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Actualizado el 15/07/2016
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Violeta Parra: poeta subterránea con guitarra

Autor: Pedro Bahamondes Ch.

[ rescate ] Sus canciones son parte del soundtrack popular chileno, y sus obras cubren las paredes del museo que lleva su nombre. Allí, el 29 de julio, en la víspera de su centenario, se presentará Violeta Parra. Poesía, un volumen que reúne buena parte de su creación literaria, desde sus composiciones más famosas y las décimas autobiográficas, hasta cartas, poemas y otros textos suyos que permanecían ocultos.

Violeta Parra: poeta subterránea con guitarra

HACE un año murió el padre, y los gritos de la tiranía ibañista apresuran sus pasos fugitivos. Con el ímpetu de los 14 años, su guitarra cruzada al cuello, un bolso ligero de pilchas y sobre dos suelas flojas, Violeta Parra llega a perderse en el laberíntico Santiago de 1932. Viene a reencontrarse con Nicanor, su hermano mayor, quien ha puesto sobre su melenuda mollera la inquieta semilla aventurera. Se imagina cruzando calles inhóspitas, tarareando canciones en sus esquinas o subiendo a los mismos escenarios de circo pobre donde actuó junto a sus hermanos en los alrededores de Chillán, pero el impredecible Nicanor ya tiene otros planes para ella.

La obliga a retomar sus estudios en la Escuela Normal de Niñas, pero la porfía e inquietud artística de su hermana la conducen hasta bares, quintas de recreo y otras salas de barrio a esparcir su canto. Mientras pasa sus días junto al antipoeta en una vieja casa, buscando cómo ganarse algunas chauchas, la pequeña Violeta conoce a varios integrantes de la generación del 38, entre ellos Gonzalo Rojas y Pablo Neruda. Años después hojeará libros de Gabriela Mistral, aunque nunca se verán de frente, e incluso forjará amistad con Enrique Lihn y Pablo de Rokha, hasta envolverse de poesía. 

Así, sin pretensiones, Violeta Parra comienza a escribir, pues antes, mucho antes de convertirse en la cantora más popular de la historia musical chilena y de recorrer el país en busca de cantos y hablas en extinción; de recaer en cama por sarampión durante meses, cuando hizo de la lana, los óleos y del papel maché su propio arte, la tercera de los hermanos Parra prefirió, primero, pasarse tardes enteras llenando pilas de cuadernos con voces ajenas, que también eran la suya. Escribirá décimas y centésimas, cuecas, tonadas y boleros. También cartas, y hasta gran parte de su vida en verso. Años después, en Cantos folklóricos chilenos (1979), donde Gastón Soublette transcribió varias entrevistas suyas sobre su trabajo recopilatorio, reconocerá incluso que la tecnología de la máquina de escribir había influido en su producción: “Las frases que me han resultado largas, es porque me entusiasmo con las teclas de la máquina”.  

Su andar terminaría a pocos meses de cumplir 50 años. Después de darse un tiro en la cabeza el domingo 5 de febrero de 1967, ningún homenaje encumbró su nombre junto a los de otros autores compatriotas de un autoproclamado país de poetas. Llegaría a editar 35 discos entre 1949 y 1966, tuvo programas radiales y fue invitada a la televisión para hablar de su música y arte, mas nunca de sus letras. Solo en París lograría publicar Poésie populaire des Andes (1965), donde reuníó parte de su obra. En cambio, sus Décimas. Autobiografía en versos chilenos aparecerían tras su muerte, en 1970, al igual que Cantos folklóricos chilenos, un libro ideado en 1959 y que no vio la luz hasta veinte años después. 

Poeta de la música

En 2013 aparece La poesía de Violeta Parra, un volumen que comprime dos décadas de investigación de la académica de la Facultad de Letras de la U. Católica, Paula Miranda. “Está ahora en su segunda edición -cuenta-. Ese libro ha sido muy bien recibido porque logra demostrar que Violeta Parra es una de nuestras grandes poetas, en base al análisis poético pormenorizado de su obra fundamental y de su biografía en calidad de multiartista”, opina. Hoy, en la víspera del centenario de su natalicio y a medio siglo de su muerte, en 2017, otro libro impulsado por la Editorial U. de Valparaíso recoge su producción literaria, acaso la faceta más desconocida -u olvidada- de la artista y cantautora chilena.

“Fue el poeta Eduardo Anguita  el primero en validar a Violeta Parra como una de las grandes poetas de nuestra lengua. El tuvo ese notable gesto de incluirla -al lado de los clásicos españoles y los poetas de vanguardia, como San Juan de la Cruz, Quevedo y Lorca- en su Antología de la poesía hispanoamericana, publicada en la década del 80”, dice Cristián Warnken, director editorial del sello. “Nicanor dice que bajó a los poetas del Olimpo, nosotros creemos que es fundamental subir a Violeta Parra a ese Olimpo, para que el canon de la poesía chilena quede completo”, añade. 

Isabel Parra recuerda que su madre nunca tuvo una mente archivera. “Era sumamente desordenada, y escribía así, sin más, como quien respira. A mano alzada o sobre su máquina, no tengo recuerdo alguno de haberla visto aproblemada o dándose vueltas por algún verso, menos dejando otros a medias”, cuenta. “Su capacidad creativa era realmente increíble, y en varios cuadernos suyos, donde están los manuscritos originales de algunas de sus canciones más famosas, como Arauco tiene una pena o Gracias a la vida, reposaban algunos inéditos que ahora son parte de esta nueva colección que pone en valor su escritura y la emparenta con la de otros grandes poetas nuestros”, agrega su hija.

Violeta Parra. Poesía, el grueso tomo de más de 450 páginas con prólogo de Rosabetty Muñoz y epílogos de De Rokha, Arguedas, Gonzalo Rojas, Neruda y su hermano, el antipoeta, advierte en su introducción que se trata de “un libro de poemas, no de canciones o letras”. Y, aunque estará en librerías desde el 26 de julio, se presentará recién el viernes 29 en el museo que lleva su nombre, con Miranda, Warnken y Raúl Zurita a la cabeza. La música, en tanto, estará a cargo de Isabel y Tita Parra. “Como en lo mejor de Neruda, pero solo en lo mejor de él, en Violeta Parra, la más humana de nuestras poetas, hay algo inhumano, es como si su poesía la dictaran otras cosas; la primavera, el invierno, el viento. Si los demás nos llamamos poetas ella sobrepasa esa palabra y habría que ponerle otra y si a ella la llamamos poeta los demás tenemos que cambiarnos nombre, ella es de otro linaje, de otra estatura”, anota el autor de Purgatorio.

La selección incluye textos creados, compuestos y reinterpretados por Violeta Parra entre 1949 y 1967. Entre ellos, además de la primera versión de Gracias a la vida (con variaciones respecto a la que grabó para Las últimas composiciones, de 1966) y de otras 32 célebres composiciones suyas, el gran hallazgo son siete décimas inéditas, dos cuecas (Cueca larga a diez razones y Cueca larga de pie forza’o) con fecha 15 de julio de 1959 -escritas un día como hoy, hace 57 años-; la tonada Extracto de un contrapunto con un tal Valentín, y cinco textos epistolares, tres de ellos escritos en 1963 en París, dirigidos a su hermano Nicanor. Los otros dos reflejan su atadura a ciertos lugares y personas: “Déjate de pensar que soy coqueta/que me crujen las uñas y las muelas/detente a pensar que soy un fardo/de dolor de trabajo y de paciencia/desde que vine al mundo soy chilena/y debo atragantarme si comentan/que la Violeta Parra es extranjera/cómo voy a ser yo todas esas letras/cuando soy nada más que chillaneja”. 

Víctor Jara acuñó el término “poetas de la música”. “Violeta era una de ellas”, dice Miranda. “Amo y venero el canto a lo humano y a lo divino desde el punto de vista del texto literario y del punto de vista musical”, le dijo la artista a Mario Céspedes en 1960, en una de las pocas entrevistas que concedió. “Es la menos intelectual de nuestros escritores, pero la más inteligente -opina Warnken-, por su conexión directa con el órgano más pensante de todos (según la tradición mística): el corazón”.

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