse fue uno de los elegidos: "El obispo me convocó y me hizo el anuncio. Me dejó en libertad de aceptar o no la propuesta. Aunque yo pretendía tener más años de sacerdocio antes de hacerlo, finalmente acepté. Me preparé durante un año y luego me fui a buscar trabajo a las fábricas". En las primeras empresas, apenas descubrieron que era cura, le cerraron la puerta. Finalmente, encontró trabajo en la industria de la construcción, en una fábrica de puertas y ventanas para bloques de departamento. 

Estuvo 26 años y se hizo experto en el manejo de las máquinas fresadoras, utilizadas para modelar piezas metálicas. "Fue en esa época en la que me enteré de la vida de los sacerdotes obreros del tercer mundo, especialmente de América Latina". Primero pensó viajar a Brasil, pero la opción no prosperó. Luego vino la posibilidad de venir a Chile: la diócesis de Nantes tenía un acuerdo con la santiaguina. Tomó clases de castellano en Lovaina, allí aprendió el idioma que hablan en España. Sin embargo, el castellano que escuchó cuando llegó a Santiago el 1 de marzo de 1986 le pareció algo nuevo. Aún se lleva las manos a la frente cuando recuerda la sensación de frustración que le provocaba no comprender lo que la gente decía durante el primer tiempo que estuvo en el país.

Ouisse llegó a Chile en calidad de "préstamo" por cinco años (lleva 25). Entró con visa turista y una vez instalado gestionó la residencia con la ayuda del obispo. Un cura obrero francés en la periferia no era exactamente una visita grata para las autoridades políticas del momento.  Su plan era llegar y buscar trabajo en una fábrica y allí enseñar el oficio de fresador a los jóvenes. Eso fue lo que le recomendó su patrón en la fábrica cuando le anunció que dejaba el trabajo y se venía a Latinoamérica. Eso pensaba hacer, hasta que llegó.

"Me di cuenta que había pocas industrias, tampoco el gobierno militar iba a tolerar otro cura obrero extranjero, tampoco era el ambiente de la Iglesia".

En 1986, Pinochet cumplía 13 años en el gobierno. El Partido Comunista había establecido que aquel sería  "el año decisivo",  y pretendía derrocar el régimen mediante movilizaciones masivas. La respuesta del gobierno era la represión, en particular en las zonas más conflictivas: las poblaciones de Santiago.  Justamente, el lugar al que llegaba Gerard Ouisse.  Desde Nantes a Lo Valledor, sin escalas. Ouisse llegó a la parroquia San Martín de Porres. "En ese momento estaba siendo reconstruida, porque había sido quemada por la CNI".  La parroquia era vecina de La Victoria, el lugar en el que dos años antes una bala perdida mató al sacerdote André Jarlan, que había llegado a Chile para asistir a Pierre Dubois, otro párroco francés. Dubois ayudó al recién llegado Ouisse en algunas claves de sobrevivencia en tiempos hostiles.

"Era difícil llegar de Francia con todo lo que pasaba, con la policía, con la CNI. (Con Pierre Dubois) Teníamos códigos, algunos ya no los recuerdo. Pero si yo lo llamaba para invitarlo a almorzar, él sabía que en realidad necesitaba ayuda. El llegaba para indicarme qué tenía que hacer".

En general, en las poblaciones los dirigentes que eran perseguidos por la policía por razones políticas acudían a los sacerdotes para buscar protección. Llegaban a la casa del cura y pronto aparecían policías en la puerta. "Siempre hubo muchos sapos, por eso sabíamos que había que ser prudente. Por ejemplo, yo nunca en mi agenda anotaba el apellido de las personas, sólo el nombre. Teníamos que cuidarnos".  La situación política no era el único cambio, había muchos otros que tenían que ver con el lenguaje, con la forma de vida. Ouisse se había propuesto aprender, mirar, observar, más que enseñar el modo correcto de hacer las cosas. Y entre las diferencias que notó estaba la relación que se establecía entre el cura y la comunidad. El llegaba de una sociedad laica, donde el ámbito religioso estaba restringido. En un orden así, la importancia de la figura del sacerdote era relativa. Lo que encontró en Chile fue otra cosa. Le sorprendía el poder que podía llegar a tener el cura. "Si el cura manda mucho es porque muchas veces los laicos lo consideran a él como un dios. Como si todo lo que dijera fuese la palabra del Evangelio". Su estrategia para comprender el nuevo medio fue sumergirse en la gente. Dejar que le corrigieran su castellano, que le enseñaran, "porque uno no viene a decir cómo se deben hacer las cosas, sino a recibir antes que dar".

La Legua es un vecindario con carácter. Fueron los propios vecinos los que consiguieron la instalación de los servicios básicos cuando la población recién fue creada hace cerca de cien años. Ahora cuentan con cerca de 30 organizaciones sociales. Tienen, además, un pasado como foco de resistencia: fueron una de las poblaciones más afectadas por la represión en dictadura. Los legüinos tienen arraigo y una relación difícil, o más bien desconfiada, con la autoridad.

Incluso si se trata de un cura. Eso lo notó Ouisse cuando en 2002 fue trasladado a la parroquia San Cayetano, en reemplazo del sacerdote Mariano Puga, el carismático cura obrero que durante años fue el párroco de La Legua.  El cambio no fue fácil.  "Se necesita mucho tiempo para que la gente te acepte como legüino. Mucho tiempo. Eso también es bueno, porque no te dejan pasar nada, ni te dejan vender la pomada".

Pero Ouisse tampoco es un hombre que se dé fácil. El jesuita Pablo Walker conocía la parroquia antes que él llegara. Había trabajado con Mariano Puga y cuando supo que el nuevo párroco era un sacerdote francés y que se encontraba "un poco sobrepasado", le ofreció su ayuda. Ouisse lo aceptó. Walker recuerda:

"Fue divertido, porque me tuvo a prueba mucho tiempo, en un principio apenas me tomaba en cuenta". Ahora Walker es uno de sus más cercanos.

La década de los 90 supuso el fin de la dictadura, el inicio de una débil democracia.  En las poblaciones, el que fuera el principal enemigo se diluía en la política de los consensos. Pero surgía otro, menos nítido, que se colaba en las familias, en el propio vecindario. Uno que armó a los jóvenes y levantó bandas familiares. Cuando Gerard Ouisse inauguró el memorial de los legüinos víctimas de la dictadura en la plaza frente a la calle Comandante Riesle, dijo que seguramente en 10 años tendrían que inaugurar otro mucho más grande para recordar a las víctimas de la violencia provocada por las drogas.

"Hay muchos más muertos por la droga que víctimas de la dictadura militar, pero no supimos… no supieron oponerse a las drogas como a la dictadura"

El jesuita Pablo Walker cuenta que antes de que la violencia de los narcos estallara, en la capilla de La Legua Emergencia vivía un grupo de religiosas. Pero se tuvieron que marchar. Sólo un muro de esa capilla tenía más de 200 impactos de bala. "El Cristo que está presidiendo la nave de esa iglesia tiene una bala en la aureola". Muchos niños crecieron en la rutina de pasar parte del día echados en el suelo para esquivar los disparos.

Los planes de intervención anunciados como una cirugía mayor que extirparía el tejido maligno del cuerpo sano se sucedían en democracia. El primero fue en 2001. Luego vinieron otros. El método era el refuerzo de la vigilancia policial.  Pero las drogas seguían circulando, y junto con ellas las armas, y con las armas los soldados de los narcos que no son otra cosa que jóvenes jugando a ser centuriones en bicicleta.

En febrero de 2006 las balaceras comenzaban a las 4 de la tarde. Faltaba poco para el inicio de las clases y los vecinos inquietos decidieron reunirse y hablaron con Oussie. Inventaron las "marchas por la paz". La comunidad hacía algo que en cualquier otro contexto era un asunto sencillo, pero que ese verano se había transformado en un ejercicio temerario: salir a recorrer el barrio. Lograron una tranquilidad relativa. Meses más tarde, un operativo policial desbarató la banda Los Cara de Pelota, los allanamientos se sucedieron y entre los narcos se corrió el rumor de que Gerard Ouisse los había denunciado. Una noche, un hombre a gritos lo amenazó de muerte desde la entrada de la parroquia.

Luego, una vecina le comentó que en la población El Castillo se corría la voz de que los narcos de La Legua preparaban algo en su contra. El Ministerio Público le pidió tomar medidas: subir muros, salir con escolta policial, polarizar los vidrios, cambiar rutinas. Pablo Walker cuenta que Ouisse se negó y tuvo que firmar un documento que desligaba de responsabilidad al Ministerio Público si algo le ocurría.

"Yo soy el pastor de todos sin excepción, de los que vienen a misa y de los que están en la calle, de los delincuentes y de los narcotraficantes. Nunca he denunciado a alguien. Pero a ellos les digo lo que tengo que decirles. Si hago un responso de un joven asesinado y sé que alguno de los que lo mataron está entre los presentes en su funeral, se los digo: 'Ustedes son asesinos'".

El sacerdote Pablo Walker asegura que muchas veces la policía solicitó a Ouisse denunciar a las bandas, pero que él siempre se ha negado. "No soy sapo", es lo que dice.

La casa de Gerard Oussie tiene el cielo bajo. Apenas suficientemente alto como para que él entre sin agachar la cabeza. Y es fría. Tanto, que el estudiante chilote que se aloja en ella por recomendación de Mariano Puga -actualmente párroco en Chiloé- le dice "el iglú". La casa tiene ese aire impersonal de los lugares apenas habitados. Algunas arpilleras en los muros, una habitación pequeña con un altar y otra con un escritorio.  Ninguna fotografía en el living y un sofá de un verde oscuro que perfectamente podría estar en la sala de espera de alguna oficina pública. La vida de Ouisse transcurre fuera.

En 2007, un año después del descabezamiento de Los Cara de Pelota, algunos canales de televisión visitaron La Legua. Los encargados de un programa se acercaron a Ouisse para que los guiara. El sacerdote recuerda que le dijeron que su voluntad era mostrar "el lado bueno de La Legua". No fue así. En junio de ese año, Chilevisión transmitió un reportaje titulado "La Legua, el gueto de la muerte".  El vecindario y el propio cura mantendrían desde entonces a la prensa a debida distancia.

Fue producto de ese reportaje que Ouisse logró notoriedad. Envió una carta de reclamo a Chilevisión que comenzó a circular por internet. La carta fue preparada por los vecinos, que se sentían humillados públicamente por el programa. Fue reproducida una y otra vez en distintos sitios.

Fue enviada y reenviada,  y el sacerdote recibió más de 400 correos electrónicos de apoyo.  La carta fue un impulso para reunir a las organizaciones sociales del vecindario. Hoy funcionan en un sistema que bautizaron como La Ronda. Gerardo Ouisse actúa sólo como un facilitador y eventualmente como un vocero. Está consciente de que ni las autoridades ni la prensa tomarían en cuenta los reclamos de un grupo de vecinos: la autoridad del sacerdote es parte de la cultura en Chile. "Asumo el papel de vocero, pero lo puedo asumir porque no estoy solo y porque la gente me cuida más que la policía".

En la fachada, sobre la puerta de entrada de la parroquia, una frase escrita en grandes letras da la bienvenida: "La gloria de Dios es que el pobre viva".

"Se necesita mucho tiempo para que la gente te acepte como legüino. Mucho tiempo. Eso también es bueno, porque no te dejan pasar nada,
ni te dejan vender la pomada", dice Ouisse.

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