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Actualizado el 11/01/2015
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Quintay después de las ballenas

Autor: Cristina Espinoza

De caleta ballenera a modelo pesquero, el balneario se ha reinventado y apunta a un turismo sustentable, sin olvidar la historia de los cetáceos que alguna vez murieron en el lugar.

Quintay después de las ballenas

Don José Barrios  es uno de los pocos protagonistas vivos de la historia ballenera de la caleta Quintay, 47 km al sur de Valparaíso. En 1943, con 15 años, comenzó a trabajar en la empresa Indus, que entonces cazaba ballenas para producir aceites, jabones y detergentes. Era uno de los encargados de faenar cetáceos, hombres que con botas con clavos, subían por el animal y tomaban cada parte de él. Todo servía.

“Me gustaba trabajar en la ballenera. Había que tener fuerza para levantar los huesos y llevarlos a la cocinería”, cuenta ahora desde la boletería donde se controla el ingreso a lo que queda de la ex ballenera, convertida en museo y centro cultural, y nombrada Monumento Histórico Nacional en diciembre. Allí es posible ver parte de lo que fue la “cama de descuartizamiento”, plataforma donde eran faenadas las ballenas hace medio siglo.

La ballenera de Quintay fue la más grande del país. Funcionó entre 1943 y 1967 (los últimos años, a cargo de una empresa japonesa) y cerró por problemas económicos, cuenta Francisca López, encargada de Extensión del Cimarq, el Centro de Investigación Marina de la U. Andrés Bello, instalado en una parte de la estructura. Trabajaban unas mil personas, pero sólo cuatro quintaínos, porque la mayoría llegó desde Chiloé, por su experiencia en la caza de ballenas azules, ballenas de aleta y cachalotes. 

René Barrios, sobrino de don José y cuyo padre también trabajó en la ballenera, recuerda que todo el pueblo olía a grasa y que el humo de las cocinerías recorría largas distancias. Cuando la empresa se fue “no dejó nada”, dice. “Ni luz eléctrica, menos agua potable. Sólo desperdicios y alcoholismo”.

CALETA MODELO

Pero el pueblo se reinventó, dejó atrás su pasado ballenero y apostó por la sustentabilidad. 

Así se convirtió en una caleta modelo de las áreas de manejo pesquero, zonas donde los pescadores controlan la explotación de los recursos para que puedan recuperarse. El cambio fue parte del proyecto del  biólogo de la U. Católica, Juan Carlos Castilla, Premio Nacional de Ciencias 2010, quien lo comenzó y que es continuado hasta hoy por el Cimarq (ver nota página 55). “El cambio fundamental empieza en los pescadores”, dice René Barrios, que preside el sindicato que los agrupa. “Habíamos incursionado saliendo como nómades a distintas regiones, pero llegamos con un concepto nuevo”, asegura. Hoy trabajan junto al Cimarq, que les da apoyo técnico y también participa de las actividades comunales. 

LA PROMESA DEL MUELLE

“Van a construir un muelle”, fue la promesa que oyeron desde niños quienes hoy son ancianos y que sólo en diciembre se hizo realidad. El gobierno regional terminó la construcción, que incluye una grúa para levantar botes, esperanza de los locales para dar otro impulso al turismo, atrayendo yates de balnearios cercanos o empresas que quieran descargar sus productos en el lugar, cuenta Barrios.

La calificación de la ex ballenera como Monumento Histórico debería impulsar la llegada de visitas y de financiamiento para restauración. “Uno de los desafíos es tratar de que el mar no nos siga ganando. La Fundación Quintay ha hecho esfuerzos para contener el deterioro del muelle, pero hay que darle estatus al lugar”, dice Diego Ramírez, director del Cimarq.

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