Gilberto Aranda

Gilberto Aranda

Académico IEI de la Universidad de Chile

Opinión

5 años sin Chávez: Venezuela en su laberinto


A algo más de 5 años de desaparecido el líder indiscutido del bolivarianismo del siglo XXI y pionero de la Nueva Izquierda latinoamericana, Hugo Rafael Chávez Frías, la caída del respaldo popular a su proyecto, la crisis económica y la salida masiva de venezolanos de su patria, no ha provocado la caída de su sucesor en el poder, el Presidente Nicolás Maduro. Aunque lejos están los días de apoyo masivo al chavismo como en 2005 cuando el 78% de los venezolanos decían respaldar dicho proyecto. Durante esta primera etapa, Chávez utilizó el cultivo sistemático de una imagen de campeón de las causas populares y enemigo acérrimo de las elites, lo que le valió la adhesión fanática de sus partidarios, y trajo consigo la satanización del adversario. Todo era parte de una estrategia para hiper politizar a un electorado. Complementariamente se ofreció a los venezolanos participar de una comunidad de beneficios que pudo mantenerse hasta 2012 por la ingente alza del precio del crudo, facilitando la re distribución asistencialista (Bolívar 2000, misiones a partir de 2002 y gran misiones en 2009). Un liderazgo mediático del cual su programa radial “Aló Presidente” es sólo un botón de muestra, implementó una verdadera función pedagógica como recoge Keller, al tiempo que el gobierno avanzó sobre los medios de comunicación opositores cerrando 34 radioemisoras y el canal de Televisión RCTV en 2007, y creando 14 emisoras radiales. La capacidad de Chávez para dotar de nuevos contenidos a viejos símbolos o referentes permite afirmar que aunque no creó el socialismo del siglo XXI ni la democracia participativa y protagónica, si los divulgó, al tiempo que estrenó una épica narrativa con la figura de la “Quinta República” y el acrónimo de “ALBA”. En esta tarea se apoyó en la institución que había conocido desde su juventud: Las Fuerzas Armadas: única institución capaz de acometer el cambio o sencillamente de detenerlo. Este elemento lo distanció de los populismos clásicos que a menudo desconfiaron de los sectores uniformados. El otro pilar ineluctable fue el movimiento social. Ambas eran las bases de un régimen triangular cuyo vértice superior era ocupado por el líder, según Monedero. La amalgama de esta combinación  explotar la polarización política del país.

Luego del 10 de enero 2007 procedió a  una tercera juramentación, bajo el lema “Patria, socialismo o muerte”, y en el plebiscito del 3 diciembre de ese año el chavismo perdió por estrecha margen, ante una oposición conducida por universitarios. El 23 de enero de 2008 fue fundada la Mesa de Unidad Democrática (MUD) para albergar a la disidencia al chavismo, participando como tal en la elección parlamentaria del 26 de septiembre de 2010, ocasión en que se evidenció por primera vez que el gobierno ya no controlaba los votos. El oficialismo obtuvo 98 de los 165 escaños, simplemente por la conveniente modificación de los distritos electorales, el gerrymandering.

La oposición política comenzó a consolidarse domésticamente bajo el impulso de partidos emergidos en el fragor de la lucha antichavista, Justicia Primero y Voluntad Popular, que se sumaron a los partidos tradicionales (los social demócratas de Acción Democrática, los social cristianos y los liberales) y a segmentos del chavismo desencantado. Aunque su croma ideológico era variopinto lograron conjugar cierta competencia interna sin perder sus identidades partidistas ni claudicar de su objetivo de desalojo del oficialismo mediante la construcción de un espacio de alternancia política en medio de una situación nacional adversa y apelando a respaldos internacionales. En la elección presidencial de octubre de 2012 el gobernador del Estado de Miranda, Henrique Capriles, compitió contra un Hugo Chávez, ya enfermo, y aunque perdió en las urnas, instaló la idea que era posible retar al chavismo y ganarle… si acaso el candidato enfrente no era el caudillo. Las circunstancias cambiaron con la muerte del líder chavista y el oficialismo ya no pareció tan formidable ni invencible. El 14 de abril de 2013 en un reñido resultado, Henrique Capriles perdió frente a Nicolás Maduro por una diferencia de 224 742 votos, equivalente al 1,49 % de los votos, según el escrutinio oficial.

Los años siguientes fueron complejos para el chavismo, con un Presidente que no detentaba los atributos carismáticos de Chávez: Crisis económica producto de la caída del precio del petróleo en los mercados internacionales y desabastecimiento de productos de consumo básico, enfrentamiento entre los poderes del estado y sobre todo una aguda crispación social en escalada a partir de las protestas callejeras conocidas como “La Salida” en febrero de 1014.  El clima rondaba la desobediencia civil y el recuerdo del “Caracazo” de 1989 arreciaba. Sus líderes Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado, posteriormente fueron detenidos e inhabilitados para participar de la vida política de su país. Sin embargo, el momento estelar de la oposición fue la victoria de la MUD en las parlamentarias del 6 de diciembre de 2015 cuando obtuvo 112 de los 167 asientos de la Asamblea Nacional, pasando a controlar al Legislativo. El resultado afectó la billetera gubernamental ya que el congreso evitó la suscripción de préstamos externos en momentos que la situación económica y la vida nacional se dislocaban. La economía en caída libre con más del 700% de inflación en 2016 con previsión de más de 2.000 para el año siguiente. Contracción económica, cuya causa estaba en el esquema de dependencia de la exportación mono-productiva del crudo cuyo valor se desplomó en los mercados internacionales, más un desempleo al alza con cifras que rondaban al 20%. Desabastecimiento de artículos de primera necesidad, un ítem con responsabilidades compartidas por desacertadas políticas económicas gubernamentales y empresarios que se propusieron hacer caer al gobierno a cualquier precio y sobretodo inseguridad extendida a todo el país, galvanizada por la delincuencia desatada en las grandes ciudades.

El Legislativo inició un simulacro de juicio político al Presidente mediante la figura de abandono del cargo, responsabilizando de la precaria situación económica. La oposición subió las apuestas y retomó el movimientismo de protesta en la calle para forzar un referendo revocatorio que nunca llegaría. Fueron reunidas las firmas que terminaron por ser impugnadas por el poder electoral adicto al Ejecutivo. Una serie de reuniones con mediadores internacionales, incluido el Vaticano, permitieron respirar a un gobierno acosado por doquier. La desesperación oficialista fue canalizada mediante el Poder Judicial, cuya sala constitucional declaró en marzo de 2017 la intención de asumir las competencias de la Asamblea Nacional y despojar de inmunidad a los congresistas. La estridencia de la crítica internacional forzó al gobierno a retroceder.

No obstante cuando el gobierno parecía acorralado políticamente surgió la idea de dar una vuelta de tuerca para arrebatar las banderas de la legitimidad popular a la oposición. El 1 de mayo de 2017, en medio de un acto del día los trabajadores, el Presidente Maduro convocó a elecciones para una Asamblea Nacional, aunque bajo un esquema corporativista, con un alto porcentaje de representantes elegidos por corporaciones (jubilados, indígenas, etcétera) al estilo del franquismo español, asegurando al oficialismo contar desde el arranque con una mayoría. Así se dejaba fuera de juego a la insumisa Asamblea Nacional. La oposición que durante meses había exigido una consulta popular revocatoria fue sorprendida por unos comicios de naturaleza autoritaria y se restó de participar, perdiendo la iniciativa política, y dejando a la Constituyente con 98% de chavistas. Para siguientes votaciones para elegir jefes regionales, del 15 de diciembre, con varios candidatos inhabilitados, el oficialismo se impuso obteniendo 18 de los 23 gobiernos regionales, a pesar que la oposición alegó fraude, y varios gobiernos latinoamericanos pidieron una auditoría independiente. Los objetores a participar en elecciones organizadas por el chavismo comenzaron a fortalecerse olvidando la larga travesía por el desierto que implicó el “auto-exilio” opositor desde 2002. Cuando la oficialista Asamblea Constituyente decretó el adelanto de las elecciones para 2018, y que el verdadero poder, el ex vicepresidente Diosdado Cabello ungiera a Maduro como candidato oficial, gran parte del liderazgo de la MUD desestimó el derrotero electoral. Aunque habían participado de los diálogos con el gobierno en Santo Domingo, bajo la mediación del ex presidente español Rodríguez Zapatero, se negaron a suscribir un acuerdo que no garantizaba el levantamiento de las detenciones e inhabilidades de sus principales líderes. Entendieron que el oficialismo escogió el momento de mayor debilidad opositor para adelantar las elecciones. Pero ¿Cuál es la alternativa? La protesta en la calle y la desobediencia civil sería poco efectiva si no lograba convencer a una parte de las Fuerzas Armada Nacional (FAN) de discrepar e insubordinarse.

El tema es que en todo este tiempo, la FAN, junto al movimiento social chavista, ha sido una de las piedras angulares de un sistema que, aunque sin su caudillo, sigue al frente de Venezuela. La cúpula castrense se niega a romper con el oficialismo y las críticas al proceso apenas proceden de jefes militares en retiro, sin olvidar los dos ruidos de sables de mediados de 2017. El primero liderado por el capitán en retiro Juan Caguaripano, quien al mando de una docena de efectivos asaltó el fuerte Paramacay en la ciudad de Valencia, y el segundo la acción de un piloto de policía, Oscar Pérez,  quien en medio de las protestas robó un helicóptero para sobrevolar el Tribunal Supremo de Justicia y disparar contra sus instalaciones. El uniformado fue abatido en enero pasado.

Así las perspectivas, ni siquiera el boicot a las elecciones resultará eficaz. El ex gobernador de Lara, Henri Falcón, decidió en principio participar, haciendo evidente la fractura de la oposición. A 5 años de la muerte de Chávez, el chavismo sin Chávez parece tener claro que no hay nada peor que perder el poder.

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