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Actualizado el 08/09/2017
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El rastro del Che en Bolivia

Autor: Patricio De la Paz, desde Bolivia

El 9 de octubre se cumple medio siglo desde que Ernesto Guevara fue asesinado en La Higuera, una remota zona entre montañas bolivianas. Lo van a recordar en grande, con Evo Morales incluido. Esta crónica es una sinopsis de la ruta del famoso guerrillero en este país. Un periplo que mezcla diminutos museos, una fosa de dos metros de profundidad y una lavandería elevada a sitio de culto.

El rastro del Che en Bolivia

Irma Serrano, 71 años, nacida y criada en La Higuera, echa a andar la memoria. “Era un hombre grande. Venía cojeando. Lo habían tomado prisionero en la quebrada de Churo, cerca del pueblo, y lo habían traído caminando desde allá hasta la escuelita. Lo vi pasar frente a mi casa. Se veía tan pálido, tan decaído. Pero miraba tranquilo a la gente, no iba con la vista baja”, dice.

Ese 8 de octubre de 1967, Irma Serrano tenía 21 años y al hombre que miraba pasar por la calle era el Che Guevara. El comandante había venido a Bolivia 11 meses antes a entrenar un grupo guerrillero con el que soñaba hacer la revolución en toda Sudamérica. Pero las cosas no le habían resultado.

El ejército boliviano, apoyado por Estados Unidos, lo había descubierto en esta zona montañosa de bosques, perdida en el mapa boliviano. En el enfrentamiento habían muerto cuatro guerrilleros; y otros tres -incluido el Che- habían sido detenidos y trasladados caminando hasta La Higuera. El Che, tal como recuerda Irma Serrano, cojeaba. Había sido herido en su pierna izquierda.

La Higuera sigue siendo hoy lo que era entonces. Un pequeño pueblo que no es más que unas casas en los bordes de un camino rural en medio de los cerros. Irma Serrano dice que no viven más de 20 familias. Ella es viuda y sobrevive vendiendo mercadería en un boliche que se llama La Estrella y cuyo logo es el rostro del guerrillero que vio pasar cojeando hace medio siglo.

No es casualidad.

Lo único que mantiene en pie a La Higuera, lo único que la salva del olvido, es el Che Guevara. Porque aquí, el 9 de octubre de 1967, al día siguiente de ser apresado en la quebrada de Churo y permanecer prisionero en la escuela del pueblo, fue fusilado con cuatro balazos. Cada año en esa fecha este pueblo minúsculo se llena de visitas que inundan la única calle polvorienta y se pasean entre los graffitis y los monumentos en honor del muerto más famoso del barrio.

Este 9 de octubre la celebración será mayor. Son 50 años de esa muerte. Una cifra redonda, de esas perfectas para los homenajes. Ya se han planificado cuatro días de actividades. Hasta el presidente Evo Morales ha comprometido su participación.

Eso lo cuenta Leo Lino, un guía turístico especializado en los pasos del comandante Guevara en Bolivia. Lo cuenta cuando nos encontramos temprano en Vallegrande, a 63 kilómetros al norte de La Higuera. Porque la llamada Ruta del Che, ese recorrido que se ha ido levantando gracias al apoyo entusiasta de Evo, no incluye sólo a este pueblo al borde del camino. Lo más emblemático, de hecho, no está aquí. Sino en Vallegrande, donde Leo Lino se mueve como pez en el agua.

Lavandería superstar
Dice Leo Lino, a las 10 de la mañana, mientras caminamos por Vallegrande:

“Luego de que el Che y dos de sus guerrilleros, el Chino y el Willy, fueron ejecutados en La Higuera, trajeron sus cuerpos en helicóptero hasta aquí. Del aeropuerto los trasladaron en ambulancia hasta el hospital Señor de Malta. Los tres cadáveres los recibió el director del hospital, José Martínez Caso”.

El hospital sigue hoy en funcionamiento y es el único que existe para los 10 mil habitantes de Vallegrande. Esta mañana de martes hay un movimiento frenético de pacientes que ni se detienen frente a la placa que hay subiendo la escalera de acceso y que dice que aquí “el cuerpo del comandante Ernesto Che Guevara fue expuesto por el ejército al pueblo y la prensa para conocimiento mundial”.

Leo Lino dice que era común que los cuerpos de los guerrilleros se trajeran al hospital y se exhibieran. Bolivia estaba ese 1967 bajo dictadura militar y estas exposiciones de cuerpos se hacían con doble propósito, dice Leo Lino: “para mostrar que la guerrilla estaba siendo derrotada y para amedrentar a la población, para que ni se les ocurriera colaborar con el enemigo”.

En uno de los patios del hospital hay un gran mural con el rostro del Che. Lo hizo hace 15 años el artista argentino Mono Saavedra. En uno de sus costados se reproduce la carta de despedida que Guevara les dejó a sus cinco hijos. “Crezcan como buenos revolucionarios”, les pide.

A pasos del mural está el sitio estrella del tour: la antigua lavandería del hospital. Allí se lavó el cuerpo del Che después de ingresar al hospital y allí se expuso después a la prensa y a los habitantes de Vallegrande. Hoy es un sitio de constante peregrinación. Todas las murallas interiores de esta pieza sin ventanas están llenas de rayados y grafitis espontáneos que han ido tapando el original color celeste. Hay allí agradecimientos por favores concedidos, mensajes que llaman a no bajar los brazos, frases encendidas que piden más revolución y mantener vivo el recuerdo.

Al centro de la habitación, el mismo lavadero de piedra donde reposó el cadáver del guerrillero. Allí se tomaron esas fotos que se convirtieron en íconos, esas donde se ve al Che tendido, con el torso y los pies desnudos, rodeado por militares. Ernesto Guevara aparece allí con los ojos abiertos, el cabello largo, la barba crecida. No son pocos los que han comparado esa imagen con la de Jesucristo.

Y Leo Lino cuenta que muchos vienen con respeto casi religioso. Prenden velas, rezan alguna plegaria.

Sí, hay algo místico aquí. Difícil de explicar. Fácil de sentir.

Aunque no es así para todos. Susana Osinaga era ese octubre de 1967 la enfermera jefe del hospital. A ella le asignaron lavar el cuerpo del Che. Hoy, a sus casi 90 años, ella le ha puesto valor a sus recuerdos. Diez minutos de conversación en su casa en Vallegrande cuestan 100 bolivianos (15 dólares). Como ella, varios que vivieron esa época hablan a cambio a dinero. Recordar es aquí un asunto rentable. Por algo, el periodista Alex Ayala escribió hace unos años una crónica cuyo título dice todo: “Los mercaderes del Che”.

La lavandería del hospital , en Vallegrande, donde su cuerpo fue exhibido públicamente.

La lavandería del hospital , en Vallegrande, donde su cuerpo fue exhibido públicamente.

Leo Lino mira el asunto con pragmatismo. Si a alguien le interesan esas conversas, debe apurarse. “A Susana, por la edad, se le están olvidando las cosas”, advierte.

Huesos rojos
A pocos metros de la lavandería está la morgue del hospital. Por fuera tiene otro colorido mural del Mono Saavedra; por dentro sólo una cama de piedra blanca donde se trabajan los cuerpos. Sobre ella, el 9 de octubre de 1967 el cadáver del Che se trató con formaldehído para evitar su descomposición. Eso permitió que pudiera ser exhibido en la lavandería todo el día siguiente. Luego, el 11 de octubre, el cuerpo del guerrillero volvería a esta morgue. Dice Leo Lino: “El gobierno boliviano había pedido que al cuerpo del Che le cortaran las manos y la cabeza; y que se enviaran a La Paz. Pero el militar a cargo aquí se opuso a lo de la cabeza; argumentó que eso no era de un católico como él. Así que esa noche al Che le cortaron las manos y se le sacó una mascarilla de yeso de su rostro”.

Tras eso, su cadáver estaría desaparecido por 30 años. Nadie sabía qué pasó con él. Hasta que ya a mediados de los 90, uno de los militares implicados confesó: lo habían metido en una fosa clandestina con otros seis cuerpos. Cerca del aeropuerto. Se buscó durante dos años, hasta que el 28 de junio de 1997 se encontró. Lo reconocieron porque estaba sin manos y porque sus huesos, al ser tratados con formaldehído, tenían un tinte rojizo. Días después, por decisión de su familia, los restos del Che fueron enviados a Cuba: hoy reposan en un mausoleo en la ciudad de Santa Clara.

Pero en Vallegrande queda la fosa donde los encontraron. Y hasta allá vamos con Leo Lino. En taxi, porque no es tan cerca. Nos bajamos frente a una enorme reja y un cartel que dice: Centro Cultural Ernesto Che Guevara. Es un complejo de varios edificios, casi todos aún vacíos, que el presidente Evo Morales inauguró hace un año. Al final del terreno, pasando una pileta, está la fosa de dos metros de profundidad. Metida en un edificio de techos altos, muchas ventanas y con paredes repletas de fotos del Che. Casi todas de sus días con la revolución cubana.

Mural en el hospital de Vallegrande.

Mural en el hospital de Vallegrande.

Leo Lino termina con una visita al museo, que es pequeño y queda volando en medio del enorme centro cultural vacío. Son apenas tres pasillos con fotografías. Antes de despedirnos le pregunto si este tour no debiera ser gratis. Que si eso no es también mercadeo con el Che. Él se defiende: “Mira, el hijo del Che tiene una agencia en Cuba que se llama La Poderosa Tours y arma paquetes de viaje en motocicleta por la isla, por lugares donde estuvo su padre. Se hacen en Harley Davidson y cuestan cuatro mil dólares. ¿Alguien protesta por eso?”.

El mejor negocio
El camino entre Vallegrande y La Higuera es una sucesión de curvas. Como no hay transporte público frecuente, la mejor manera de llegar es pagar un taxi que cubre la ruta en dos horas y cuesta 250 bolivianos (35 dólares). Al volante va ahora Rolando. Mastica hojas de coca. Y entrega información todo el camino.

Muestra una gran roca. Pregunta a qué se parece. Pide mirarla con atención. Y claro: es la imagen perfecta de la boina del Che. Para no dejar dudas, alguien le instaló una estrella roja. Luego Rolando indica la quebrada de Churo, muy verde entre las montañas. El lugar exacto donde fue apresado el Che después de que un campesino lo delatara. Se puede ir hasta allí en un trekking exigente. Bajar tarda 40 minutos. Pero el camino de regreso, cuesta arriba, demanda un par de horas.

En La Higuera, el Che está en todas las formas posibles: en murales, en rayados callejeros, en estatuas a tamaño real y gigantes también. En las paredes están sus discursos. Hay un museo en el lugar donde estuvo la escuela. Lo abre de mala gana una mujer silenciosa. Sólo habla para cobrar la entrada.

“Usted debe explicar lo que hay aquí dentro”, la reprende Rolando, el entusiasta chofer. Y sin que nadie lo pida, toma el lugar de ella. Muestra la silla donde se supone estuvo sentado el Che y desde la cual lo hicieron pararse para dispararle. No hay evidencias de que eso sea verdad. Pero en este museo, en este ambiente tan guevariano, todo parece posible. Hay fotos históricas, banderas de distintos países con mensajes de aliento, mucho recuerdo que han dejado visitantes conmovidos. En lo alto, otro mural del Mono Saavedra: el Che sonriente y la estrella roja de su boina convertida en sol detrás de la cordillera boliviana.

A una cuadra de allí, sentada a la sombra, está Irma Serrano tejiendo. “Yo conocí al Che”, dice para captar la atención. Y su frase es efectiva. Nos sentamos en su negocio y ella cuenta del día en que lo vio pasar frente a su casa.

Irma serrano, en la higuera.

Irma Serrano, en La Higuera.

“Nosotros teníamos miedo. Los soldados nos habían dicho que podía haber una batalla entre ellos y los guerrilleros en La Higuera. Cuando vimos pasar al Che no sabíamos quién era; de eso nos fuimos enterando con el tiempo. Al Che lo llevaron a la escuelita, allí lo mataron”, dice.

Irma Serrano recuerda que al Che lo sacaron muerto sobre una camilla. Que poco antes, como a la una de la tarde, había llegado un helicóptero. “No lo echaron dentro, sino que lo amarraron con su camilla en una de las patas del helicóptero. En la otra pata iban amarrados otros dos guerrilleros muertos”.

Luego despliega un set de fotografías, las mismas del museo. Le compro una a 30 bolivianos. Aparece el Che antes de ser fusilado. Barbón, serio, con mirada desafiante.

“¿Y la información que le di no me la va a pagar?”, pregunta Irma Serrano, seria.

Le paso 50 bolivianos.

Ella sonríe. El Che es el mejor negocio de La Higuera.

PARA TENER EN CUENTA

* Se puede llegar a Vallegrande desde Santa Cruz. Son cinco horas de camino en un pequeño bus que sale de la plaza Oruro. Cuesta 60 bolivianos (casi 10 dólares). Parte sólo cuando está lleno; y a veces la espera es larga.

* En Vallegrande los tours sobre el Che en la ciudad se contratan en la oficina de turismo frente a la plaza. Ni la lavandería, ni la fosa ni el museo pueden visitarse sin un guía. Cuesta 40 bolivianos (6 dólares) por persona.

* Sobre la fosa del Che cuelgan las banderas de los países de los guerrilleros que combatieron con él: 17 cubanos, 30 bolivianos, 2 argentinos y 3 peruanos.

* 1.500 turistas llegan cada año al tour del Che en Bolivia. El 70 por ciento son latinoamericanos. El resto, europeos.

* Si en Vallegrande queda tiempo libre, vale la pena mirar sus mercados de frutas, verduras y carne. Ofrecen comida al paso.

* Si se ve forzado a dormir en La Higuera, un dato: la posada La Casa del Telegrafista. Además de piezas y alimentación ofrece historia: aquí se recibía la correspondencia y el Che mandaba a sus guerrilleros a buscarla.

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