Jorge Navarrete

Jorge Navarrete

Abogado

Opinión

Cachetadas de payaso

El general director de Carabineros, Bruno Villalobos, el jueves en la escuela de la institución. Foto: Sebastián Brogca

Remover a tres funcionarios pareció la mejor manera de terminar con este bochorno. De esa forma, pensarán algunos, pudo hacerse el control de daños para cerrar este capítulo, sin que aquello tuviera mayores consecuencias para los altos mandos de Carabineros y, sobre todo, no alterando de manera sustancial la ya asentada impunidad que existe al interior de la institución.

Me imagino que esta fue una idea del propio Bruno Villalobos, de quien, reconozcámoslo con claridad, ya no se puede esperar absolutamente nada. A estas alturas, y sobre el Director General y su elenco de colaboradores –léase principalmente el cuerpo de generales- sólo caben dos alternativas: incompetencia superlativa o mala fe. De hecho, es difícil entender como han contribuido a demoler el prestigio de dicha institución, mediante acciones y omisiones que sólo han quebrantado la fe pública y sembrado todavía más dudas en los ciudadanos.

Es sorprendente el silencio y la complicidad del gobierno. Pese a que quedan pocos días para su despedida formal y aunque fuera como un último gesto de decencia republicana -de esos cuyo valor simbólico y testimonial tanto se echan en falta, y que nos recuerdan por qué y para qué se utiliza el poder temporalmente delegado por los ciudadanos- insisto que lo lógico, lo debido, lo correcto y lo digno, hubiera sido pedirle la renuncia al Director General de Carabineros y a una buena parte del alto mando de la institución.

Pero también resulta poco auspiciosa la mudez con que la actual oposición afronta este problema. A menos de un mes de asumir el gobierno, solo hemos escuchado una batería de lugares comunes en torno a los temas de la seguridad pública. Y si por casualidad se les ocurriera regalarnos alguna iniciativa más específica, el éxito o fracaso de todas ellas dependerán de cuán efectivos sean a la hora de lidiar con Carabineros. Pues si alguien en la futura administración piensa que esto se resuelve con más “apoyo” a la institución, sea material o político, es que no ha entendido nada de lo que en realidad está ocurriendo.

Tenemos un problema mucho mayor que solo una policía que no da el ancho con los desafíos que impone la seguridad ciudadana y para qué decir del terrorismo. Lo que tenemos entre manos es un cuerpo militar fuertemente autonomizado, impermeable al escrutinio público y ciudadano, con independencia financiera y operativa, de bajísimos niveles de transparencia, que se niega a cualquier proceso de evaluación; y que, de diferentes formas y maneras, ha resistido la sujeción del poder civil.

Lo que se viene por delante requiere políticos de verdad, y no esos que andan escondiendo la cabeza o parecieran haberse tatuado las jinetas institucionales bajo el traje.

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