Sandra Arenas

Sandra Arenas

Académica de la Facultad de Teología PUC

Opinión

Creo en la crisis: el dolor y la vergüenza acrisolan el catolicismo en Chile

El Papa Francisco este miércoles, durante la audiencia general, en la Plaza San Pedro. Foto: Reuters

Los pronunciamientos del Papa en su visita a Chile revelaron una seria crisis de credibilidad a la que asiste la Iglesia Católica en este país. Profundos problemas eclesiológicos en el ejercicio del poder y de la colegialidad del episcopado chileno y una escasa sino nula relevancia en su rol de ser “signo e instrumento de comunión” entre sus fieles y en la arena pública.

La praxis de la fe, es decir, la traducción ética de responsabilidad con las víctimas de abusos sexuales y de conciencia de parte de ministros (y otros miembros) de la Iglesia, aparecía nula frente al silencio cómplice, encubridor que varios de los obispos de Chile han mantenido. Hoy, más que ayer, la conciencia crítica de todo ciudadano en esta tierra, incluidos los fieles católicos que afortunadamente han abandonado la infancia confesional, no se subyuga frente a autoridades por el simple hecho de serlo. Y por ello, el mismo rol de Francisco ha aparecido cuestionado. Me alegro de asistir a una época de madurez eclesial y ciudadana en que mi vocación laica y teológica permite decir que el Papa goza de falibilidad en la mayoría de los casos. Lo ha demostrado confesando ignorancia, retractándose, pidiendo perdón, aceptando y promoviendo diversas hermenéuticas, afirmando su imprudencia, reconociendo que tanto en la sustancia de sus posiciones como en la manera de formularlas, puede equivocarse y de hecho, se equivoca: “he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”…Esta línea de su reciente Carta al Episcopado Chileno, habla de su profunda conciencia de falibilidad en el ejercicio de su liderazgo religioso, a la vez que revela otros dos problemas serios: el escaso peso que frente a la autoridad católica chilena y universal ha tenido el sensus fidei fidelium (el sentir de fe del pueblo fiel) en todos estos años de dolor eclesial y; por otro lado, la forma de vivir la colegialidad episcopal en Chile con el consecuente rol de mediación del sentir eclesial que le es intrínseco. No se trata sólo de la dimisión del obispo de Osorno, o de Linares o Talca, se trata de una cuestión mucho más honda que afecta el núcleo del ejercicio del poder religioso.

Esta crisis, sostiene Francisco, puede ser “una ocasión para restablecer la confianza en la Iglesia, confianza rota por nuestros errores y pecados y para sanar unas heridas que no dejan de sangrar en el conjunto de la sociedad chilena”. El reconocimiento público, intra y extra eclesial, es una deuda de la Conferencia Episcopal de Chile y de algunos de los obispos más responsables de los ocultamientos de abusos, de la falta de celeridad en trasparentarlos, en mal informar al Papa incurriendo en el pecado de no mediar la verdad.

El llamado de Francisco al discernimiento conjunto, a salir de los “cómodos palacios de invierno”, es una invitación a reflexionar críticamente cómo “reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia”. Esto no se conseguirá con posturas defensivas y egoístas, el bien superior del reinado de Dios y del restablecimiento de la comunión intra y extra eclesial, debe primar.

A Francisco, es cierto – que como líder religioso universal del catolicismo romano- no lo exculpa la “desinformación” a la que alude; tampoco a las autoridades chilenas que tuvieron, han tenido y siguen teniendo la tribuna para informarlo. Esto se cumple para todos los casos (Precht, Jesuitas, El Bosque, Mercedarios, Salesianos, Maristas, Schöenstatt, Franciscanos… etc.). Hoy no queda más que sentir dolor y vergüenza y sin quedarnos en una autoflagelación pasiva,  pedir perdón hasta el cansancio y discernir en conjunto mediaciones institucionales que garanticen que los abusos no se toleran, que las denuncias se canalizan sin dilaciones, que no habrá más encubrimientos. En un modelo de Iglesia esperable, descentrado y colegiado, somos todos responsables.

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