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Actualizado el 23/08/2016
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Premio Nacional para la historia social y política de Julio Pinto

Autor: Pablo Marín

La dilatada trayectoria del académico de la Usach y coautor de Historia contemporánea de Chile fue reconocida ayer por un jurado que valoró su "notable producción" en diversos campos.

Premio Nacional para la historia social y política de Julio Pinto

Había seis documentos anillados sobre  una mesa del sexto piso del Mineduc, algunos muy delgados, otros ladrillescos,  correspondientes todos a igual número de candidatos a hacerse con el vigésimosegundo Premio Nacional de Historia: Sol Serrano, Victoria Castro, Julio Pinto, Bernardo Arriaza, Rodolfo Urbina e Iván Ljubetic. Tras una deliberación más extensa de lo acostumbrado (más de una hora), la Ministra de Educación, Adriana Delpiano, dio a conocer el resultado de una votación en la que también participaron Ennio Vivaldi, rector de la U. de Chile; Patricio Sanhueza, rector de la U. de Playa Ancha, en representación del Consejo de Rectores; Santiago Lorenzo Schiaffino, representante de la Academia Chilena de Historia, y Sergio González Miranda, anterior galardonado. 

En una votación que no fue unánime pero tampoco dividida, según la inquietante descripción de una fuente confiable, el Premio Nacional número 22 recayó en Julio Pinto Vallejos (Santiago, 1956), académico de la Usach y uno de los pilares de la historiografía social en el país.

Tras aseverar que se trató de una elección “particularmente difícil”, la ministra Delpiano afirmó que el jurado basó su decisión en la “notable producción historiográfica” de Pinto “en diversos campos de la disciplina, especialmente en historia social e historia de la República”. También por el reconocimiento nacional e internacional de estos aportes, “su rigurosidad científica  y excelencia académica”, así como “su contribución a la formación de nuevas generaciones de historiadores”. Y remató: “Es un intelectual comprometido con los procesos de transformación y con la educación pública de Chile”.

El galardonado, que llegó pasadas las 18.00 y se sentó a un costado de la ministra, no pudo sino agradecer un premio que consideró “una sorpresa muy grata”, dado que los demás postulantes “tenían tanto o más derecho que yo a estar sentados acá”.  

Llamado a explicar de qué va su ámbito de trabajo, esa historia “desde abajo” en la que ha despuntado junto a nombres como el del también premio Nacional Gabriel Salazar (con quien escribió los cinco tomos de una Historia contemporánea de Chile), evocó una “apuesta” llevada a cabo en los 80 si es que no antes: “Recuperar la voz de los sin voz, de aquellos actores que no habían tenido un reconocimiento historiográfico por no formar parte de los círculos de poder. Estimábamos que la historia de Chile estaba muy centrada en el Estado y muy centrada en las élites. Nuestro deseo era ampliar la mirada hacia otros sectores de la sociedad, mayoritarios, cuyas vidas han aportado tanto o más que los otros actores al desenvolvimiento de nuestro país”. Una labor, finalmente, de “justicia histórica”.

De paso, y dado que le preguntaron, hizo una positiva evaluación del actual proceso constituyente, en el que ha participado: “Siempre es sano que una comunidad debata sobre cómo quiere organizarse y cómo quiere funcionar de cara al futuro. Ojalá que el debate se profundice”. Eso sí, dijo que preferiría una asamblea constituyente.

Sectores populares

¿Cuál fue el verdadero rostro social del régimen portaliano?, se pregunta Pinto en un texto publicado en 2011 por la revista Historia.  “¿Cuál fue su postura frente a esa mayoría plebeya que la ruptura independentista y los experimentos pipiolos aparentemente habían convertido en una fuente significativa de desorden político y social, pero cuyo concurso resultaba indispensable para una construcción republicana y nacional que, discursivamente al menos, rendía pleitesía al principio legitimador de la soberanía popular?”.

Las preguntas están para ser contestadas, pero también, como en el caso de Julio Pinto, para generar nuevas preguntas, en especial si éstas ayudan a desplegar nuevas panorámicas de la historia de Chile. 

Dos años antes de publicado aquel artículo, el académico había coestrito con Verónica Valdivia ¿Chilenos todos? La construcción social de la nación (1810-1840). La idea era “concentrarse en lo que por aquel entonces se entendía por ‘pueblo’” y particularmente sobre la inclusión en dicha categoría de lo que hoy conocemos como sectores ‘populares’”.

Lo que sigue, para usar términos del presente, es establecer de qué modo la “inclusión” quedó fuera de la ecuación portaliana. Y cómo, por esta vía, la legitimidad de un régimen puede ser objeto de cuestionamiento. Lo que vale para el XIX, en términos de la señalada legitimidad, es también válido para la historia que vino después. Para explicar autoritarismos y represiones, y para ver de qué están hechos los distintos grupos sociales. Un ejemplo de análisis en esta línea es el que Pinto provee en el segundo volumen de la Historia contemporánea… (de los cinco tomos, escribió el II y el III). Y un examen más pormenorizado de un grupo específico es el que ofrece en el ya clásico Desgarros y utopías en la pampa salitrera. La consolidación de la identidad obrera en tiempos de la cuestión social (1890-1923).

Enterada del premio, la también candidata Sol Serrano declinó hacer comentarios, limitándose a felicitar al ganador, “por quien tengo gran aprecio”. En tanto, el historiador Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UDP, expresó, “ha aportado obras relevantes a la comprensión tanto del siglo XIX como del XX. Ha escrito con empatía pero sin idealización de los sectores populares y de los líderes del movimiento obrero”.

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