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Actualizado el 13/07/2012
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Primer Plano

Autor: Patricio Dussaillant

El episodio de Carlos Larraín no sólo confundió más a la ciudadanía, sino que es impensable apuntar a debilitar la imagen, el liderazgo y la confianza del Presidente.

“TRISTE ESPECTACULO” podría ser una calificación o un epíteto acertado para describir los sucesos ocasionados, esta semana, por el presidente de Renovación Nacional, Carlos Larraín. Sin juzgar intenciones, justificaciones, atenuantes o agravantes, fueron escenas dignas de “El escándalo de la semana” de Primer plano, el programa ícono de la farándula televisiva.

Ahí, semana a semana, sobran los personajes “de tercera magnitud” que se descalifican e insultan, pasando del amor al odio y viceversa. Amistades, lealtades, decencia, recato y pudor ceden ante las cámaras y la efímera fama del primer plano de la pantalla. Es la razón de existir y medio de subsistencia de la farándula, pero son personajes que, afortunadamente, no están obligados a representar a nadie, ni menos legislar o gobernar un país.

Al igual que sucede con la farándula, finalmente nadie entiende cuándo ni quién empezó ni cómo escala a dimensiones incontrolables. Sólo se puede conjeturar o especular acerca de los objetivos que pueda perseguir cada uno de los involucrados, pero es real la sensación amarga que queda en la opinión pública.

También es real la diferencia en los niveles de responsabilidad. En este aspecto, el senador Larraín lleva el mayor peso por su cargo, inteligencia, experiencia y un largo etcétera. Además, no puede desconocer que, como fruto de su conducción partidista, ahora tiene que lidiar con díscolos instalados en roles protagónicos de su partido, del Congreso y del gobierno. A esto se suma su responsabilidad por tratarse de quien -con mayor entusiasmo- promovió y respaldó a uno de sus militantes para la presidencia de la República.

Igualmente se afecta el compromiso asumido frente al país cuando se promueve y respalda a determinados candidatos que resultan elegidos.

Si la idea es mejorar la política, RN está en deuda en materia de institucionalidad partidista que, entre otras cosas, considere la posibilidad de sancionar -incluso expulsar- a militantes que no estén alineados con la identidad y objetivos del partido, o no cumplan normas mínimas de convivencia interna. Hay caminos en política que exigen valentía, aunque signifique perder votos. Hasta ahora, en este ámbito, las señales han sido al menos equívocas o débiles, dando espacio a cortapisas entre sus militantes, tanto en el Parlamento como en el Ejecutivo.

Es así como los acontecimientos de esta semana se prestan para confundir aún más a los ciudadanos. Puede ser comprensible criticar aspectos de gestión de un gobierno, actuaciones de sus personeros o las prioridades de la agenda, pero es impensable apuntar directamente a debilitar la imagen, el liderazgo y la confianza del Presidente de la República.

Tanto la Coalición como la Concertación tienen claridad de que la próxima elección presidencial se resolverá en la promesa de gobernabilidad que cada conglomerado pueda garantizar. La Concertación falló y desconcertó a sus partidarios justamente en el que fue su atributo histórico. Hasta ahora, la ventaja, en este ámbito, corre a favor de la coalición gobernante, pero -al igual que la fama de Primer plano- puede resultar efímera si es destrozada por simple frivolidad.

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