Cambiar de equipo de fútbol... ¿Y por qué no? Porque la preferencia por un club y por un deportista se fragua a los 10 años. Y renegar de esas elecciones después, dicen los entendidos, es renegar de un vínculo que radica en las raíces de la historia personal y en la construcción de la identidad.

Cambiar de equipo de fútbol... ¿Y por qué no?

Porque la preferencia por un club y por un deportista se fragua a los 10 años. Y renegar de esas elecciones después, dicen los entendidos, es renegar de un vínculo que radica en las raíces de la historia personal y en la construcción de la identidad.

por José Miguel Jaque - 23/03/2013 - 12:14

UN PADRE, fanático de Boca Juniors, le dice a su hijo en su lecho de muerte: "Hijo, ahora que me estoy muriendo tengo que decirte algo... Me voy a hacer hincha de River". El hijo, atónito, no entendía nada: "Viejo, ¿estás loco? ¿¡Cómo te vas a cambiar a River!?". El papá respondió: "Sí… prefiero que se muera un hincha de River a que se muera uno de Boca". ¿Lo conoce? Es un clásico chiste futbolero y toca, en tono de broma, una situación que rompe los códigos de los hinchas: cambiarse de equipo. No hay dos opiniones: cambiar de camiseta es una traición… para casi todos.

No lo fue para Kevin O’Donnell, quien en una reciente columna en The Guardian lanzó, tal vez con desparpajo, la siguiente frase: "Podemos cambiar de esposas, de trabajo y de religión, así que ¿por qué tenemos que permanecer fieles a un club de fútbol que comenzamos a apoyar cuando éramos niños?". O’Donnell sumaba más de 30 años siendo hincha del mismo club inglés (que no mencionó), con la moral por el suelo, aguantando que los dueños culparan a los árbitros de los sucesivos fracasos. La gota que rebasó el vaso fue ver cómo un delantero que había tenido un "comportamiento sórdido" recibió una extensión de su contrato. Hasta ahí llegó su "hinchismo".

El posteo tiene casi 300 comentarios y la mayoría condena su actitud. "Si lo has apoyado desde la infancia, entonces el club se convierte en parte de ti, como en tu familia. Puedes tener sus altibajos, rechazar algunas cosas… Pero en realidad no te puedes cambiar. Ellos son tu familia. Son tu club", le posteó RedRiverTrent.

Las reacciones, en todo caso, eran de esperar. En la fauna futbolera y deportiva en general, los tipos como O’Donnell son condenados, en el mejor de los casos, a la burla, pero la mayoría de las veces, al insulto y al desprecio. ¿Por qué los hinchas del fútbol no aceptan el cambio de camiseta? ¿Por qué no es aceptable caminar por la calle con una camiseta blanca y, a la semana siguiente, con una azul (o viceversa) como si nada?

Porque se trata de un vínculo estructurado sobre la base del cariño a una institución, a su tradición, y que tiene raíces en la historia personal y en la construcción de la identidad, explica León Cohen, siquiatra y ex arquero de la U. de Chile y de la Sub 20 a principios de los 70. Por eso, quienes se cambian de equipo no sólo rompen un código deportivo, sino que pasan por alto un atributo cada vez menos común: la lealtad.

El fanatismo por un equipo exige una lealtad como ningún otro aspecto de la vida, dice Edward Hirt, profesor del Departamento de sicología y Ciencias del Cerebro de la U. de Indiana (EE.UU.). "De hecho, una de las facetas más interesantes del fanatismo es que los hinchas tienen un fuerte sentido de orgullo por su lealtad a sus equipos durante tiempos de crisis o de bajo rendimiento", comenta Hirt a Tendencias.

No es todo. Como los aficionados tienen lazos profundos con otros hinchas, cambiar de equipo es como dejar atrás a los compañeros de afición y las amistades, dice a Tendencias Michael Serazio, profesor de la U. de Fairfield (EE.UU.).

Sí, pues. Porque en tiempos de euforia, cuando se escucha We are the Champions por los parlantes del estadio, todos se sienten pasajeros del "carro de la victoria". Pero sólo la lealtad entrega pasaje a ese carro: el hecho de mantenerse fiel cuando el equipo no tuvo éxito, fue blanco de burlas de los rivales y vio su nombre envuelto en escándalos, da el pase.

Si la lealtad en el tiempo es respetada y admirada por los hinchas, quebrantarla es considerado una traición. "Hacerse hincha de un antiguo rival o ir en contra de tu antiguo equipo es algo muy chocante", insiste Hirt. Aún así, hay quienes lo hacen. ¿Qué pasa con ellos?

 

Para la galería

"Me cambié de Colo Colo a la U hace un año. Mis amigos de la U me creen; los que me conocen de antes me dicen que soy un vendido. Me han tratado de maricón para arriba, pero ya me da lo mismo", dice José (29, abogado y que prefiere omitir su apellido). Su historia es la siguiente: se hizo hincha colocolino cuando tenía ocho años y el equipo de Mirko Jozic acababa de ganar la Copa Libertadores.

No es un dato menor: Jeffrey D. James, profesor de gestión deportiva en la U. Estatal de Florida, concluyó que sólo cuando los niños están entre los nueve y 10 años, después de haber desarrollado la habilidad del pensamiento operacional concreto, son capaces de desarrollar un apego emocional a largo plazo a un deporte primero, a un equipo después, y a un deportista más tarde.

"La gran mayoría de los niños era del Colo en ese tiempo. Yo vivía en Punta Arenas y la ciudad no tenía un equipo fuerte", dice José. Ya en Santiago, seguir siendo colocolino le abrió las puertas del carrete. "Si eres de un equipo de fútbol te beneficias con todo lo que rodea el fútbol, como los asados y las juntas con amigos", agrega. En su nueva versión, como hincha del archirrival, dice que se siente parte de un grupo con más mística y que eso le gusta.

"Eso es ser como Zelig, el personaje de Woody Allen, que se mimetiza en aquellos ambientes donde ve conveniencia para sus fines", comenta Cohen. Pero… ¿Se puede ser fanático de una camiseta y después otra? Difícil. "Esas personas cambian porque no hubo amor antes y tampoco lo hay ahora. Se trata de un impulso por conveniencia. Por eso puede cambiar, ir por la vida como si nada y justificarse ideológicamente con conceptos teóricos, pero no desde la identidad ni desde el sentimiento del hinchismo profundo", dice Cohen.

Cambiarse de equipo acá se puede dar porque no es un país tan futbolizado, dice Eduardo Santa Cruz, académico de la U. de Chile y autor de Origen y futuro de una pasión: fútbol, cultura y modernidad. Y describe a quienes lo hacen.

Son parecidos a José: profesionales, de 30 años o más, de cierto tipo de ingreso (clase media emergente) y para quienes el fútbol es un consumo más. No tienen idea de cómo es el sistema del descenso, pero sí les interesa saber el rival de turno. Van al estadio para los partidos importantes como quien va al recital de cualquier grupo que viene al país.

"Es un fanatismo más light. Les gusta el fútbol para tener tema de conversación y para sentirse integrado. Pero a un hincha fanático el asado le molesta, se le quita el hambre cuando está viendo el partido de su equipo", agrega Santa Cruz.

"La gente no olvida la deslealtad. A mí siempre me la sacan en cara", cuenta Alex Mercader (27). El era el orgullo de sus primos grandes, que lo llevaban al Estadio Monumental cuando era chico y que incluso llegó a probarse en el equipo blanco. Pero a los 14 años dejó los zapatos de fútbol y la camiseta blanca. Hoy es de la U. "Hoy no cambiaría a la U por nada...".

 

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