Alfredo Jocelyn-Holt

Alfredo Jocelyn-Holt

Historiador

Opinión

Cine e historia


Leo sobre Washington D.C., después de gozar la película de Spielberg “The Post”, y me encuentro con la siguiente cita de Thomas Jefferson: “Si tuviera que decidir si debiéramos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría en preferir lo último”. Jefferson se las daba de revoltoso de tanto en tanto (para no quedar del todo “out” de la historia, supongo); famosa es su otra cita: “Una pequeña rebelión de vez en cuando es algo bueno”.

Hasta aquí todo bien y coincidente con un diario como el Washington Post, cuyos dos grandes golpes noticiosos -la publicación de los Pentagon Papers y las revelaciones sobre el Caso Watergate-condujeron a la renuncia de Nixon. Pero el problema es que, además de sabio, Jefferson fue político y, como tal, demagógico y contradictorio. En su sexto año en la Casa Blanca, manifestaría: “Ya no se puede creer nada de lo que se ve en un periódico. La verdad misma se vuelve sospechosa puesta en ese vehículo contaminado”, comentario que podría haber dicho su sucesor: Donald Trump.

La película muestra como los liberales progresistas hasta hace poco en el poder (con Kennedy y Johnson), deben auto-traicionarse, confesar y condenar sus errores recientes (en Vietnam y por su apoyo a la presidencia imperial), para así volver al curso de la historia, esta vez pregonada desde la calle y universidades. Es decir, qué mejor que sumarse a la oleada revoltosa a través de órganos del mismo establishment como el New York Times y The Washington Post. Lo cual explicaría por qué los “héroes de la película” son Daniel Ellsberg (que trabajaba para Robert McNamara y luego filtra los documentos), Kay Graham (la dueña del diario y amiga del exministro de Defensa bajo Kennedy y Johnson), y Ben Bradlee (el director del diario, íntimo de Kennedy, causante también del descalabro), ellos tres quienes se chaquetean para seguir liderando procesos políticos y sociológicos. No hay nada que duela tanto a progresistas que perder el poder habiéndolo poseído.

Gocé la película, no porque compartiera los prejuicios que la inspiran, sino porque demuestra que hasta los muy buenos filmes se quedan cortos frente a una historia infinitamente más compleja. Pareciera que Spielberg, Streep y Hanks quisieran identificarse sólo con el Jefferson políticamente correcto, cuando existe también la secuencia Jefferson-Kennedy-Nixon-Trump que lo desmienten, cuestión que la película no asume como problema. Pasa algo similar con otra película en cartelera, “Las horas más oscuras” sobre Churchill, cuya actuación no es menos impecable, aunque suscita dudas: ¿Churchill era tan así como aparece, o el logro de la caracterización de Gary Oldman (nadie mejor que él) consiste en que es coincidente con lo que venimos imaginando que fue? Cuidado con el cine: no reemplaza la historia.

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