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Actualizado el 01/12/2017
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Vida de soltero

Autor: Ignacio Bazán

Ignacio Bazán tiene cerca de 40 años, es periodista de Reportajes de La Tercera y luego de terminar una relación larga e importante, dedicó su tiempo libre a tratar de volver a encontrar el amor. Como estaba fuera de práctica y los tiempos han cambiado, se tuvo que poner al día con los códigos de Instagram, Tinder y el sexo casual. La experiencia lo llevó a escribir Volver al mercado, libro que acaba de salir a la venta. Esta es una parte del capítulo “La guerra y la paz”.

Vida de soltero

 

Cuando uno repasa mentalmente, cuando uno pasa lista, o trata de clasificar los tipos de hombres que hay, uno llega a la conclusión de que hay hombres que nacieron para ser Suiza. El yerno ideal, los tipos que están enamorados del amor, los que dejan de ir al estadio cuando se casan, los que ponen a la familia por sobre todas las cosas, todos esos son Suiza. Son monjes en estado zen, santos, misioneros del amor. Admirables los suizos, uno quisiera ser como ellos, aunque sea un poco.

La trampa viene acá. Buena parte de las mujeres creen que les encantaría encontrar la seguridad y la paz de Suiza, y una vez encontrada, quedarse a vivir ahí. Ese es el sueño y algunas tienen la suerte de alcanzarlo. Una aldea en los Alpes, irse a acostar a las siete de la tarde, desayunar mirando el lago, vivir sin grandes sobresaltos, todo eso suena bien. Hasta que se dan cuenta de que necesitan movimiento, luces y tráfico. Estar en Nápoles, Cali, Nueva York o, derechamente, Cisjordania. El tipo malo, el que no le importa nada. O el tipo difícil de agarrar, el que está encontrando su camino.

Por lo anterior, ser Suiza no te garantiza nada, porque lo que tienes que hacer es encontrarte una pareja que quiera vivir ahí. Y nada, son pocas las que están hechas para una vida plana. Lo mismo pasa al revés. Hay mujeres sobrecogedoras y lindas que se ofrecen para ser la Suiza de nuestras vidas. Lamentablemente, eso casi nunca funciona.

Una amiga me contaba que llevaba 15 años con un tipo. Se habían casado pasado los 30 y, cuando decidieron tener su primer hijo, no pudieron. Ella se tuvo que hacer tratamientos e incluso le dijeron que no iba a poder ser madre. Hasta que de repente, cuando menos lo esperaba: milagro. Había quedado embarazada. Ella y su pareja iban a ser padres pasados los 35. Situación ideal. “Final feliz”, dirán algunos. Pero no. El hijo no había cumplido un año y el tipo colapsó, no quiso más, quería irse y lo hizo. Mi amiga no tuvo la más mínima señal. Y claro, lo que probablemente le pasó al tipo es que se cansó de la estabilidad de vivir en Suiza, de tener las cosas resueltas, estructuradas. Armadas. Y se fue. Probablemente a buscar un poco de caos.

Es una cosa humana. Algunos están cableados para vivir domesticados por tiempo indefinido. Otros, como este tipo, lo sepa o no, tiene fecha de expiración para vivir en la civilización. Esposa, hijo, familia. De repente, las respuestas no estaban ahí. Al menos no todas.

También están los hombres Suiza-engañosos, aún más extremos. Una vez escuché una historia de un matrimonio de más de 25 años casados y varios hijos. El tipo era el clásico padre de familia medio ñoño, con la lapicera en el bolsillo de su camisa a cuadrillé, un hombre que no decía nada, que se sentaba en su rincón del living a leer el diario esperando a que le sirvieran la comida. Ocasionalmente, por su trabajo, el hombre tenía que viajar y se ausentaba varios días de la casa. Era su pega, todos lo entendían y nadie lo cuestionaba. Hasta que su señora recibe una llamada extraña. Le dicen que su esposo no sólo tiene una amante, sino que además tiene hijos con esa persona. Ese mismo día, el tipo piola, el modelo de marido, confesó que llevaba una doble vida, que cuando le tocaba viajar en realidad se quedaba en la misma ciudad y se iba a pasar las noches a casa de su amante, en otro barrio, pero a 15 minutos de donde vivía su familia oficial.

Suiza dejó de ser Suiza para su familia y se tuvo que ir de la casa y pasó a ser el hombre titular de la otra mujer, la de su antigua vida paralela. La paz, a veces, no es lo que parece.

Por otro lado, es en las guerras, cuando somos Cisjordania, en que conocemos la verdadera naturaleza humana. Es ahí donde tenemos la posibilidad de testearnos a nosotros mismo y aprender de qué estamos hechos, aunque lo pasemos mal. Además, es en las guerras cuando la gente se junta a tener sexo con desesperación, como si el mundo se fuese a acabar, porque claro, siempre se puede acabar, es una posibilidad. Los Beatles, los Stones y los Who nacieron en plena segunda guerra mundial y las guaguas no pararon de nacer durante esos años. Eso es por algo.

Es en todo este enredo de ser Cisjordania cuando uno deja una cantidad importante de heridos —más bien heridas— en el camino. Cuando saliste del estado de paz y llegaste a la batalla, te pones una coraza. Si lo pasaste mal tratando de ser Suiza, no vas a querer que te agarren desprevenido y te conviertan de nuevo en Suiza. O en el Principado de Mónaco. No. Hace bien pelear y al menos, por un rato, vas a querer seguir peleando. Salir allá afuera, entrar a un bar y ver qué pasa. Mandar un mensajito, meter onda por Instagram o Facebook, sin tener compromiso en ninguna parte, sin tener que sentir culpa.

En eso he estado este tiempo. En estado de guerra, exponiéndome, recibiendo balazos, tirando balazos y metiéndome en treguas aquí y allá. Entrando en uno que otro refugio, también. Seguramente, si existiese una suerte de Dicom emocional, si me pasaran por ahí, el informe diría que estoy en deuda con varias, así como muchas veces hemos sentido que otras también tienen deudas con nosotros. Esos son los daños colaterales de salir a matar o morir, una que otra noche en la semana, y nadie debería hacerse demasiada mala sangre por eso. Nunca sabes por qué tipo de cosas pasó uno o el otro.

A veces miro hacia atrás y me acuerdo de Siri. Ese fue un caso extraño. Hicimos match en Tinder, pero nunca hablamos por ahí. Hasta que un día la vi parada con una piscola en la mano, conversando con una amiga, en Onaciú, ahí en calle Loreto en Recoleta. Por un rato la miré desde lejos, hasta que fui y le hablé, le dije que habíamos hecho match en Tinder, que me acordaba de su cara. Ella se sorprendió en un principio. Ir y decir algo así puede sonar medio psicótico, pero un par de tallas después se dio cuenta de que no era ningún psicópata, solo un tipo con buena memoria para las caras. Un fisonomista, quizás.

Siri era linda, una mezcla entre siria e italiana: morena, pestañas largas, rasgos delicados. Bailamos un rato. Nos besamos. Y después se vino conmigo a mi departamento. Lo pasamos bien y nos quedamos dormidos. A mediodía, sorpresa, nos despertó el timbre. Había una pareja de amigos de ella abajo, en la puerta de mi edificio, que había pensado lo peor de lo peor y querían ver si Siri estaba bien. O si estaba viva, a decir verdad.

Y lo que pasó fue esto. Siri compartió su ubicación en su celular cuando llegó a mi casa y mandó el número de mi departamento a su amiga que estaba en Onaciú, por si pasaba cualquier cosa. Todo bien hasta ahí, como están las cosas, las mujeres tienen que ser precavidas. El problema es que ella dejó su teléfono en silencio, se olvidó de él y nos quedamos dormidos. Y claro, cuando sus amigos comenzaron a tratar de ubicarla se alarmaron, fueron a la dirección, llegaron a tocar el timbre, nos despertamos, ella vio que en su celular tenía mil mensajes preguntando, primero, si estaba bien y después pidiéndole por favor que dijera que estaba viva.

Al final, bajamos a ver a sus amigos, que seguramente habían pensado que yo la había asesinado. Al final, los cuatro cruzamos la calle para comernos un sándwich en la Fuente Alemana.
Surreal.

Después de eso volví a salir un par de veces con Siri. Y rápidamente entendí que ella era todo lo que podía pedir uno de una novia. Inteligente, sensible, linda, jugada. Siri era una mujer para conservar.

Pero no. A veces uno no está listo no más.

Y eso lo supe después de la segunda salida.

Comimos y tomamos cerca de mi casa, en un bar español en Las Urbinas que ya no existe. Era una noche de semana. Volvimos a mi departamento y lo hicimos. Siri me dijo que se tenía que ir, que no tenía ropa para ir a trabajar al día siguiente, pero me ofreció hacerme un masaje antes de irse. Me preguntó si tenía aceite o algo así, y le pasé una botella naranja que quedó de una relación pasada. Me dijo que me acostara completamente desnudo, boca abajo. Hice caso porque, cuando se trata de masajes, uno tiene que obedecer todo lo que le digan.

Siri me dijo algo así como: “te voy a dejar muy relajado antes de irme”. Comenzó abajo, en los tobillos, y lentamente, muy lentamente, subió por mis piernas, pasó por mis glúteos (sí, mis glúteos), hasta alcanzar mi espalda y hombros. No estoy exagerando si digo que en todo ese recorrido ella se tardó una hora y tampoco si digo que fue uno de los mejores masajes que me han hecho, quizás el mejor. Cuando terminó, me susurró en el oído “duerme bien”. Y me apagó la luz y se fue, sigilosamente, sin hacer ruido.

Fue lindo y fue tierno. Pero la verdad de ese momento es esta: apenas Siri se fue, volví a prender la luz. Abrí los ojos y los volví a cerrar. Y en mi cabeza se iluminó un cartel que decía: “Bienvenido a Suiza”.

Ese era el mensaje que ella me estaba enviando. “Hola, soy la Suiza de tu vida. Tu refugio con vista a los Alpes”. Y no, no era el momento, la verdad. Yo quería seguir en lugares más movidos, no quería paz, chocolates y relojes.

Y nunca volví a contactarla.

Es en ese contexto que reivindico el “no eres tú, soy yo”. Sabemos que suena mal decirlo, que suena a excusa barata, que nadie realmente lo compra, por lo que ya casi nadie lo usa. Mi punto es que, a veces, efectivamente es “uno”. Nadie sabe con qué tipo de trauma emocional viene la persona con la que estás saliendo, nadie sabe qué tan profundo puede ser ese daño en esa persona. Es algo que tenemos que esconder, que es necesario maquillar, porque, si no, ninguno de los que están heridos podrían salir a ninguna parte. Y, por lo tanto, nadie podría evadirse una noche o dos, pasarlo bien, tener sexo, o al menos un poco de cariño. Porque, que no estemos preparados para entrar nuevamente en una relación no significa que no queramos un beso, un abrazo o un poco de sexo. O el lindo masaje de Siri. Para nada. De hecho, puede que sea lo que más necesitemos todos para llenar esos espacios en solitario, todas esas tardes de domingo en que no tenemos a nadie cerca para ver alguna serie en Netflix.

Y vamos y salimos y probamos y buscamos sin querer encontrar nada. Y aparecen mujeres hermosas en todo sentido y uno no quiere encontrarlas, no quiere verlas, porque no está preparado, porque está en reparaciones y simplemente porque así lo siente. La guerra es conflicto y todavía estamos conflictuados y parece no haber nadie capaz de persuadirnos a que guardemos las granadas y a que bajemos el fusil.

Eso, hasta que, sin darnos cuenta, aparece alguien que nos hace querer volver a la paz, ser Suiza, aunque ese estado nos parezca forzado y artificial.

Por ahora, no da. Se ve lejano entrar ahí. Si algo hemos aprendido con mis amigos es que, a estas alturas, no tenemos que hacer nada que no queramos hacer. Puede sonar feo, pero bien entrados en los treintas hemos entendido que a veces es mejor ser disfuncional a solas, con la esperanza de salir a flote en algún momento, a entrar en el infierno de la disfuncionalidad de pareja o de familia, con todas sus variables.

Queremos y aspiramos a ser Suiza algún día, pero no a cualquier costo. De eso se trata. De buscar la paz, aunque sea inconscientemente, porque a veces la paz se encuentra sin buscarla y eso es bueno.

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