Los mejores sitios para ver ballenas en Chile

Casi se extinguieron, pero las ballenas están de vuelta y el whale watching se arraigó en las costas chilenas como una opción imperdible para grandes y chicos. Hay alternativas de norte a sur y para todos los bolsillos. Ya no hay excusas para perderse a estas gigantes.

por Evelyn Pfeiffer, para el suplemento de Tendencias - 03/12/2011 - 09:00

SON GIGANTES, pacíficas, curiosas y se puede decir que poseen una "belleza exótica", gracias a sus cuerpos obesos, cabezas con callosidades y bocas barbudas. Su fama es indiscutida, no existiendo otro animal que genere tanto apoyo popular, tratados internacionales para su conservación y un flujo de turistas tan alto a nivel mundial (mueven más de 13 millones de viajeros al año por el mundo).

Las razones abundan para impresionarse con estos animales. Por ejemplo, son los únicos mamíferos completamente acuáticos (nacen, comen y hasta duermen en el agua), tienen uno de los cantos más complejos del reino animal (¿Quién no recuerda a Dory en Buscando a Nemo tratando de hablar ballenés?) y uno de sus representantes más emblemáticos, la ballena azul, es el animal más grande que vive y que ha vivido en la Tierra. Sí, más grandes que los dinosaurios.

Sin embargo, para entender realmente por qué impresiona y simpatiza tanto una ballena, hay que estar ahí: emocionarse al ver el primer soplo en el horizonte y que su corazón se acelera de golpe cuando escucha una estremecedora respiración a sólo metros de distancia. Ver cómo se acercan poco a poco y darse cuenta de que ellas doblan en tamaño su frágil embarcación y que podrían darla vuelta si quisieran. Tomar confianza poco a poco, porque no son agresivas, pero sí extremadamente curiosas. Observar cómo se mueven y sumergen, mostrando su gigantesca cola para ser fotografiada. Ver que, a pesar de su tamaño, hacen acrobacias e incluso saltan levantando sus 40 toneladas de peso, salpicando litros y litros de agua como en cámara lenta.

Hay que estar ahí para ver las reacciones de los que observan: caras de emoción, garabatos, gritos, aplausos e incluso abrazos de felicitación como si fuera un triunfo personal. Y, finalmente, hay que estar ahí para saber que uno es un afortunado y estamos viendo a una sobreviviente, una especie que logró resistir a la industria ballenera que casi las llevó a la extinción.

CHAÑARAL DE ACEITUNO: DESCANSO EN ATACAMA
Cada año, entre noviembre y abril, las ballenas migran desde las aguas cálidas de Centroamérica hacia la Antártica, para alimentarse. En el área norte de la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, la corriente de Humboldt posee abundante alimento, por lo que las ballenas suelen hacer una detención en su ruta migratoria. De esta forma es posible ver ballenas minke, azul, fin, franca austral, jorobada y otros cetáceos como cachalotes y delfines, especialmente el delfín nariz de botella. Para salir a observar ballenas, simplemente hay que hablar con los pescadores de la caleta, que cobran aproximadamente $70.000 por una embarcación para hasta 10 personas.

Una ganga y de fácil acceso, ya que se puede llegar en auto por un camino de 78 km que se desvía de la Ruta 5 Norte (a la altura de Domeyko, Km 630) o tomar un camino costero que se abrió el año pasado desde Punta Choros.

PUÑIHUIL Y MELINKA, TERRITORIO AZUL
Tras la matanza de la industria ballenera, hubo largos años en que no se registró ningún avistamiento de estas ballenas en los mares chilenos. Pero hace aproximadamente una década comenzamos a ser testigos de un milagro: las gigantes azules estaban de regreso.

Hoy, el Golfo Corcovado y el noroeste de la Isla de Chiloé es reconocido por la comunidad científica internacional como el área con el mayor índice de avistamientos de ballenas azules en todo el hemisferio sur. Se dice que no hay más de 3.000 en todos los mares del mundo, pero en esta zona se estima una población de más de 300 ejemplares y ya hay 159 individuos identificados fotográficamente.

Verlas no es fácil. Es una zona muy extensa, de mar siempre tempestuoso y clima adverso, donde hay que tratar de localizar a estos animales de nado rápido y que apenas salen a la superficie un minuto para respirar y volver a desaparecer en las profundidades del mar. Por su tamaño no son animales acrobáticos, ni juguetones, pero ya con verlas y escuchar su poderosa respiración, es motivo suficiente para emocionarse y poder dormir en paz.

¿Dónde encontrarlas?
En Caleta Puñihuil, a 25 km al suroeste de Ancud, se encuentra la asociación de microempresarios Ecomarine Puñihuil (www.ballenaschiloe.cl), quienes acaban de inaugurar una embarcación apta para navegar en alta mar con ocho pasajeros.

Cuentan con la asesoría directa del Centro de Conservación Cetácea, quienes realizan una charla de inducción y apoyan con observación terrestre para entregar coordenadas exactas al barco de dónde se encuentran las ballenas. Desde $95.000 por persona.

La otra opción es Melinka, en el archipiélago de las Guaitecas, Región de Aysén. La empresa Archipiélagos de la Patagonia (www.adelapatagonia.cl) ofrece distintos programas turísticos a bordo de la Petrel IV, una robusta embarcación con capacidad para 28 pasajeros. Para llegar a Melinka se puede tomar una barcaza desde Quellón (www.navieraustral.cl) o en avión desde Puerto Montt (www.aerocord.cl).

PARQUE FRANCISCO COLOANE, PARAISO DE JOROBADAS
Este sitio ubicado en el Estrecho de Magallanes, a unas siete horas de navegación desde Punta Arenas, es lejos el mejor lugar para ver ballenas en todo Chile por varias razones. La primera es su abundante población de ballenas jorobadas (se han registrado más de 100 ejemplares en la zona), cetáceos muy activos y fotogénicos que muestran su cola al sumergirse, saltan y suelen dar fuertes coletazos contra el agua. Un espectáculo de la naturaleza asegurado.

En segundo lugar, el avistamiento se da entre canales rodeados de bosques nativos, montañas imponentes, glaciares cercanos, la luz perfecta que acompaña estas latitudes y un cielo impetuoso, al que le gusta cambiar de azul a negro en cosa de minutos y regalar arcoíris hasta aburrirse. La tercera razón es que el área de observación es acotado y se observan, en general, en torno a la Isla Carlos III, lo que dispara las probabilidades de tener uno o muchos avistamientos.

En cuarto lugar se puede conocer el trabajo de los científicos en directo en la isla, donde monitorean y estudian a estos cetáceos, intentando averiguar por qué se quedan en estos mares. Normalmente las ballenas jorobadas migran hasta las gélidas aguas antárticas para alimentarse, pero, por alguna razón aún desconocida, algunas deciden quedarse en el Estrecho de Magallanes, suceso que convierte esta zona en el único sitio del hemisferio sur donde se alimentan ballenas jorobadas fuera del continente blanco.

Y, por último, gracias a su difícil acceso, este es un turismo no masivo (olvídese de ver más gente que la de su expedición), lo que permite un contacto directo entre el hombre, la naturaleza y estos animales.

Hay dos alternativas para visitar la zona. Una es el M/N Forrest, un cómodo barco que realiza una travesía de tres días, donde además se visitan glaciares y se realizan varios desembarcos en la sorprendente Isla Riesco. Desde US$959 p.p. Una buena idea -y más conveniente para el bolsillo- es chartear el barco, eligiendo su propio itinerario. www.expedicionfitzroy.com, F: (61) 613933. La otra alternativa para conocer este lugar es con la empresa Whalesound (www.whalesound.com), quienes tienen un ecocamp en la isla Carlos III, junto a la estación científica. Desde US$900 p.p.

ANTARTICA, AVISTAMIENTO CARA A CARA
Son siete las especies de ballenas que migran cada verano a aguas antárticas para alimentarse: minke, azul, pigmea azul, fin, sei, jorobada y franca austral.

La empresa chilena Antarctica XXI (www.antarcticaxxi.com) combina un avión con un barco de expedición para visitar el continente. Se toma un vuelo desde Punta Arenas a la Base Aérea chilena Frei y allá uno se embarca para comenzar la aventura por la costa occidental de la Península Antártica, que suele ser frecuentada por ballenas jorobadas.

¿Lo mejor?
Todos los días se realizan expediciones en zodiac, lo que permite encuentros con estas gigantes a nivel del mar, cara a cara, a sólo centímetros de ellas. Si le parece muy temerario, lo importante es aprender a confiar que estos animales no son agresivos y que, básicamente,  quieren hacer lo mismo que está haciendo usted: acercarse para observar a una especie diferente.

¿BALLENAS O DELFINES?


En palabras sencillas, hay dos familias de cetáceos: sin dientes y con dientes. Los misticetos son las ballenas, quienes tienen cientos de láminas flexibles en su boca llamadas barbas o ballenas. Aquí se encuentran los rorcuales, como la azul y la jorobada, y los balénidos, como la ballena franca. Dentro de los odontocetos hay cuatro grandes familias: los delfines (la orca es el más grande de ellos), cachalotes, zifios y marsopas.

OTROS CETACEOS EN CHILE


Punta Choros. En la Región de Coquimbo es famosa por sus pingüinos y delfines nariz de botella, la misma especie de shows acuáticos. Sobrecoge verlos saltando libres y haciendo acrobacias.
Isla Mocha. El cachalote es el más grande de los odontocetos y uno de los más difíciles de ver, porque pasa gran parte del tiempo sumergido. Moby Dick está basado en una historia real sobre un feroz cachalote albino llamado Mocha Dick.
Raúl Marín Balmaceda. El delfín austral o tonina juega en la estela que dejan las lanchas. Es posible verlo en todos los fiordos australes, destacando las aguas que circundan este pueblo de Aysén.
Estrecho de Magallanes. A 170 km de Pta. Arenas está Punta Delgada, donde se toma el ferry a Tierra del Fuego. Aqui se reúne una gran cantidad de toninas overas, uno de los delfines más pequeños, juguetones y hermosos.

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