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Actualizado el 09/01/2018
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El Rey de la Araucanía vuelve al cine

Autor: Pablo Marín

Décadas después de que Carlos Sorín hiciera en Argentina La película del rey (1986), el chileno/estadounidense Niles Atallah estrena un filme sobre Orélie Antoine de Tounens. Lúdica y lírica, la cinta plantea un ejercicio de interpretación histórica.

El Rey de la Araucanía vuelve al cine
Rodrigo Lisboa encarna a Orélie Antoine de Tounens en Rey, de Niles Atallah. Foto: Niles Atallah

En agosto de 1858 desembarcó en Coquimbo el ciudadano francés Orélie Antoine de Tounens, en lo sucesivo conocido también como Orellie, Orllie, Aurelio y Orelio. Hijo de campesinos de la Dordoña (Francia), era abogado masón, se dice que quiso desde niño ser rey y que, no pudiendo serlo en su propio suelo, viajó con poco más que lo puesto a fundar la “Nueva Francia” en lo que los mapuches de ambos lados de Los Andes llamaban -y llaman- el Wallmapu.

A este territorio de lonkos y caciques llegó dos años más tarde, siendo proclamado por varios de ellos Rey de la Araucanía: el 17 de noviembre de 1860 se consagraba la “monarquía constitucional y hereditaria”. Capturado por efectivos del Estado chileno, fue derivado de la justicia civil a la militar y declarado demente, accediéndose en 1863 a su regreso a Francia. Volvió en 1870, con menos suerte: buscado vivo o muerto en Chile, cruzó la cordillera y, tras nuevos fracasos, volvió a Francia, donde murió en 1878.

Orélie quiso un reino y a los mapuche les recordó, en tiempos de república amenazante, la conveniente relación que tuvieron con la monarquía española. Eso, en lo político. En la panorámica histórica, se funden datos duros, incertidumbres y algunas certezas, pero ante todo muchas preguntas incontestadas (¿Fue un agente de Napoleón III?, por ejemplo).

También y por último, hay mucha leyenda. Nada que justifique, eso sí, el que generaciones de chilenos se hayan formado leyendo textos escolares donde Orélie y su reino son una curiosidad despachada en un par de párrafos. Más diente ha puesto la literatura, partiendo por Julio Verne (en Los hijos del Capitán Grant en América del Sur, de 1867). Y otro tanto ha hecho el cine.

En agosto de 1986 se estrenó en Argentina La película del rey, de Carlos Sorín, sobre un cineasta que intenta por todos los medios hacer una cinta sobre Orélie. Tres décadas más tarde, y a siete años de su ópera prima (Lucía), el chileno-estadounidense Niles Atallah estrena este jueves una película de nombre corto que tomó largo tiempo en materializarse: Rey.

Una performance

Rey teje explícitamente una continuidad entre el tiempo de los acontecimientos y el presente de los espectadores. Igualmente, y para abordar a este ser calcificado por la leyenda, se vale de métodos tradicionales (crea una narrativa en orden cronológico, por ejemplo) y otros inhabituales, que le dan al filme una dimensión experimental de la que Atallah, artista de formación, no reniega, pues el acto de experimentar es el que lo lleva a lugares donde no ha estado y a los que quiere llegar.

En conversación con La Tercera, el director y guionista se explica: “No quería hacer una película de época convencional, porque el personaje no es convencional y porque la manera en que se inserta en la historia de Chile y de Latinoamérica, tampoco lo es”. He acá, agrega, “una historia que quedó en medio de las grietas de la historia oficial”.

Pero no piense el lector, confundido por las etiquetas, que este relato rehúye la realidad de los personajes o la materia de la que están hechos. Por el contrario, se formula preguntas acuciantes sobre tiempo, lugar y acción. Y hace de la traducción, tema que el cine tantas veces ignora en pro de que todo fluya, un lugar central: Tounens hablaba un castellano más bien elemental cuando cruzó al sur del Bío Bío y no entendía una palabra de mapudungún. ¿Cómo entendió lo que le decían? ¿Fue engañado por su colaborador chileno, apellidado Rosales, quien contribuyó a su captura? Y si el asunto se amplía a lo que llaman la traducción cultural, el conjunto alcanza cotas insospechadas.

En el arranque de la película, se ve a Orélie conectado con la naturaleza, casi fundiéndose en ella. Más adelante, figura negociando con mapuches, presentándose ante ellos como un “símbolo del futuro”. ¿Quién fue este hombre? Ni Atallah ni su película presumen de tenerlo claro, pero no temen conjeturar.

“Quizá Orélie Antoine se equivocó de profesión y no se dio cuenta que era un artista”, afirma el cineasta. “Vivió la época del romanticismo en Francia, donde sus pares eran gente como Verlaine o Baudelaire. Orélie Antoine tiene ese espíritu de la época, del poeta romántico y que en realidad estaba haciendo una especie de performance”.

Esa es una forma de entrarle a la historia y la película presenta varias. Lo que importa en cada caso, y así parece verlo Atallah, es que nos sorprendamos con lo que nunca habíamos visto.

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