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Actualizado el 18/02/2012
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Un mundo de libros

Autor: Alfredo Jocelyn-Holt

Me pregunto, pues, quiénes y con qué propósito mal parido han decretado que los libros están por desaparecer. 

HAY LIBRERÍAS Y librerías. La Seminary Co-Op Bookstore, al frente del principal cuadrángulo de la Universidad de Chicago es, a primera vista, cero ostentosa, más bien espartana, conventual; después de varias horas de vagabundeo por sus estanterías, eso sí, resulta excepcional.

El único lujo de la librería es el edificio donde se ubica. Un viejo seminario teológico de los años 20, con capilla, claustro, torre y campanario, que en un par de meses pasará a albergar al Becker Friedman (por Gary Becker y Milton Friedman) Institute for Research in Economics. A la librería, situada en un subterráneo, se baja tras entrar desde la calle por un vestíbulo abovedado con arcos ojivales, todo en neogótico, el estilo del campus. Un muy buen neogótico, no precisamente Oxbridge, pero hasta quizá más  teatral.

Nada de sillones, café y otras distracciones, sólo libros y libros en este lugar. Más de 100 mil nuevos títulos en humanidades y ciencias sociales. Todos expuestos en una suerte de vientre laberíntico de 14 salas, varias subdivididas, conectadas por pasillos estrechísimos de apenas un metro como mucho, con pequeños desniveles de cuando en cuando. Las tuberías de la calefacción al descubierto, los techos bajos y, horror vacui total, ningún espacio libre, ningún libro a tapa descubierta (salvo los de una sola gran mesa de “novedades” con fácil 50 títulos desplegados). El resto, todos a lomo seguidos y apretados. De modo que quien los libera, compra y lleva los hace respirar: esa es la idea.

A diferencia de casi todas las librerías a que uno se acostumbra (las chilenas, por lo general, entre las peores del continente) ésta no es un depósito ni tampoco una vitrina de libros. Se supone que el lector sabe lo que busca; de lo contrario, se ahoga. Decía que no hay un hueco vacío; pues bien, aún más insólito es que no se repitan los ejemplares: no hay copias de un mismo título, con lo cual la muestra se vuelve todavía más extraordinaria. Y lo que no tienen lo consiguen. A su vez, el orden en que se sitúan es tanto temático como alfabético dentro de una misma categoría. Por ende, a menos que uno entienda del tema, se perderá.

La Seminary Co-Op cuenta con una clientela base (es una cooperativa que data de 1961) con sobre 45 mil accionistas. No es una librería para gente que sólo “lee” en sus vacaciones de verano. Está pensada para lectores asiduos, y si son miembros de la Universidad, lectores que pueden acceder a la Regenstein, la biblioteca principal, y sus ocho millones de volúmenes. Una librería, pues, a la escala de una comunidad sofisticada en constante demanda de nuevas ediciones. Basta recorrer las calles aledañas y mirar desde afuera de las casas y departamentos para apreciar las bibliotecas personales donde van a parar los libros comprados. En el edificio donde vivo, mis vecinos están suscritos al Times Literary Supplement, al Scientific American y al New York Review of Books, fuera de que a diario llegan remesas de libros comprados online (quedan tirados a la entrada y nadie se los apropia indebidamente).

Hay tres otras librerías en el barrio de Hyde Park, dos de libros usados, igual de excepcionales en su rubro. Me pregunto, pues, quiénes y con qué propósito mal parido han decretado que los libros están por desaparecer.

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