La Tercera

Debajo de la alfombra roja

De ahí que sea tan incómodo ver el espectáculo de la elite hollywoodense, palmoteándose las espaldas en una transmisión televisiva planetaria respecto a sus enormes, saludables, ultra-cacareadas nociones de diversidad y representación.


Los Premios Oscar van y vienen por las noticias. Y desde hace unos años a la habitual discusión sobre cuáles películas tienen mérito respecto a otras se ha sumado una nueva variante: qué títulos cumplen con más o menos cabalidad los criterios –todavía nebulosos- de la representación de género, minoría o temática.

Detrás de esta loable y torpe fiscalización hay altas cuotas de ingenuidad. Se espera que las películas lleguen a la temporada de premios habiendo cumplido estándares de apertura que la industria que las genera está lejos de cumplir o siquiera acatar.

De ahí que sea tan incómodo ver el espectáculo de la elite hollywoodense, palmoteándose las espaldas en una transmisión televisiva planetaria respecto a sus enormes, saludables, ultra-cacareadas nociones de diversidad y representación.

La propia Academia está lejos de cumplir ninguna de las normas actuales de lo que se entiende por representación. Un artículo del 2012 en el diario Los Angeles Times apuntó que de la  masa de votantes activos de la Academia al menos un 94% eran blancos, un 77% eran hombres y más del 50% estaba sobre los sesenta años de edad. Y aunque se han tomado diversas medidas en contra de esa abismante mayoría de señores caucásicos, los cambios siguen siendo, en general, cosméticos.

Es verdad que la presidencia de la Academia hoy está en manos de una mujer (Cheryl Boone Isaacs, una de las tres presidentas que el organismo ha tenido en toda su historia desde 1927) y es cierto que la estructura de votación y candidaturas ha sido revisada y corregida en la última década.

Sin embargo, ¿qué significa eso al final del día en una industria que está, ya se sabe, esencialmente concentrada en las ganancias y muy poco en la calidad? Significa poner sobre la mesa productos como Pantera Negra y La Mujer Maravilla: piezas multimillonarias de alto diseño sin mucho arte, sin mucho ingenio, pero centradas en torno a un personaje que pretende saldar la deuda con un grupo completo, sean las mujeres o los afroamericanos.

El 2009 la Academia hizo un cambio muy vistoso: aumentó el número de nominados a Mejor Película de cinco a diez cupos. La medida, se supone, abriría el espectro de posibilidades más allá de los habituales super-filmes de cada temporada, como lo habían sido en el pasado Titanic, El Paciente Inglés o El Retorno del Rey.

Pero el cambio fue –de nuevo- cosmético. Los directivos de la Academia debieron reconocer, en diversas entrevistas, que cinco cupos extra no sirven de nada si no hay suficiente masa crítica desde donde sacar nominados.

Por eso el movimiento #MeToo y las decenas de actrices y ejecutivas que han salido a denunciar maltrato y abuso al interior de los estudios pueden terminar siendo mucho más relevantes que los gestos de la Academia en esta materia. Poniendo la atención en el centro de la herida (las relaciones de poder dentro de una industria que hoy por hoy vive de la producción de fábulas sobre adquirir poder) el movimiento ha revelado, tal vez sin querer, lo que debería resultar transparente para cualquiera: ceremonias como el Oscar no producen representación. Crean la ilusión de su existencia o, en el mejor de los casos, se hacen eco de su efecto real.

Representación”, después de todo, tiene más de un significado. Por una parte, habla del porcentaje que un grupo (étnico, sexual o generacional) tiene en un campo de juego. Por otra parte, representación también significa puesta en escena, disfraz, juego de máscaras. Como dice la RAE: “Imagen o idea que sustituye la realidad”.

Hollywood es una industria dedicada a producir y distribuir ficciones. En la era Trump, eso le ha convertido en una industria estratégica. Tal vez nunca antes en la historia sus productos habían estado bajo tal escrutinio. Sus integrantes lo saben. Por eso es tan desconcertante verlos debatir por meses respecto a los pormenores del Oscar. Es como si en un edificio en llamas los inquilinos decidieran gastar sus últimos minutos de oxígeno montando una obra teatral sobre el coraje y relevancia de los bomberos.