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Opinión
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Actualizado el 17/09/2017
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Un vino de elite…

Autor: Ricardo Hepp

El vocablo francés “élite” fue acogido inicialmente por la Academia de la Lengua sin acento gráfico, lo que significaba que la palabra debía pronunciarse como grave, con su e final bien clara: elite. La lectora Inés Campos dice que “con frecuencia encuentro la palabra con y sin tilde, lo que induce a confusión”.
Las dudas se presentan porque este galicismo ha penetrado en muchas lenguas por cómodo y práctico. Y, por la grafía de la voz en francés “élite” (con tilde), muchos hablantes interpretaron que se trataba de una palabra esdrújula y, sujetándose a las normas del español, la escriben y pronuncian así. Los diccionarios académico y panhispánico de dudas recogen las dos formas, tanto élite como elite, y por lo tanto ambas son -en la actualidad- válidas y apropiadas.
Elite (ahora en español) es una buena abreviación de “lo más distinguido y selecto” o también de “minoría selecta o rectora”. Ejemplos con o sin tilde los encontramos a diario… y también en el diario: “esos atletas son deportistas de élite”, “el escritor es miembro de una elite intelectual”, “la unidad 10, el grupo militar de élite de Evo Morales…”, y “las teorías sobre las elites políticas surgieron en Europa (…)”. O bien, “para fiestas patrias te recomiendo este Merlot, que es de elite entre los vinos chilenos”.
Aun así, Fernando Lázaro Carreter, notable exdirector de la Real Academia Española (RAE), sugería en su libro “El dardo en la palabra”, que en nuestra lengua podemos usar elite o élite -ya sea como palabra grave o esdrújula-, pero nunca pronunciar “elit”.

Error evidente
El artículo de opinión, titulado “Cada día puede ser peor”, publicado en la página 6 de La Tercera del 12 de septiembre contiene un grueso yerro. “¿De quién es la responsabilidad? ¿de quien escribe o del editor/revisor/corrector?”, pregunta el lector Samuel Barros, “porque el término ‘alagüeños’ se ve muy feo”.
Cierto, feo. Las responsabilidades son compartidas. Que haya un editor, que revisa y corrige el texto, no significa que el autor no deba hacerlo. En una lectura cuidadosa, cualquiera de ellos habría descubierto el error, porque es muy evidente. El texto dice “Sucesos nada alagüeños para la Presidenta considerando que aun falta el Te Deum que celebra la Iglesia Católica (…)”.
El adjetivo halagüeño tiene dos definiciones en el diccionario académico: 1. “que da muestras o indicios de que una cosa tendrá éxito o causará satisfacción (son resultados muy halagüeños”; y 2. “(hecho o dicho) que halaga o satisface el orgullo o la vanidad” (ella habló de ti en términos halagüeños).
Y, un agregado al margen: en español tedeum se escribe junto, sin tilde y con minúscula.

Lapso de tiempo
La lectora Virginia Solís señala que el 15 de agosto, junto a la información titulada “Iglesia: la despenalización es un eufemismo”, hay una columna con puntos destacados. Una de ellos indica que “10 minutos será el lapso de tiempo que tendrá cada expositor para defender su postura ante los miembros del TC (…)” Y, pregunta: “¿Una redundancia?”
Cierto. Tanto “lapso de tiempo” como “período de tiempo” son expresiones redundantes. Pero, aunque “generan ruido” (suenan feo), ambas se pueden emplear porque así lo dispone el diccionario.

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