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Actualizado el 09/01/2017
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Réquiem

Autor: Marcelo Simonetti

Supongamos que sí, que este espacio sea pertinente para escribir lo que escribo. Porque así como cuando hablamos de una casa, hablamos también de la gente que la ha visitado, del lugar de donde llegaron las maderas con las que fue construida, incluso de los sueños del arquitecto que la imaginó, así también cuando hablamos de boxeo hablamos de los combates inolvidables, de los dramas que acompañan a quienes han fracasado en el ring y también de la gente que escribe acerca del deporte de los puños. Estas líneas están dedicadas a una persona que no era un experto en boxeo, pero que sí lo entendía y, me atrevería a decir, lo disfrutaba. Cultivó el oficio de la escritura. La ficción, el ensayo y los diarios lo atraparon por partes iguales. En medio de su extensa obra, el boxeo aparece de tarde en tarde, pero basta -a mí me basta- un par de relatos para invocarlo ahora.

Porque Ricardo Piglia hizo del boxeo la carne de alguno de sus cuentos más sobresalientes. No lo maravilló ni el porte atlético de los campeones ni la gloria que abrazaron los que nacieron en la pobreza para luego ser campeones. Piglia puso el ojo en los perdedores, en los outsiders, en aquellos que luego de perder en el ring siguieron perdiendo en la vida, pero sin quitarse los guantes, o en aquellos que, ignorantes de su destino, fueron arrastrados hacia el mundo del boxeo para terminar derrotados o condenados.

Ocurre en Una luz que se iba, ese cuento que narra la historia de un muchacho que llega desde Bolívar a vivir en una pensión de Buenos Aires, donde debe compartir pieza con un boxeador de 32 años que a los 15 había sido subcampeón en los Guantes de Oro. El cuento es asfixiante porque el boxeador se levanta a las seis de la mañana a dar saltos y a lanzar golpes contra su sombra, cuando no hace abdominales o está tirado en la cama mirando el techo. Pero para el boxeo, a los 32 ya eres un anciano, un hombre acabado, y así se lo dice el muchacho: “Yo no sé cómo no te das cuenta que tenés que largar si no querés acabar inútil o arruinado para siempre. Como esos que terminan pidiendo limosna o vendiendo porquerías, hecho unos peleles…”.

En Mi amigo desarrolla en boca de uno de los personajes una teoría de vida. Al muchacho soñador, Santiago Santos le explica que en Buenos Aires hay que hacer como en el box para sobrevivir: “¿viste el box?, cubrirse y pegar, cubrirse y pegar. Todo lo demás es ballet. Y vos, ¿sabes lo que parece un bailarín de ballet al lado de un boxeador?…”.

En cualquier caso, su pieza mayor es El laucha Benítez cantaba boleros -que contiene una descripción maravillosa de una gloria del ring: “Esa perfecta máquina de hacer boxeo que era Archie Moore”-. La historia es hermosamente trágica. Detalla la relación de amistad entre dos boxeadores, el Vikingo (un peso pesado fino, elegante, con rostro de galán de cine mudo, devenido en luchador de catch) y el Laucha Benítez (un peso mosca casi adolescente que se debate entre la interpretación de boleros y el ring). Fue escrito en 1975 y estoy seguro de que no hubo antes otro cuento que planteara de modo tan refinado y en un mundo tan de machos como el boxeo la cuestión homosexual. Una verdadera joya.

Hay que leer a Piglia por su lucidez, por su profundidad, por que supo hacer de la literatura su alter ego. También por estos cuentos en los que se cuela el boxeo. A pocos días de su muerte, yo lo despido desde este rincón, con casi las mismas palabras que usó para referirse a Archie Moore: lloremos por esa perfecta máquina de contar historias que fue Ricardo Piglia.

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