*

Reportajes
Compartida
Actualizado el 17/06/2017
Estás leyendo:Suicidios en Gendarmería

Suicidios en Gendarmería

Autor: Francisco Ubilla

Desde hace 10 años se han registrado 38 casos de suicidios de funcionarios de esta institución, todos jóvenes del centro sur que han sido enviados a trabajar a las garitas de las cárceles de Santiago o el norte de Chile. Según cifras no oficiales proporcionadas por la Asociación de Gendarmería de Chile, Agech, desde 1994 se han quitado la vida 86 guardias, uno cada cinco meses, con tres intentos de suicidios fallidos entremedio. Nada indica que la cifra no pueda seguir creciendo.

Suicidios en Gendarmería

“Mi hijo siempre estaba sonriendo”, comenta la señora Tatiana Espinoza (45) cuando recuerda a Felipe Quintana, un joven gendarme de 19 años, oriundo de San Javier, en la VII Región, quien se suicidó en la cárcel Colina Uno, en agosto de 2016. Ansiosa, se toma y frota las manos en los momentos de silencio y mira al vacío tratando de sonreír. “Me prometí que no iba a llorar”, dice suspirando, pero sus ojos enrojecidos delatan que la emoción está a punto de desbordarla.

Ella aún vive en San Javier. Es un pueblo tranquilo, donde todo el mundo se conoce. Las casas no cierran con llave y es muy común ver las puertas abiertas. La delincuencia es baja y la gente aún confía en los demás.

La gran mayoría de los gendarmes que se han suicidado vienen de este ambiente del centro sur de Chile. Tranquilos y muy cercanos a sus familias. Todos han sido jóvenes, de entre 18 y 24 años, trasladados inmediatamente después de salir de la Escuela de Gendarmería a cárceles de Santiago o el norte de Chile para trabajar en las garitas de vigilancia, donde el 90% de los fallecidos estaba destinado.

El hijo de Tatiana no escapó a aquello: tenía 18 años cuando salió de la Escuela de Gendarmería, es del centro sur de Chile y fue trasladado desde San Javier al penal Colina Uno para trabajar en una de las garitas de vigilancia. Su madre cuenta que él había repetido un par de años en el colegio y, preocupada por su futuro, le inculcó la idea de entrar a Gendarmería. “De esa forma buscaba un futuro para él”, dice.

Siempre sonriente

Por varios rincones de la casa hay fotografías, pero las más grandes siempre son las de Felipe. En ellas aparece sonriendo, lo cual era una de las características de su hijo. “A él le decían el sonrisa perfecta”, comenta. Sin embargo, en la última fotografía que le envió su hijo a su celular, días antes del suicido, no sonreía.

Felipe nunca necesitó de psicólogo hasta que entró a la cárcel Colina Uno. Fue solo a una sesión y la señora Tatiana es muy crítica respecto de la educación que recibió en la Escuela de Gendarmería. “Faltó más disciplina, más conciencia de qué iban a vivir en la cárcel, a lo que se iban a exponer. Y después lo llevan a una de las partes más furiosas que puede haber, como es Colina Uno (…). A los jóvenes que están recién empezando no deberían mandarlos a cárceles tan duras”.

Felipe tuvo que pedir tres licencias cuando estuvo destinado en la cárcel, una debido a una infección por picaduras de chinches y otras dos por celulitis, que es una infección a la piel causada por bacterias.

Un informe de la Corte de Apelaciones, redactado después de que la comisión de visita ingresó a varios recintos penitenciarios, describen condiciones insalubres, “con presencia de chinches y otros parásitos en algunos casos (…). Se observan, además, las precarias condiciones en que pernoctan los funcionarios, sobre todo aquellos más recientemente incorporados, ya que las dependencias por ellos habitadas están en pésimo estado de mantenimiento, hacinadas, sucias y carentes de luz, encontrando incluso basura amontonada en los pasillos y rincones de las dependencias de descanso, situación ésta que en algunos casos no se diferencia mucho de aquella forma de vida que actualmente mantienen los reclusos”.

Una de las principales razones que da la madre de Felipe sobre el deterioro de su hijo fueron las duras y extensas jornadas de trabajo. Según señala, la jornada laboral debería ser de cuatro horas en garita y cuatro horas de descanso, algo que, según ella, jamás se cumplió. “Esas horas no son de descanso, ya que los mandaban para otra parte, o al portón, o al hospital, y así pasaban 18 horas seguidas trabajando. He sabido de compañeros suyos que han estado 24 horas pegados en el hospital”.

Para el secretario general de la Asociación de Gendarmes de Chile, Agech, Jaime Anticoy, esto no es nada nuevo. Han recibido denuncias de gendarmes que han trabajado hasta 30 días seguidos. “Es una vulneración a los derechos esenciales de los funcionarios”, comenta.
Según Anticoy, la Ley 18.834, en su Ar-tículo 80, decreta que la jornada ordinaria de trabajo de los funcionarios debe ser de 44 horas semanales, distribuidas de lunes a viernes, no pudiendo exceder las nueve horas diarias, algo que en Gendarmería no se respetaría, según las denuncias.

“La recarga laboral los lleva a sufrir una crisis emocional insustentable, porque no pueden ver a su familia, porque pierden el arraigo familiar, porque no tienen la contención familiar al estar muy apartados de su residencia. En un día franco no alcanzan a tener un apego emocional familiar.

Muchas veces no pueden tener un contacto con su propio padre en seis o siete meses. Eso los lleva a tener una crisis emocional insustentable que solo se logra comprender en los preceptos de esclavitud”, comenta este dirigente sindical.

Un suicidio frustrado

Diego no se llama Diego. Es un gendarme oriundo del centro sur de Chile que se intentó suicidar, pero falló. Su nombre verdadero prefiere mantenerlo en secreto, al igual que su rostro. Dice no tener miedo ni nada que perder, pero protege su verdadera identidad “por si acaso”, comenta.

En una cafetería -donde accedió dar su testimonio- comenta ser una persona reservada, de pocas palabras. Pide un café y, mientras habla con frases cortas, revuelve constantemente la taza que se desborda sin parar. Su mente está clavada en la memoria.

“Dentro te vuelves insensible: si ahora muriera alguien en la calle no me produciría nada”, afirma sin tapujos.

Después de su intento de suicido, los exámenes psicológicos arrojaron que sufre un “trastorno de personalidad”. Al no existir exámenes psicológicos previos es imposible comprobar que dicha condición haya surgido dentro de la institución. Ahora está con vacaciones, pero al volver será dado de baja, como muchos de los gendarmes que han intentado suicidarse, según nos cuenta. No hay ayuda psicológica posterior, ni pensión de invalidez, y tampoco tendrá algún tipo de jubilación anticipada, ya que en Gendarmería sólo se puede recibir ese beneficio después de 20 años de servicio, algo que ninguno de los jóvenes funcionarios puede aspirar. Para Diego, ellos son dejados a su suerte.

Según Pablo Jaque, director de Agech, hay negligencia por parte del Estado en no trabajar una política psicosocial preventiva, en la que se pueda resguardar la integridad física del funcionario desde el momento en que ingresa a la institución, “No existe una preocupación del Estado en resguardar y velar por la política del funcionario que lleva menos de 20 menos años de servicio”, señala.

Por lo general, comenta Jaque, los problemas psicológicos de los funcionarios se van desarrollando en Gendarmería, la que no tiene la capacidad de contención de dichos problemas. La Región Metropolitana cuenta con dos psicólogos y en las demás regiones solo hay uno por zona, salvo Magallanes, que no cuenta con ninguno. En un universo de 3.500 funcionarios, la atención psicológica se vuelve escasa, ya que, además, los profesionales están enfocados en la salud mental de los reos.

“El trato entre compañeros es de delincuentes”, comenta Diego, en referencia al clima laboral. “Hay un respeto mínimo, donde te tratan con insultos y te roban. Al final, uno se empieza a acostumbrar a que te traten mal. A no tener tiempo libre y no poder hacer nada con la vida de uno, se deja de tener sentimientos y se refleja con la familia y amigos”, dice.

Cuenta que vio droga dentro de los penales, usadas como excusa para soportar las extensas jornadas laborales. Algunos, como dice él, se “psicopatean” cuando empiezan a trabajar en las garitas bajo la influencia de las drogas. “Garita es estresante. Por los problemas que uno puede acarrear, subir a las cuatro horas de garita es pensar en si me mato o no me mato. Yo creo que la gran mayoría de los funcionarios ha pensado en matarse. Estás arriba con dos armamentos, con cuatro horas solo para pensar, y es ahí cuando empieza el ‘psicoseo’, por sus propios problemas y por las drogas que los vuelven paranoicos”, reflexiona.

Sin embargo, enfatiza que no son las drogas, sino el estrés laboral el mayor detonante de los suicidios. Se intentó quitar la vida con una sobredosis de fármacos, después de meses de intenso trabajo, problemas familiares y la muerte de su hija. Se culpó por mucho tiempo no poder estar al lado de su gente. Ya no quería más, solo dormir y olvidarse de todo. Ahora, de vuelta en su pueblo, declara sentirse libre. “Antes estaba infeliz y miserable”, recuerda.

La angustia de Felipe

La señora Tatiana recorre la habitación de su hijo con nostalgia. Estira el cubrecama verde con la insignia de Gendarmería y por varias partes de la habitación hay recuerdos de la estancia de Felipe en esa institución. Abre las cortinas y confiesa que hace mucho tiempo que no dejaba entrar la luz a la casa. Para ella se fue el pilar emocional fundamental de la familia.

Pablo Jaque también es de San Javier y la muerte de Felipe le llegó muy profundo. Para él, la indiferencia del Estado al trabajo de Gendarmería es su gran preocupación, ya que es una profesión que, a su juicio, no ha sido valorada por el Estado. “Los funcionarios son un número más, que entran con una gran expectativa a la escuela y al poco tiempo de andar se dan cuenta de que están en un ambiente totalmente vulnerable, lleno de violencia, donde el desarraigo familiar es permanente, donde pasan días y días sin ver a su familia, sin contención psicosocial, sin apoyo de la familia, muchos son padres a temprana edad y no pueden ver a sus hijos. Son todos estos factores que el servicio no ha previsto y no se le ha dado un apoyo contante. Creemos que si hubiera una política permanente de acompañar a este funcionario, como profesionales en las unidades penales de mayor complejidad, sería de gran aporte para la salud de los funcionarios. Pero eso no existe”, asegura.

El examen toxicológico de Felipe arroja un gran consumo de drogas. Específicamente las usadas para estabilizar a un paciente en estado de shock. Sin embargo, su madre insiste en que le informaron que en la sangre de su hijo habían encontrado cocaína, marihuana y heroína. Ninguna aparece en el informe del Servicio Médico Legal.

Para ella, todo es confuso. A veces piensa que su hijo estaba muy presionado, quizás para callar un tráfico interno de drogas o que fue usado como “burrero” para entrar estupefacientes al penal, según indica. Busca teorías, pero no encuentra respuestas fuera de su instinto de madre. Sin embargo, lo que enfatiza su confusión es que nunca vio un cambio significativo en el comportamiento de su hijo, salvo en su última visita a San Javier. “El único cambio que noté fue cuando se tuvo que ir de aquí: se fue triste. Eso me decía su cara, que no se quería ir. Estaba estresado”. Lo único claro para ella es que Felipe llevaba 20 días en la garita sin tener un día de descanso.

Comentarios
Cargar comentarios
Papel digital