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EL TRABAJO BIEN HECHO

por Joaquín Villarino - 16/09/2012 - 09:00

EL REPORTERO Leonardo Riquelme pregunta si existe alguna periodista que esté en condiciones de emular a Raquel Correa. Sin duda que debe haberlas, pero procurar igualar e incluso exceder a la recientemente fallecida entrevistadora no sólo requiere talento, sino también amor por el trabajo bien hecho y una férrea autodisciplina. 

 

Esas virtudes, Raquel Correa las demostraba semana a semana en la manera cómo se preparaba para sus entrevistas y en el resultado de su esfuerzo, el que no estaba exento de sinsabores y frustraciones. En su tarea previa, como debe hacerse con cualquier reportaje, crónica o editorial,  investigaba. Raquel Correa se empeñó en esa labor durante los 40 años que planteó “Preguntas que hacen historia”. Recurría a los centros de documentación a fin de reunir el material que le serviría para conocer antecedentes y detalles del personaje que sería interrogado, incluso de aquellos ya conocidos o que hubiese incluso entrevistado en otras oportunidades: qué había hecho o dicho esa persona, qué justificaba conocer sus opiniones, cuál era su trayectoria, qué se comentaba de él. Hoy, esa tarea que la ha simplificado internet no es frecuentemente llevada a cabo, en circunstancia que es conveniente hasta cuando se reportean ceremonias o actividades que se repiten en el tiempo. Siempre  documentarse garantiza seguridad en el tema que se va a cubrir. 

 

Esa tarea investigativa permite plantear un cuestionario de calidad, interrogantes que no sean lugares comunes, a fin de evitar la reiteración de lo que otros ya hicieron. Es el punto de partida para ir más allá, es el afán de comprender y de saber. Esa base de sustentación admite, a la vez, que en el reporteo o entrevista misma surjan vetas no exploradas que constituyan nuevas noticias o informaciones que completen o complementen lo sabido. 

 

El ex canciller Hernán Felipe Errázuriz recuerda que Raquel Correa lo entrevistó en diversas ocasiones y que en una oportunidad quiso precisar uno de sus dichos, para lo cual volvió a reunirse con ella y se sorprendió al encontrarse con  que la conversación de dos horas que habían sostenido la tenía transcrita íntegramente. Esa laboriosidad meticulosa le servía de base para extractar y redactar el trabajo final. Incluso en sus detalles, desde los llamados y destaques, hasta lecturas de fotografías. Nada dejado al azar.

 

Un detalle no menor era la entrega oportuna de ese escrito, lo que todo editor agradece, porque permite volver sobre el encuentro, revisarlo, aclarar dudas o plantear  inquietudes. 

 

Cuidado por el fondo y la forma. Raquel Correa tenía sus propias ideas políticas, sin embargo, se esforzaba por ser objetiva. Especial preocupación le despertaba el buen uso del idioma, tan maltratado en estos días. El empleo de un lenguaje culto y sencillo era gratificante para sus lectores. Descripciones del entorno o del ánimo y físico de las personas como si fuese un dibujo puntilloso, simple y armonioso, se obtienen observando con cuidado; es que todo lo que sucede en una entrevista es valioso para definir al protagonista. 

 

Detallar en pocas palabras, como lo hizo con Hernán Büchi: “Con sus bototos de albañil, parece mucho más un cantante pop al que se le quedó la guitarra eléctrica olvidada por ahí que un candidato a la Presidencia de la República”. O a Volodia Teitelboim: “Tiene los ojos casi incoloros y el cutis de una criatura”. Cuenta de Ricardo Lagos: “Por él, sólo hablaría del calentamiento global. Le disgusta que en vez de preguntarle por el encuentro de Bali donde ofició de enviado especial de Naciones Unidas, únicamente se le pregunte por el Transantiago. Pero entiende: es el tema que tiene al país en un verdadero cambio climático anímico desde el 10 de febrero de 2007”.

 

Hay entrevistadores narcisistas que pretenden demostrar que son más listos que el entrevistado y olvidan que su labor es otra, lograr, como lo hacía Raquel Correa, que la persona cuente lo que está oculto. Desentrañar lo que se pretende esconder. En ese diálogo emplear distintos recursos, desde lo intelectual hasta el humor. Obtener una explicación de lo que no se quiere que se sepa, porque el entrevistado pretende quedar bien con el público y a menudo sólo pasar su mensaje. Raquel Correa en esa batalla incruenta sabía ser dura y directa, pero también, en un aparte, flexibilizar el encuentro con su interlocutor.

 

Tras el empleo preciso y económico de las palabras, hay muchísimo laboreo, porque escribir bien así lo exige. En las preguntas de Raquel Correa, en sus descripciones, en las respuestas consignadas, el lector encuentra también una mirada a las circunstancias del momento en que se hicieron. Leídas esas entrevistas retrospectivamente, muestran lo que se pensaba y se decía en ese instante de la historia de Chile, más reveladoras aún, porque siempre eran conversaciones en la ignorancia de lo que deparaba el futuro, tanto para la persona como para el país.  

 

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